Sicarios al acecho en Puerto Rico

Editorial

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura

Las masacres de la pasada madrugada fueron perpetradas por varios sicarios o matones a sueldo.

La ganga del oeste desarticulada la semana pasada por la Policía es otro ejemplo de una realidad que pocos quieren admitir: en Puerto Rico no se respeta la vida y el derramamiento de sangre ya no intimida al criminal promedio, que no pocas veces se endroga para que no le tiemble el pulso.

Lo de Mayagüez no es un caso aislado. Los sicarios abundan en San Juan, Caguas, Fajardo, Arecibo, Ponce y en otras jurisdicciones.

Las comandancias policiacas lo saben, pero no disponen de los recursos para paliar este terrible mal, aparte de que sectores de la propia uniformada están contaminados, como en el pasado se probó con Alejo, Andrades y otros.

Las cámaras de los semáforos en su mayor parte no sirven y el patrullaje es limitado. Se conocen de pueblos con un solo patrullero en el turno de la madrugada. Por miedo, algunos agentes llegan a una urbanización, estacionan y duermen en el interior de la patrulla con aire acondicionado, quemando el combustible que pagan los contribuyentes y sin realmente ofrecer seguridad.

Ante un sistema educativo y laboral fracasado, en que no hay oportunidades de desarrollo vocacional para nuestros jóvenes, y con el poder del narcotráfico en todo su apogeo, se establece en Puerto Rico una nueva modalidad o subcultura de lucro: la del sicario o matón a sueldo.

¿Quién mató a la fiscal Francelis Ortiz Pagán y al empresario canadiense Adam Anhang que le mereció una perpetua a la llamada Viuda Negra, Aurea Vázquez Rijos? ¿Quién mató al empresario de Doral Bank? ¿Quiénes son los implicados en el secuestro en El Hipopotamo? La respuesta es fácil: sicarios.

Cobran miles de dólares. A veces $5 mil, $10 mil y hasta $50 mil y en ocasiones mucho más, dependiendo del objetivo a eliminar.

Es un trabajo de inteligencia que echa manos a recursos como las redes sociales, el GPS, técnicas de investigación detectivescas, teléfonos por tarjetas previamente pagadas, distintos vehículos (algunos hurtados), cambios de apariencia física y capuchas. Tienen en común que usan para sus fechorías armas de la más alta tecnología.

Si en este país la prensa investigara como corresponde al narcotráfico, la trata de niñas, la pornografía digital, la prostitución infantil, la explotación laboral, el lavado de dinero, las desapariciones y muertes misteriosas para fines de venta de órganos vitales y la corrupción las estadísticas de asesinatos perpetrados por sicarios o matones a sueldo estarían por las nubes, como en México y Colombia.

La seguridad de la gente decente está en jaque. No sabes quién y con que intención se puede acercar a tu vehículo en el estacionamiento del centro comercial, como le pasó hace unos días a un fiador muy querido en Fajardo, difunto hoy.

Tampoco quién te puede bloquear en una luz roja, impidiéndote que sigas en marcha.

La realidad es que las llamadas a Codepola y otras firmas que gestionan licencias de posesión y portación de armas de fuego atraviesa por su mejor momento por dos razones: la facilidad con que se aprueban los permisos y la ola criminal que azota al País.

Los ciudadanos prefieren no salir si se sienten inseguros y para muchos es preferible estar en ley y adiestrados para defender su vida, familia y propiedad en caso de que les sorprenda la sombra de sicarios al acecho…

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