La arqueología del poder y la subversión del Nazareno

Opinión

Segundo de cuatro artículos

Por Enrique Rivera Zambrana

Para Prensa Sin Censura

En primera instancia, es necesario acercarnos a la Biblia y extraer desde lo profundo del terreno histórico, ciertas teologías que atribuían a Dios, rangos determinados por el entorno social, cultural, religioso y politico.

Primero debemos realizar una autopsia a los títulos que el Imperio le colgó a lo Divino. Durante siglos, la cristiandad institucional nos impuso un Dios hecho a imagen y semejanza del César: un “Rey de Gloria”, un “Señor de los Ejércitos” y un “Pantocrátor” que vigila y castiga desde lo alto.

Debemos ser claros: este lenguaje no es revelación, es propaganda estatal. Ya nos advertía Ludwig Feuerbach que, muchas veces, el ser humano no hace más que proyectar sus propios deseos y ambiciones en el cielo. Hemos inventado a un Dios soberano y aplastante porque, en el fondo, las estructuras de poder desean esa misma soberanía para sí mismas.

Cuando la salud, el techo y la dignidad se convierten en objetos de negocio, estamos viviendo bajo la sombra de esa Babilonia que Juan de Patmos denunció.

Los imperios de ayer y de hoy necesitan un Dios con trono para que nosotros aceptemos vivir en el suelo.

El Dios que se vacía: La Kenosis como acto insurgente

Frente a esa proyección del poder humano, la Kénosis no es un concepto abstracto para intelectuales; es el mayor acto de protesta de la historia. Significa que Dios se vacía de toda esa “majestad” inventada por el ser humano para encarnarse en nuestra fragilidad (Juan 1, 14). Es un Dios que renuncia al mando para hacerse El Shaddai: el Dios que nutre y amamanta, una imagen que nos conecta con la raíz materna y cuidadora de la vida. Si Dios mismo se despoja de su “soberanía” para estar con nosotros, entonces ningún imperio —ni el del Norte, ni el de los bancos— tiene derecho a reclamar soberanía absoluta sobre nuestras vidas. La Kenosis representa, en el fondo, el fin de todas las jerarquías opresoras.

Jesús, el disidente frente a la Pax Romana

Jesús de Nazaret no fue un místico alejado de la realidad; fue un hombre colonizado que se rebeló contra la estructura de la “Pax Romana.” Su anuncio del “Reino de Dios” no era una promesa para el más allá, sino una contrapropuesta política para el “aquí y el ahora”.

Frente al trono del César, Jesús propuso la Mesa Abierta. En esa mesa, el eunuco, la mujer, el pobre y el excluido son los invitados de honor. Es necesario recordar que proclamar que “Jesús es el Señor” (Kyrios) en el siglo I era un acto de alta traición contra el imperio, porque significaba que el César no lo era. Hoy, decir que el Dios sin Trono es nuestro único guía es una declaración de independencia: le decimos al imperialismo que sus deudas, sus bloqueos y sus muros son ilegítimos.

La erradicación del imperio interno

El imperialismo no solo opera en nuestras playas puertorriqueñas o bloquea los puertos en Cuba; el imperialismo también ocupa nuestra mente. San Pablo, escribiendo desde las entrañas del Imperio Romano, nos llamó a una transformación radical: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer”. (Gal. 3, 28).

Una declaración contundente y altamente subversiva en el contexto de un imperio que, en apariencia daba cierto nivel de libertad, pero le interesaba la uniformidad como herramienta coercitiva. En consecuencia, se trata una máxima que destruye las categorías que el sistema usa para dividirnos: el racismo, el clasismo y el patriarcalismo. La fe insurgente exige que venzamos al imperialismo en nuestro propio corazón, arrancando de raíz la codicia y la indiferencia ante el dolor ajeno. No podemos derribar tronos externos si todavía llevamos un pequeño dictador por dentro.

El amor ágape: Sin condiciones ni trancas

Por demasiado tiempo, el cristianismo tradicional ha predicado un “amor” condicionado aunque lo niegue abiertamente una y otra vez: “te amo si te conviertes”, “te amo si te ajustas a la norma”, “te amo si eres dócil y “obediente”. Eso no es amor, es una herramienta de control. Frente a esto, recuperamos el Amor Ágape. Un amor que es pura donatividad, darse, servir sin poner requisitos y que se desborda especialmente hacia quienes la religión institucional ha marginado, como las comunidades LGBTQI+ y las mujeres que luchan por su integridad. El amor ágape es el motor de la Mesa Abierta: si Dios ama sin poner condiciones, ¿quién es la Iglesia para poner candados?

El Dios de la Biblia no es el general de las tropas imperiales ni el banquero del sistema. Es el Dios nómada, el Dios que muere en una cruz ejecutado por el Estado.

Recuperar este “Dios sin Trono” es el primer paso para descolonizar nuestra alma y preparar el terreno para una resistencia colectiva y verdadera.

El Apocalipsis:  Manifiesto antiimperialista oculto

Para completar nuestro estudio de la divinidad, debemos rescatar el libro del Apocalipsis de las garras del fundamentalismo, que por siglos lo ha usado para infundir miedo.

Juan de Patmos no escribió una película de terror ni un acertijo sobre el fin del mundo con alocadas teorías de la conspiración; escribió una crítica política feroz contra el Imperio Romano, al cual identifica como “la Bestia”.

La Bestia y su estrategia del control total

El Apocalipsis denuncia un sistema donde nadie puede “comprar ni vender” sin someterse a la lógica del Imperio. Debemos entender que esto no es una predicción lejana, sino una realidad presente. Es el control totalitario de los mercados, las patentes de medicinas y los sistemas financieros. Hoy, ese control se manifiesta en estructuras como la junta de control fiscal aquí en Puerto Rico o los bloqueos económicos a diversos países que no se postran ante “la conveniente política del hegemón” , que deciden desde afuera quién tiene derecho a prosperar y quién no. La “marca de la Bestia” es, en esencia, la sumisión total a un sistema que pone el capital por encima de la vida.

La autopsia de Babilonia: La vida como mercancía

En el capítulo 18, el visionario del Apocalipsis realiza un inventario detallado de las riquezas del Imperio: oro, plata, especias, caballos… pero culmina con una denuncia desgarradora: el comercio con “cuerpos y almas de seres humanos”. Aquí el Apocalipsis desnuda la verdadera naturaleza del imperialismo: un sistema que reduce la vida humana y la creación sagrada a una simple mercancía. Cuando la salud, el techo y la dignidad se convierten en objetos de negocio, estamos viviendo bajo la sombra de esa Babilonia que Juan de Patmos denunció.

La victoria del Cordero sobre el Trono

Contrario a la imagen popular, el Apocalipsis no termina con un Dios guerrero aplastando ejércitos con violencia bruta. El triunfo final le pertenece a un Cordero Degollado. Esta es la imagen de Jesús ejecutado por el Estado, una figura que representa la victoria de la vulnerabilidad sobre la fuerza. Este es precisamente el corazón de la Kenosis: el verdadero poder no reside en el trono del César, sino en la resistencia digna de quienes, a pesar de su fragilidad, se niegan a adorar al sistema. La victoria no es militar, es moral y espiritual; es la afirmación de que el amor y la justicia son más permanentes que cualquier imperio.

Foto/Freepik

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