La Catarsis Electoral y el estatus quo colonial

Antonio Camacho

Frente Anti Electoral (FAE)

La mejor manera de palpar lo que piensa y siente el pueblo respecto a los políticos y administradores coloniales, es escuchando sus expresiones. Por ejemplo, “todos los políticos roban”; por lo tanto, si todos los políticos roban, podemos deducir que todos son corruptos. “Todos los políticos hacen falsas promesas”; por consiguiente, todos son mentirosos. “Los políticos son mañosos”, en consecuencia son tramposos. “Los políticos sólo persigue el voto”; por ende, todos son manipuladores. “Los políticos solo buscan treparse”… En resumen los políticos apelan al engaño, la mentira, la trampa y la corrupción y su propio beneficio.

¿Si la gente tiene claro la naturaleza demagógica, mentirosa, trepadora y corrupta de los políticos, qué los mueve a acudir a las urnas en cada contienda electoral a tirar su voto?

Le doy vuelta a la noria y a la única explicación válida a que puedo llegar es que para nuestra gente las elecciones en la colonia son una especie de purificación emocional, corporal, mental y espiritual; una catarsis parecida o igual a la que experimentan al jugar a la lotería, seguir un partido de pelota, ir a las fiestas de pueblo o ir a misa un domingo en búsqueda de un poco de sosiego del alma o a limpiar los pecados.

En un país, como Puerto Rico, donde el poder lo tiene el Congreso de Estados Unidos, no nosotros, se necesita negar la realidad y experimentar una especie de idealismo distorsionado y tendencias masoquistas para alcanzar ese grado de exaltación de los sentidos con la concurrencia a las urnas. Participación en las que en última instancia no resolvemos nada.

¿Cómo explicar que un partido, con los topos cargados a favor del imperio, continúe perdiendo elecciones por más de 75 años y siga concurriendo a las urnas? La metrópolis le permitirá sin ningún contratiempo al independentismo la participación electoral mientras no sea una amenaza a la permanencia del estatus quo, la colonia. Como la historia ya lo ha demostrado, tan pronto el independentismo supere cierto porcentaje, el imperio le aplica su política del palo y la zanahoria. Por un lado reparte muchas zanahorias al pueblo inyectando millones de dólares en las campañas opositoras y en programas y ayudas federales y, por otro, mueve su máquina de propaganda y el poder judicial para desacreditar la independencia y a sus líderes.

Una distorsión similar la padecen los colonialistas y anexionistas. Los primeros se aferran a no abandonar el limbo colonial cuando por otro lado, corren a bautizar a sus hijos para no condenarlos al limbo, y los segundos, se empeñan en mendigarle al amo que le abra las puertas de su reino cuando el amo no los encuentra dignos de entrar en él.

Durante cuatro largos años, el pueblo sufre las falsas promesas y engaños de los gobernantes y, una y otra vez, viven en carne propia como éstos hacen todo lo contrario de lo que dijeron que no harían. Nos hartamos de su demagogia, de sus presentaciones teatrales, de sus contradicciones, de sus caras de payaso apelando al sensacionalismo para presentar como grandes éxitos la aprobación de una ley o proyecto que en última instancia no tiene ninguna repercusión en el bienestar del pueblo.

A pesar de esta realidad, en unas próximas elecciones el pueblo en tropel, rebosante de un gozo casi religioso, acudirá de nuevo a las urnas esperando el milagro que nunca sucederá de seleccionar a aquéllos y aquéllas que mejoren su situación y la situación del país.

Lo más triste de todo esto, es que las bendiciones que el pueblo nunca recibe por medio del voto, se tornan en maldiciones a pesar del voto. ¡Maldición! A pesar que el pueblo votó a favor, nunca se estableció la unicameralidad. ¡Maldición! A pesar de que nadie votó por ello: nos atosigaron la Junta Dictatorial de Control Fiscal. ¡Maldición! ¿Quién votó para que nos estafen descaradamente con los aumentos arbitrarios de la luz, agua y peaje, nos graven las pensiones, congelen los sueldos y nos empobrezcan cada día más?

Ni tú ni nadie votó por eso; pero los elegidos utilizan tu voto como un cheque en blanco para hacer lo que les venga en gana; claro está, siempre y cuando sea para favorecer los intereses de los más ricos gravando el bienestar de la clase media baja y pobres.

La celebración de las elecciones en el Puerto Rico colonial se parece mucho al ritual hebreo del Día de la expiación. Es como si todos se sintieran culpables por la continua traición histórica de los gobernantes y como chivos expiatorios acudieran a las urnas a purgar sus pecados. En la tradición judía había dos chivos, uno era sacrificado por el sumo Sacerdote para la expiación de los pecados de los israelitas; el otro era atiborrado de las culpas del pueblo judío y enviado al desierto, por lo que era conocido como el chivo expiatorio. En las elecciones se sacrifica un grupo, los perdedores y se manda a los triunfantes al desierto, pues las elecciones, luego de servir de despojo mental, no conducen a nada beneficioso para el pueblo. El estatus quo permanece intacto y los políticos mañosos, henchidos de poder y disfrazados de funcionarios públicos siguen con sus malas mañas robando, mintiendo y riéndose de la ingenuidad de la gente que los lleva al poder y les permiten continuar dándose vida alegre a costa de las penurias del pueblo.

A muchos les parecerán descabelladas las opiniones aquí vertidas. Pierden de vista la naturaleza colonial de Puerto Rico y, por consiguiente, que la colonia es intrínsecamente corrupta. El coloniaje, denunciado por el derecho internacional como un crimen contra la humanidad, sólo puede sostenerse por la tolerancia permisiva por parte del poder imperial de un alto grado de corrupción entre los elementos que se prestan a administrar la colonia en su nombre.

Está bueno de catarsis y despojos, salgamos ya de ese callejón sin salida. ¡Al infierno con las urnas; llevemos la lucha a la calle!

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