La Seguridad nacional en Cuba y los retos del espionaje, el terrorismo y mercenarismo

Geopolítica

Cuarto de varios artículos.

Por Felipe de J. Pérez Cruz

Para Prensa Sin Censura

Cuba, desde tiempos de paz, ha tenido que establecer un sistema de medidas de control y protección de la seguridad nacional que responden a los retos del espionaje, el terrorismo y el mercenarismo.

Se han aprobado instrumentos legales y penales que dan respuesta frente a la ley Helms Burton, la subversión interna y el terrorismo. Cuba ha puesto en vigor medidas legislativas, institucionales, administrativas y de diversa índole, con el objetivo de prevenir y sancionar todos los actos y actividades terroristas y las relacionadas directa o indirectamente con ellas, incluidas las vinculadas con la financiación del terrorismo, la protección y vigilancia de las fronteras, el tráfico ilícito de armas, la cooperación judicial, la adhesión a instrumentos jurídicos internacionales en materia de prevención y represión del terrorismo internacional y la adopción de una legislación específica en la materia.

El debate sobre el mantenimiento de la pena de muerte ha estado en este eje. El castigo a mercenarios y colaboradores probados de la agresión imperialista también. Por tales medidas realizadas en apego más estricto al Estado de Derecho, con todas las facilidades reconocidas internacionalmente para el debido proceso y el ejercicio de derechos de los acusados, se nos acusa de totalitarismos y dictadura.

Hay desvergüenza total en quienes nos intentan mal juzgar: La legislación y la actuación de los órganos de la ley en Estados Unidos, la criminal acción de las policías y cuerpos represivos estadounidenses, de sus “colegas” en los países capitalistas, vista a plenitud en noticiarios y redes no deja lugar a dudas.

En Cuba la protesta es un derecho constitucional. La guerra no convencional que resistimos y el genocidio del bloqueo incrementado que la hace más criminal aún, podrá provocar incidentes de protesta, de hecho, ya esporádicamente los tenemos. La fuerza del peso de las necesidades en las familias, el agotamiento de las personas, la propaganda y la guerra cognitiva, y también los errores que se producen en la comunicación y atención política de las comunidades, están a la cuenta de estos incidentes, que interesadamente los mismos asesinos que los provocan intentan magnificar.

En mi barrio, en el entorno humilde y proletario de El Canal del Cerro, no hay protestas, ni he escuchado un toque “de caldero”, pero si ocurre, ahí estaré junto a mis vecinos, con mi caldero, tocando bien fuerte, y acusando a viva voz -y con el lenguaje que la ocasión demandaría-, a Trump, a Marco Rubio y a la cohorte de criminales que nos intentan doblegar. En Cuba la contrarrevolución interna, los delincuentes y mercenarios que paga el imperio no tendrán oportunidad de sembrar el caos y el terror en nuestras calles y plazas.

La Guerra de Todo el pueblo

El Estado cubano lleva décadas aplicando medidas para protegerse de un ataque armado de los Estados Unidos. Nuestro Estado y gobierno de paz, están perfectamente entrenados para pasar organizadamente a tiempo de guerra, y colocar toda su estructura en función de la tarea suprema de la defensa de la patria. Tenemos fortificado todo el país, hubiéramos querido destinar los recursos empleados para construir viviendas y muchos más objetivos sociales y culturales. Pero preservar la paz haciéndole saber al imperio el costo de una invasión nos ha obligado a estos sacrificios.

Como resultado del estudio de nuestras tradiciones combativas, de los nuevos aprendizajes, de la evaluación de las resistencias y victorias de pueblos heroicos como el vietnamita, creamos la Doctrina Militar la Guerra de todo el Pueblo.

En composición profesional tenemos un reducido ejército de cuadros de especialistas y mandos, que se completa con jóvenes soldados que hacen el servicio militar, y muchachas que asumen ese servicio de forma voluntaria. Similar composición tiene la estructura militar de seguridad interior.

Existe una fluida cooperación de los órganos de defensa, con las organizaciones políticas y de masas y las asociaciones populares de la sociedad civil revolucionaria.

Quienes aspiran a tomarnos la Revolución por abdicación de la joven generación, olvidan que las fuerzas en composición combativa perenne, están constituidas mayoritariamente por jóvenes que hasta ayer fueron nuestros estudiantes de preuniversitario y tecnológico, hijos e hijas de nuestros hijos, nietos de quienes ya frisamos los sesenta y setenta.

La fuerza armada se multiplica en miles de combatientes: oficiales, clases y soldados reservistas, más milicianos y brigadistas a nivel de cada barrio y comunidad campesina organizados en zonas de defensa, con las armas y medios de combate dislocados en cada territorio, cuidados y aceitados, listos para la defensa.

No poseemos las sofisticadas armas y la tecnología que hoy tienen el aparato de guerra de Estados Unidos. Pero lo que tenemos lo sabemos utilizar muy bien. “Lo que vale de un arma, son las convicciones del hombre y la mujer que la porte”, nos reiteraba Fidel.

La inteligencia desarrollada por las academias, los centros de investigación y la industria militar de las FAR, ha hecho posible novedosas innovaciones y nuevos armamentos y sistemas.

Quienes nos agredan tendrán sus sorpresas en el terreno del armamento de esta pequeña y heroica nación.

El escudo defensivo cubano se practica con regularidad en reuniones y ejercicios militares, y de forma rotativa una vez al mes en los Díaz de la Defensa. Y no solo garantiza la defensa y sobrevivencia armada de la Revolución. Es escuela y pivote de nuestra tradición patriótica, es base de la ideología de la Revolución Cubana.

En Cuba, como en la mayoría de los países, hay leyes que obligan a las personas aptas, a participar en la defensa en caso de guerra e invasión de su país. Pero vivimos convencidos de que la defensa de la patria es sobre un deber legal, un honor. Todo el que empuñe un arma en Cuba, todo el que participe en el dispositivo de defensa armada, lo hará por convicción.

El autor es historiador y profesor universitario en La Habana, Cuba.

Foto/EcuRed

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