La decadencia y súper deuda de Estados Unidos

(Nota del Editor: Este es el primero de 4 artículos en los cuales el autor expone la decadencia económica de Estados Unidos.)

Antonio Camacho

Muchos historiadores y analistas políticos y económicos plantean que el imperio tiene una capacidad inagotable para renovarse y por tanto para superar las crisis.

Estas personas, al igual que aquéllos que corren a recoger peces al retirarse las olas durante un tsunami, no entienden que lo que llaman capacidad de renovarse no es otra cosa que pequeños lapsos en el advenimiento de la gran crisis que se avecina.

El imperio ha agotado todas las posibilidades de contrarrestar su decadencia, incluyendo la militar. Ninguna renovación podrá restablecer su poder hegemónico mundial.

Es importante señalar que cuando hablamos de la decadencia del imperio norteamericano no implicamos que va a desaparecer en meses o en unos cuantos años. La concatenación de los procesos históricos se va entrelazando durante décadas y los cambios a corto plazo son difíciles de percibir, más aún cuando nuestras mentes han sido condicionadas a ver las cosas estáticas, no los procesos en movimiento. Condición que en gran medida nos hace obviar la realidad aunque nos dé en la cara.

Haciendo un poco de historia, es necesario mencionar, como parte de este análisis, que la Guerra de Vietnam (1964-1975) marcó un hito de inflexión en la economía de Estados Unidos.

Durante su duración sucedieron simultáneamente un sinnúmero de sucesos que exacerbaron las contradicciones del imperio y desencadenaron la decadencia gradual que se ha venido agudizando de forma acelerada en los últimos años.

La guerra de Vietnam drenó la economía de la Metrópolis y sumió a la nación en un doble déficit, el déficit fiscal y el déficit en la balanza de pagos. O sea, hubo un significativo incremento en los gastos gubernamentales y también en el volumen de las importaciones respecto a las exportaciones. Esta situación hizo tambalear al dólar como divisa internacional e indujo a gobiernos como el francés, bajo Charles de Gaulle, a demandar que se honraran sus dólares con oro.

Para el 1970 el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, al ver que la nación no podía honrar su moneda con oro, no tuvo otra alternativa que romper los acuerdos de Breton Wood de julio de 1944 en que Estados Unidos se comprometió a la convertibilidad del dólar a oro.

Desde entonces, la Reserva Federal, al no estar obligada a someterse a las restricciones que le imponía la conversión al oro, se ha dedicado imprudentemente a hacer emisiones de dinero para cubrir los déficits nacionales. Ésta es la causa principal, aunque la propaganda oficial la oculte, de la inflación actual y de la hiperinflación que nos espera.

Como todos sabemos, Estados Unidos es uno de los países más endeudados del mundo, con una deuda que, según la Reserva Federal, supera los 30 billones de dólares (30 millones de millones de dólares). Equivalente al 150 por ciento de todo lo que produce la nación en bienes y servicios durante un año.

Para tener una idea del monto de esa deuda, hagamos la siguiente comparación. Una columna de un billón de billetes de un dólar tiene una altura aproximada de 68,000 millas y la distancia de la Tierra a la luna es de 239,000 millas. Quiere decir que con treinta billones de billetes de un dólar se pueden hacer 8 columnas de la Tierra a la luna. Pero eso no es todo, hay que señalar que la deuda de EU se duplica a 60 billones de dólares cuando se incluyen las deudas a pagar en el futuro no registradas, como son, entre otras, los compromisos con el Seguro Social, Medicare y Medicaid.

Mañana ampliaremos.

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