Opinión-Geopolítica
Por Eduardo Miguel Álvarez Estévez
La Habana, Cuba
José Martí escribió: «La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura, y se aviene mal con la sombra». Lo escribió pensando en los hombres dignos, en los pueblos que no olvidan, en la memoria como fundamento de la virtud.
Hoy, esas palabras me queman al leer las declaraciones de la presidenta encargada de Venezuela.
Delcy Rodríguez agradeció a Donald Trump. No lo hizo en un aparte diplomático, en un susurro de pasillo. Lo hizo a micrófono abierto, ante el mundo, con la solemnidad de quien firma un documento de capitulación: «Venezuela nunca olvidará la mano tendida a nuestro pueblo en estas horas tan duras».
La memoria es lo único que el imperio no puede bombardear, ni bloquear, ni comprar con petróleo.
Eduardo Miguel Álvarez Estévez
No voy a negar que un país pueda agradecer la ayuda humanitaria, venga de donde venga. Pero esto no es un agradecimiento. Esto es un acto de humillación. Y duele. Duele porque durante más de veinte años Cuba tendió la mano a Venezuela sin pedir nada a cambio, y nunca, jamás, recibió una gratitud así.
Lo que Cuba dio sin pedir
Lo digo sin hipérbole. Cientos de miles de médicos, maestros, entrenadores deportivos, asesores agrícolas cubanos pisaron tierra venezolana desde los años del huracán Vargas hasta la pandemia. Salvaron vidas en los barrios, alfabetizaron, operaron en quirófanos improvisados, llevaron salud donde nunca había llegado.
La Misión Barrio Adentro fue la obra más grande de solidaridad internacionalista de este siglo.
Cuba no le cobró a Venezuela. No le exigió petróleo a precio de mercado. No le puso condiciones políticas a la ayuda. Compartimos lo que teníamos, que nunca fue mucho. Lo hicimos porque somos un pueblo que aprendió, con Martí, que «Patria es humanidad».
¿Y qué recibimos a cambio? Silencio. Y ahora, esta escena bochornosa.
La mano que aplaude al verdugo
Lo más grave no es que agradezca a Trump. Lo más grave es a quién se lo agradece y en qué contexto. Trump es el mismo que calificó a Venezuela de «amenaza inusual y extraordinaria». El mismo que ordenó sanciones que impidieron a Venezuela comprar medicinas, alimentos e insumos. El mismo cuyo secretario de Estado, Marco Rubio, llama «esclavos modernos» a los médicos cubanos que salvaron vidas venezolanas.
Ahora, ese mismo Trump, después de haber asfixiado al pueblo venezolano, le ofrece una mano «solidaria». Esa mano no es ayuda. Es el último acto de una rendición. Es la limosna del que te robó la casa, con la que pretende que le agradezcas y le entregues las escrituras.
Y Delcy Rodríguez, presidenta encargada, acepta la limosna y da las gracias.
La memoria como acto de dignidad
Martí también dijo: «El hombre que se conforma con lo que le dan, y no pide lo que debe pedir, es un esclavo». Eso es lo que estremece de esta declaración. No es un acto diplomático. Es la naturalización de la sumisión.
Comparo y me sangra el alma. Durante décadas, Cuba no recibió de Venezuela un agradecimiento de este calibre. Ni una frase. Ni un gesto público de hermandad. Los presidentes venezolanos, los cancilleres, los ministros, guardaron silencio. Y ahora, ante el mundo, la presidenta encargada rompe ese silencio para agradecer al presidente del imperio.
No es casualidad. Es un mensaje. Es la certificación de que Venezuela ha dejado de ser un país soberano para convertirse en un protectorado agradecido. La «mano tendida» de Trump no es solidaridad. Es la cadena que se cierra sobre el cuello de un pueblo que un día fue libre.
Lo que nos queda
No voy a insultar a Delcy Rodríguez. No hace falta. Sus propias palabras la definen. Lo que sí voy a hacer es recordar. Porque la memoria es lo único que el imperio no puede bombardear, ni bloquear, ni comprar con petróleo.
Recordemos a los médicos cubanos que murieron en Venezuela cumpliendo su misión. Recordemos a los maestros que alfabetizaron en los cerros. Recordemos a los entrenadores que formaron atletas. Recordemos que Cuba nunca pidió una alfombra roja ni un desfile de agradecimiento. Pero tampoco merece este silencio cómplice, esta ingratitud que se viste de diplomacia.
Lo que yo sostengo
La gratitud, cuando se prostituye, deja de ser virtud. Se convierte en servilismo. Y el servilismo no es revolucionario, ni es bolivariano, ni es humano. Es la muerte del alma antes de que muera el cuerpo.
Nosotros no hacemos como ellos. Nosotros sí agradecemos. A los que estuvieron. A los que están. A los que, sin pedir nada, compartieron su pan y su techo.
Y a los que hoy se arrodillan, les recordamos a Martí: «Los que no tienen el valor de ser hombres, tienen al menos el instinto de ser sombras».
Cuba no es sombra. Cuba es luz. Y la luz no se agradece al que la apaga.
Patria o Muerte. Venceremos.

