Crónica de una prueba de Covid en el laboratorio

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura

El laboratorio que queda a pasos de mi casa amaneció con candados y un letrero que decía: “Estamos celebrando Reyes. Nos vemos el viernes”.

A las 5am visitamos otro y también estaba cerrado. A las 5:30 am pudimos comunicarnos con uno, un tanto distante, y solo habían turnos para la 1pm.

Trabajamos durante la mañana y con puntualidad llegamos al laboratorio.

Pronto descubrí que era el último de una fila de 20 personas que aguardaba, bajo el sol del mediodía, por una prueba del Sars-Cov-2.

Las personas que me precedían en la fila que bordeaba el edificio sobrellevaban la espera con sus teléfonos inteligentes. Algunos se tomaban selfies mientras otros no despegaban sus manos del celular.

Un joven adulto no pudo reprimir sus sentimientos. “Ya no aguanto más pruebas, pero tengo que cumplir con el trabajo. Esto ya es una exageración. Esto está al garete”, articuló mientras revelaba información que nadie le preguntó, como el positivo de su novia y la muerte de un amigo vacunado.

“Yo estoy vacunada y el Covid me ha dado tres veces y no entiendo porqué”, comentó casi en murmullos una muchacha que parecía que iba para una fiesta, pero esperaba por la prueba.

Una señora, de algunos 75 años, se hizo la prueba porque después del Día de Reyes viajaría a su casa en Nueva York.

Yo, al igual que varias personas más, esperaba para cumplir con el requisito del trabajo que, tras la reciente Orden Ejecutiva, la exige cada siete días laborables.

De la fila, excepto yo, todos debían mostrar a sus patronos un resultado negativo, a pesar de estar vacunados con las dos dosis de Pfizer.

Adentro, la escena simulaba un filme de suspenso. Éramos ocho los pacientes sentados con mascarillas a una distancia de 4 pies entre cada butaca.

“Tengo Covid y lo único que he sentido es un picorcito en la garganta”, dijo un caballero con pasmosa tranquilidad.

“Lo único que lamento es que los regalos de Navidad todavía están debajo del árbol”, añadió mientras tosía y se sacudía la nariz.

“Mi esposa está adentro y también es positiva”, agregó.

Escuché atento sin reaccionar. Desinfecté mis manos con el atomizador de alcohol que no suelto ni un segundo y me acomodé la mascarilla quirúrgica KN95 lo mejor que pude.

Los minutos de espera me parecieron eternos. Una enfermera asperjó Lysol. Al rato, entró una joven mujer muy elegante, pero con una palidez de ultratumba. Se sentó al lado opuesto y empezó a toser y jadear congestionada. Exhibía una mascarilla ‘fashion’ de brillantes estampados en formas geométricas que, a decir verdad, no la protegían ni nos protegían del virus esparcido en microscópico aerosol con cada estornudo y tos seca.

Me llamaron para detallar los últimos cuatro dígitos de mi Seguro Social y para anotar el correo electrónico al cual, durante la próxima hora y media, enviarían los resultados.

Me senté y escuché el tono de desesperación amigable con que la secretaria respondía decenas de llamadas de gente que estuvo de visita en Puerto Rico y ahora regresan a Estados Unidos, pero que necesitan el resultado negativo de una prueba molecular o de antígenos.

La espera fue útil para redactar esta crónica que comparto con ustedes. No pronuncié una sola palabra. Solo me limité a escribir y escuchar.

“¿Cuánto es?”, preguntó un muchacho a la cajera.

“Son $80”, respondió.

Observé que, de los ocho en sala, la mayor parte pagó en efectivo porque no residen aquí o no tienen seguro médico.

“Esta pendejada me está arruinando… No tengo plan y cada semana son $80 por la pruebita de antígenos que me tiene con una alergia nasal que no se me quita”, comentó un muchacho.

“Jaime Torres, puede pasar”, dijo a viva voz la enfermera.

“Buenas tardes”.

“Buenas tardes. No se quite la mascarilla hasta que se lo diga… Oiga y la tiene al revés. ¿Por qué la usa así?”

“Es más cómoda para mí”.

“¿En verdad?”

La tecnóloga médica cubría su cara con la careta transparente de plástico y también usaba mascarilla y guantes. Sustrajo el isopo y antes de introducirlo en cada vía nasal me advirtió que me resultaría incómodo.

“Baje la mascarilla y mantenga la boca cubierta con ella. No respire. Quédese tranquilo”.

30 segundos que también me parecieron una eternidad.

“Ya terminamos. En hora y media revise su email porque le enviaremos el resultado”.

Le agradecí y salí como Flash: ¡raudo y veloz!

En efecto, hora y media después recibí el resultado de la prueba de antígenos: ¡otro negativo!

Sin bajar la guardia, seguimos previniendo el Covid con ejercicio, dieta, suplementos vitamínicos, agua, sol y, por supuesto, con la combinación perfecta de mascarilla, alcohol y distanciamiento físico.

¡Cuídese!

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