Puerto Rico: La nación bajo el grillete de la Junta y el despojo gubernamental

Fe

Último de una serie.

Por Enrique Rivera Zambrana

Para Prensa Sin Censura

Nuestra patria es hoy el testimonio vivo de la crueldad colonial. Bajo el disfraz de una deuda impagable, se nos ha impuesto una Junta de Control Fiscal que actúa como el verdadero gobernador colonial moderno. El colonialismo es, en esencia, una estructura que despoja al ser humano de su dignidad y pretende reducirlo a la categoría de mercancía o, peor aún, de esclavo.

Este asedio se manifiesta en lo cotidiano: nos quitan las escuelas, nos privatizan la red eléctrica y nos cierran hospitales. Recientemente, hemos visto cómo la administración gubernamental actual ha acelerado el despojo del país mediante una política agresiva de otorgamiento de permisos de construcción en zonas protegidas, ignorando la voluntad de las comunidades y las advertencias científicas sobre el colapso de nuestras costas. Este “permisivismo” no es burocracia; es la entrega planificada de nuestra soberanía territorial a intereses privados.

Gentrificación y  paraíso para los privilegiados

La gentrificación en Puerto Rico ha dejado de ser un fenómeno urbano para convertirse en una invasión costera y comunitaria. Casos específicos en sectores como Puerta de Tierra, el Viejo San Juan y las costas de Rincón, Salinas, Cabo Rojo, La Parguera y Aguadilla muestran un patrón de desplazamiento donde el residente local es expulsado por el aumento del costo de vida y el acaparamiento de propiedades para alquileres a corto plazo.

La destrucción de nuestro medio ambiente para construir complejos de lujo es un sacrilegio contra la creación; es la mercantilización del jardín de Dios.

Este desplazamiento está subsidiado por el propio Estado a través de incentivos como la Ley 22 (ahora integrada en el Código de Incentivos, Ley 60), que ha convertido a Puerto Rico en un paraíso fiscal para inversionistas extranjeros. Mientras el pueblo carga con el peso de impuestos sobre el consumo y servicios públicos precarios, estos nuevos “colonos” disfrutan de exenciones totales, viendo nuestra tierra como un tablero de inversión y no como un suelo sagrado. La destrucción de nuestro medio ambiente para construir complejos de lujo es un sacrilegio contra la creación; es la mercantilización del jardín de Dios.

La humillación y el miedo: El yugo mental

La realidad colonial no solo se mide en deudas, sino en la humillación diaria de la dependencia impuesta. El sistema ha sembrado en el puertorriqueño promedio un miedo profundo a la libertad —una “egiptomanía” espiritual, como la de los hebreos en el desierto que, por miedo al hambre, añoraban las migajas que les lanzaban sus opresores (Números 11:5) —. Este miedo es producto de décadas de manipulación psicológica por parte del imperio y los partidos colonialistas, quienes han convencido a muchos de que sin el “amo” no somos capaces de sostenernos.

Desde la teología, este miedo es una forma de idolatría al sistema. La Biblia nos recuerda que “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). La retórica colonial que utiliza la inseguridad alimentaria o la falta de recursos para mantener al pueblo dócil y con miedo es una estrategia diabólica. La fe insurgente debe denunciar que el miedo es la herramienta principal del falso dios imperial para impedir que el pueblo camine hacia su propia pascua, hacia su propia liberación. Resistir hoy es, antes que nada, recuperar la salud mental y espiritual de saberse dignos de ser libres.

Cuba y Venezuela: El pecado del estrangulamiento y la oscuridad del asedio

Desde una perspectiva de fe insurgente, debemos denunciar con toda la fuerza profética el asedio criminal contra los pueblos de Cuba y Venezuela. Actualmente, el imperialismo ha dejado de usar las sanciones como meras “herramientas”; las ha convertido en armas de extracción vital.

Estamos ante una forma de tortura colectiva donde se castiga la osadía de existir fuera de la órbita de la metrópolis. Es la manifestación de una maldad parásita y genocida que se alimenta del sufrimiento de las mayorías para intentar doblegar la soberanía.

El asedio contra los pueblos del Caribe como sistema “Anti-Vida”

Para entender esta crueldad que hoy alcanza niveles históricos, debemos aplicar las herramientas de nuestra fe:

• Desde la Teología de la Liberación: El bloqueo es el rostro moderno del pecado estructural en su fase terminal. Invierten el mandato bíblico de “dar de comer al hambriento” por el de “rendir por inanición”. En Cuba, la situación ha llegado a un punto crítico; el asedio energético y financiero no busca reformas, busca el colapso total de la vida cotidiana. En Venezuela, hemos pasado de la presión económica al ultraje directo de la soberanía. El secuestro y traslado forzoso de un jefe de Estado a territorio estadounidense —independientemente de las discrepancias políticas que se tengan con su gestión— constituye una violación flagrante de la Carta de las Naciones Unidas y de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas. La teología de la liberación nos recuerda que cuando el imperio secuestra la voluntad de un pueblo, el silencio de la iglesia es una traición al Nazareno.

• Desde la Teología del Proceso: Si Dios es la fuerza creativa que busca la interrelación armónica, el imperialismo es la fuerza violenta que genera caos. El imperio actúa como un “falso dios” que intenta congelar el proceso histórico de los pueblos. Al secuestrar líderes y bloquear recursos, el imperio intenta detener el flujo de la vida misma para engordar sus propias estructuras monstruosas que nunca se sacian. Es una fuerza anti-creativa que busca sustituir la libre evolución de las naciones por un orden estático y servil. Es, por definición, una estructura diabólica porque niega la posibilidad de que el mañana sea distinto al diseño del opresor.

• Desde la Teología Débil: Aquí denunciamos la prepotencia del “falso Dios Fuerte” que se impone mediante el secuestro y la fuerza bruta. El asedio es el intento de aplastar la “debilidad” de un pueblo que se niega a ser un satélite. La resistencia de estos pueblos, en su vulnerabilidad extrema frente a la superpotencia, es una manifestación de la kénosis: el poder que no domina, sino que persiste en la verdad de su propia existencia. El imperio es el “Ser supremo” que quiere absorberlo todo; el pueblo es el “acontecimiento” indomable.

La maldad parásita del “Falso Dios”

Como hemos dicho, este sistema es diabólico porque es anti-vida. El cristianismo que calla ante el secuestro de la soberanía o que aplaude el estrangulamiento de los suministros básicos ha vendido su alma al César. No se puede adorar al Dios de la Vida y, al mismo tiempo, justificar actos que violan el Derecho Internacional Público, como el principio de no intervención y “el despliegue de medidas coercitivas unilaterales y cercos financieros [que] encuentra un límite normativo infranqueable en el Derecho Internacional Público. Específicamente, el principio de no intervención y el principio de igualdad soberana de los Estados —consagrados de forma vinculante en la Resolución 2625 (XXV) de la Asamblea General de la ONU— prohíben explícitamente el uso de presiones económicas o políticas destinadas a subordinar el ejercicio de los derechos soberanos de otra nación.”

El imperialismo es un ídolo sediento de sangre que exige el sacrificio de la dignidad de las naciones. Quien no denuncia este ultraje —el uso del hambre como arma y el secuestro como diplomacia— no predica el Evangelio; predica la ideología de ese sistema cruel. La verdadera fe hoy se encuentra en la solidaridad con los asediados, reconociendo que el “Dios sin Trono” no habita en las cortes que juzgan soberanías ajenas, sino en el corazón de los pueblos que resisten al gigante.

Debemos, pues, ser tajantes: el imperialismo no es solo un sistema político; es una estructura cultual que, para sostenerse, exige sacrificios humanos reales. Bajo esta lógica, la pobreza de las mayorías no es un accidente del sistema, sino un requisito indispensable para alimentar la opulencia de las metrópolis. Al ejercer el control absoluto sobre nuestros puertos, nuestras tierras y nuestra moneda, el imperio nos mantiene prisioneros dentro de una lógica de muerte que prioriza el flujo de capital sobre el flujo de la vida.

Por eso, en el contexto de Puerto Rico y el Caribe, resistir desde la fe no es un ejercicio piadoso de aislamiento, sino un acto radical de afirmación de la dignidad humana. Creer en el Dios sin Trono implica una ruptura ontológica: significa negarse a ser tratados como simples objetos de cambio o “daños colaterales” en los libros de contabilidad de los poderosos. Esta fe insurgente nos permite reconocer que nuestra soberanía, antes que un estatus político, es un derecho sagrado a la existencia plena y al desarrollo de nuestra propia identidad. Resistir es, en última instancia, reclamar el espacio sagrado que el imperio ha intentado profanar con su avaricia. Fe y resistencia son en suma, un acto soteriológico. Es decir, parte integral de la salvación y continua creación de todas las cosas. 

La praxis de la Mesa Abierta: El retorno al movimiento de Jesús

Para que esta propuesta teológica no se convierta en letra muerta, debe encarnarse en una nueva forma de habitar el mundo. Si el imperialismo es una estructura que se dedica a robar, matar y destruir, la fe insurgente es el movimiento vital que devuelve, sana y construye. Lo que necesitamos hoy no es una reforma institucional, sino volver al Evangelio original de Jesús: la Mesa Abierta.

Insumisión espiritual: Vencer al imperio en la conciencia

La primera trinchera de esta resistencia es nuestra propia conciencia. Resistir al imperio implica realizar un acto de insumisión espiritual, haciendo exactamente lo contrario de lo que el sistema promueve para desactivarnos. Frente a la cultura de la corrupción, proponemos una ética de transparencia absoluta; frente a la manipulación mediática, proclamamos la verdad que libera; frente al despojo material, nos volcamos al servicio. Vencer al imperialismo en el corazón significa recuperar nuestro sentido gregario —nuestra naturaleza comunitaria— y dejar atrás el individualismo consumista que nos han inoculado para aislarnos. La verdadera victoria sobre el imperio comienza cuando volvemos a vernos como hermanos y no como competidores.

De los templos a la comunidad: Una fe de servicios reales

Es imperativo denunciar nuevamente que muchas iglesias han perdido su relevancia al refugiarse en el espectáculo y el lucro desmedido por parte de actores religiosos que miran solo por sus intereses egoístas. La propuesta de la Mesa Abierta es radicalmente distinta: los recursos de la comunidad deben volver a su propósito original, que es el bienestar común. Propugnamos por la creación de cooperativas y comunidades de autogestión que ofrezcan servicios de salud integral, alimentación y vivienda de manera gratuita. Si el Estado colonial decide abandonar su responsabilidad con el pueblo, la comunidad de fe debe transformarse en el hospital, el refugio y el sustento de los más vulnerables.

Profetas en la calle, los campos y las playas: La nube de testigos

No caminamos solos. Existe ya una “nube de testigos” que está dando vida a la Mesa Abierta en nuestro suelo, demostrando que otra fe no solo es posible, sino urgente. Honramos a quienes han sacado la divinidad del templo para llevarla a la brea y a los barrios:

• A la Iglesia Metodista San Pablo en Barrio Obrero, bajo el liderato de la Rev. Nilka Marrero, por ser un faro de compromiso comunitario inquebrantable.

• A la Iglesia Metodista Obispo Francis Asbury-Lomas Verdes,Bayamon P.R. dirigida por la Rev. Vydech’ka Tarrats Viera, por ser sensibles al dolor de quienes padecen mediante actos concretos de amor. 

• Al proyecto de Teología de la Calle, con Carlos Irizarry y Sarinette Caraballo, quienes han sabido encontrar lo sagrado en la cotidianidad del pueblo.

• Al Pastor Julio Álvarez y su comunidad pentecostal, por la valentía de mantener un pie forzado en la justicia social.

• A la Mesa de Diálogo Martin Luther King Jr., por sostener un espacio vital de pensamiento crítico y ecumenismo activo.

Estas iniciativas son el ejemplo vivo de que la fe no consiste en defender al imperio, sino en liberar al ser humano de los ídolos del colonialismo.

Conclusión: El veredicto de la resistencia

El Dios sin Trono nos convoca hoy a una resistencia sin violencia, pero sin tregua. No necesitamos reclamar el nombre de “cristianos” si este ha sido secuestrado por la retórica del odio imperial.

Necesitamos, sencillamente, ser gente de la Mesa. En Puerto Rico, Cuba, Venezuela y Palestina, nuestra fe se traduce en la denuncia del bloqueo y en el anuncio de la libertad. Mientras el imperio insiste en su delirio de divinidad, nosotros persistimos en compartir el pan. Mientras ellos levantan muros de exclusión, nosotros alargamos la mesa para que quepan todos. Al final de la historia, los imperios pasarán, pero la Mesa Abierta —donde todos son amados sin condiciones— permanecerá como el testimonio definitivo de nuestra liberación.

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Foto/Prensa Sin Censura

 

 

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