Cultura
Nota del editor:
El vigésimo quinto aniversario del Museo de Arte de Puerto Rico y el reciente re-cuelgue de su colección permanente ofrecen una oportunidad única para corregir una de las omisiones más significativas en la historia del museo. Invitamos a nuestra comunidad a reflexionar sobre este tema, compartir este editorial y respaldar un reclamo que busca hacer justicia al legado de Rafael López del Campo, a su familia y al patrimonio artístico de Puerto Rico.
Por All About Art
Para Prensa Sin Censura
Los museos cuentan historias y no lo hacen únicamente a través de las obras que exhiben, sino también mediante las decisiones que toman sobre cómo y dónde exhibirlas.
Cada espacio comunica una idea; cada recorrido construye un relato.
Por esa razón, la historia de Borinquen, la obra monumental de Rafael López del Campo, trasciende el ámbito museográfico. Se trata de una pieza concebida para ocupar un lugar específico dentro del Museo de Arte de Puerto Rico: su entrada principal. Allí debía convertirse en el primer encuentro del visitante con la identidad puertorriqueña, antes incluso de iniciar el recorrido por la colección.
No era solo una decisión curatorial. Era una declaración cultual que hace referencia a nuestra identidad y nuestro legado indígena ancestral. Desde su concepción, Borinquen fue pensada como el umbral simbólico del museo, una obra destinada a recordar que el arte puertorriqueño nace de una historia, una memoria y una identidad propias. Su ubicación formaba parte integral del proyecto arquitectónico y curatorial impulsado por Rafael López del Campo, el arquitecto Otto Reyes Casanova y la entonces directora Adlín Ríos Rigau.
Sin embargo, esa visión nunca llegó a completarse.
A veinticinco años de la apertura del museo, la ausencia de Borinquen en el espacio para el cual fue concebida continúa siendo una oportunidad perdida para afirmar, desde la principal institución artística del país, una narrativa clara sobre quiénes somos.
La contradicción resulta evidente. Mientras Puerto Rico vive uno de los momentos de mayor reconocimiento internacional por su producción cultural, una de las obras que mejor sintetiza esa identidad permanece alejada del lugar que debía ocupar. El mundo celebra nuestra cultura mientras nosotros seguimos postergando uno de sus símbolos más representativos.
No se trata simplemente de ubicar una escultura. Se trata de restituir una idea.
Las grandes instituciones culturales del mundo entienden que fortalecer la identidad nacional no contradice una visión universal; por el contrario, la hace más auténtica. Un museo adquiere relevancia internacional cuando presenta con convicción aquello que lo hace único.
Por eso, instalar a Borinquen a su emplazamiento original sería mucho más que una corrección museográfica. Sería un acto de coherencia institucional y de respeto a la visión fundacional del museo. También sería un reconocimiento al legado de Rafael López del Campo, quien defendió hasta el final la integridad conceptual de su obra, convencido de que su significado dependía tanto de su forma, como del lugar para el que fue creada.
El actual re-cuelgue de la colección permanente nos brinda una oportunidad ideal para cerrar este capítulo. No como un gesto hacia el pasado, sino como una decisión de futuro. Corregir esta omisión demostraría que el Museo de Arte de Puerto Rico está dispuesto a revisar su propia historia con la misma rigurosidad con la que preserva la historia del arte.
Restituir Borinquen significaría honrar la memoria de uno de nuestros grandes escultores, reconocer el compromiso de quienes imaginaron el museo como un espacio de afirmación cultural y devolver al visitante una experiencia concebida desde el origen del proyecto.
Porque un museo no solo conserva sus obras; también custodia y preserva sus significados y narrativas. Y después de 25 años, desde su inauguración, Borinquen merece recuperar el lugar para el que fue concebida.

