Opinión
Por Roberto Torres Collazo
Para Prensa Sin Censura
En días recientes hubo varias manifestaciones de la facultad, trabajadores, personas solidarias y estudiantes de la Universidad de Puerto Rico. Fueron bombardeados en las redes sociales y otros medios con comentarios de odio. Reflejados en expresiones repetitivas humillantes, misóginas, homofóbicas, aporofóbicas, descalificativas, acosos, ridiculizaciones, acusaciones sin fundamento. Expresiones similares ocurrieron con la marcha de las mujeres por su derecho a decidir.
Comentarios de odio que se extienden con frecuencia particularmente contra las y los refugiados, migrantes indocumentados, la comunidad LGTBQI+, árabes, indígenas, organizaciones pacifistas, los defensores de los recursos naturales, cristianos progresistas, luchadores de los derechos humanos, independentistas, izquierdistas o directores o directoras de medios de comunicación independientes.
Discursos de odio basados en parte en el fanatismo y prejuicios. El Premio Nobel de Economía, el estadounidense Paul Kruman sostiene que los prejuicios ciegan más a los conservadores que a los progresistas. Ceguera, que a nuestro juicio, en el plano individual es producto generalmente de la falta de empatía, no escuchar atentamente a los que piden justicia, una mentalidad tribal (Haidt, 2020) fanatismo y no analizar aquellas condiciones sociales, políticas, culturales y religiosas que los sostienen. A veces también el odio obedece a la pereza de no tomarse el tiempo en investigar, verificar, contrastar, poca o ninguna curiosidad, no leer ni reflexionar.
Los fabricantes del odio liberan toneladas de energía de miedo y violencia. Miedo hacia lo diferente, hacia profundos cambios. Violencia física, psicológica o simbólica que asesina hasta reputaciones (Campos, 2020). Establecen muros entre “ellos” y “nosotros”. “Ellos” (los fabricantes de odio) se consideran los “ciudadanos preocupados” presuntamente por la ley, por la nación, por el orden, la tradición, la moral y lo supuestamente normal. Los “ciudadanos preocupados” construyen sus chivos expiatorios particularmente hacia los migrantes indocumentados, refugiados y los disidentes. Todo es blanco o negro, nada tiene matices, “puros” o “impuros”, “buenos” o “malos”. Por otro lado, los “nosotros” somos los que creemos que no podemos caer en el odio o que respondemos al odio con más odio.
A la par con el odio hay además el odio indiferente, no odia, sin embargo, lo permite con su silencio, no lo combate por miedo, por comodidad, por desconocimiento o falta de interés. El odio indiferente, prefiere erróneamente entregar un cheque en blanco a la violencia, a los ataques, al discrimen, la explotación y opresión. El odio indiferente escucha, observa o lee sobre expresiones de odio, pero prefiere el silencio, silencio, que como enseña la historia no es neutral.
Al odio en las redes sociales, en las estructuras sociales, políticas, religiosas y culturales, al odio indiferente se suman las máquinas del odio de los principales líderes de extrema derecha, neofascistas, cristianos ultraderechistas, supremacistas blancos que defienden agresivamente la nación, la Biblia, Dios, la libertad, la seguridad, solo para convencer a los ingenuos o ganar votos.
Representados en figuras actuales como Trump de EE.UU, González de Puerto Rico, Netanyahu de Israel, Bolsonaro de Brasil, Milei de Argentina, Bukele de El Salvador, Naboa de Ecuador, por mencionar algunos.
Todos con fuertes vínculos con los dueños de las gigantes empresas tecnológicas. De aquí la necesidad de denunciarlos, convertirnos en maestros y maestras de la sospecha, ser moderadamente escépticos y usar el pensamiento crítico.
Es absurdo confrontar los fabricantes del odio con más odio, es una pérdida de tiempo, energía y puede ser un espiral de odio. El combate contra el odio debe dirigirse hacia las ideas, las mega empresas tecnológicas y las condiciones estructurales que hacen posible el odio. Se debe censurar sus actos, políticas públicas, leyes y discursos contagiosos de veneno que polarizan las democracias y denigran la dignidad humana. Es vital ejercer la cultura de la duda ilustrada y de la ironía que desagrada a los fabricantes del odio.
La filósofa Carolin Emcke en su libro Contra el Odio, que ha sido uno de los libros más vendidos en Alemania, anota: “El odio solo se le puede combatir con lo que a ellos se le escapa: la observación atenta, la matización constante y el cuestionamiento de uno mismo”.

