La visita de Felipe VI y la estatua de Juan Ponce de León

Lcda. Yolanda Rodríguez Torres

Prensa sin censura

La llegada del Rey Felipe VI a Puerto Rico en estos días para la conmemoración de los 500 años de fundación de San Juan y sus consecuencias más que un acontecimiento debe ser objeto de reflexión.


Su llegada, el derribo de la estatua de Juan Ponce de León por un grupo de personas y la petición de algunos de que el Rey Felipe VI debía pedir perdón por las atrocidades cometidas en la Isla por la monarquía española durante los casi 500 años (406) que estuvimos bajo su subyugo responde a la memoria histórica colectiva que tenemos o interpretamos de esa época de nuestra historia.

La manera en cómo entienden o despliegan los pueblos y naciones la memoria histórica para reiterar lo esencial, puede ser en ocasiones selectiva. Digo esto, en relación a como los distintos líderes políticos reaccionaron a dicha llegada. Todos tomaron ventaja política e hicieron sus propios análisis individuales. Y es que en la interpretación de la historia también hay intereses políticos.

No creo que el Rey Felipe VI estuviera dispuesto a pedir perdón al pueblo puertorriqueño de lo que hicieron sus antepasados. Esto porque el Rey Felipe VI nació y se crió bajo el llamado pacto del olvido que resultó esencial para el acuerdo político que trajo la democracia a la España posterior a Franco. En ese pacto de olvido, las avenidas y paseos que tenían el nombre de Franco fueron cambiadas por nombres neutrales y dio la autoridad al gobierno de retirar monumentos, placas y nombres de calles que exaltarán la sublevación de la guerra civil y de la reprensión de la Dictadura entre 1936 y 1975.

El Rey Felipe VI sabe lo trascendental que fue para España el olvido histórico para insertarse en los procesos democráticos al reescribir su historia.

En cuanto al derribo de la estatua de Juan Ponce de León habría que preguntarse si tal acto borra la historia de genocidio, saqueo o esclavitud al que fueron víctimas nuestros antepasados.
Naciones como India, Irlanda y hasta la propia España que fueron objeto de guerras y muertes han removido estatuas que representaban la historia ensangrentada de una época, lo hicieron de una manera unificada.

El derribar una estatua de una figura histórica violentamente no creo que no traiga paz ni justicia. En esa memoria colectiva que construimos al enfurecernos y alborotar a los demás puede parecer insustancial y sólo nos llena de resentimientos.

Más que derribar una estatua que conmemora el dominio español en la Isla, debe darse por ejemplo, el discurso en las escuelas públicas y privadas si Cristobal Colón fue el heroico descubridor de América o si en cambio, era en realidad un servidor del Imperio Español empeñado en explotar un continente cuya ubicación ni siquiera había podido identificar correctamente.

Y es que la necesidad humana de rememoración ha de hacerse en el contexto de cómo vivimos y qué somos en realidad.

Si bien es cierto qué hay un deber moral de no olvidar los horrores del pasado, surge la pregunta de qué hacer con esos recuerdos.

Algunos historiadores entienden que el olvido sería el mejor triunfo sobre el enemigo.
Para la justificación de algunos al derribo de la estatua de Juan Ponce de León está el hecho qué tal acto corresponden a corrientes y tendencias que hoy ocurren en el Mundo Occidental. Creo que se debe tener cuidado con ese referente pues el odio, el extremismo de derecha e izquierda y el racismo también son tendencias que hoy se están apoderando de las llamadas democracias de Occidente.

La rememoración de las injusticias del pasado histórico se fortalece con las penas y se sustenta con el sentimiento de victimismo. Es muy peligroso ese deseo de sentirse víctimas pues da a margen a los deseos de venganza. El recordar con demasiado apasionamiento debería preocuparnos pues tiene sus riesgos.

Esa conmemoración o remembranza del pasado provocó que el ex Presidente Donald Trump se apoderara del Partido Republicano, ganara las elecciones y en aras de “Volver que America sea grande de Nuevo” jamaqueó el sistema político norteamericano y ha dejado a un país fraccionado y su democracia pasa por los peores momentos de su historia.

De igual manera, ocurre en Rusia donde Putin con su deseos de que Ucrania vuelva a pertenecer a Rusia hoy tiene desplegados 100 mil militantes rodeándola para no darle lugar a que dicho país se inserte en la OTAN.

¿Qué es más importante quedarnos en el pasado o construir un mejor porvenir aún ante nuestras complejidades?

“Ante el imperativo ético de la memoria o el olvido, la vida ha de continuar, incluso con las penas del duelo”. (David Rieff, Contra la Memoria).

Piénselo.

Felipe VI.

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