El Amor en la Verdad: legado de Ratzinger a la humanidad

Publicado por Nuestro Tiempo/Universidad de Navarra

El legado del teólogo, exégeta, filósofo e intelectual alemán Joseph Ratzinger [el fenecido Papa emérito Benedicto XVI] es inconmensurable

Su última encíclica, Caritas in veritate es una joya; un tratado social en tiempos de la globalización, el neoliberalismo de la economía y los neocolonialismos.

Puerto Rico se puede descubrir en su espejo.

A continuación Prensa Sin Censura presenta la síntesis de sus diez argumentos centrales, publicada por Nuestro Tiempo.

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DIEZ PUNTOS CENTRALES

Junto a estos “grandes principios”, aparecen también, no obstante, contenidos más concretos. Hay quien ha resumido la nueva encíclica papal en diez frases, en “diez mensajes para la difícil pero apasionante hora que nos ha tocado vivir”, en palabras de Antonio Gil. Veamos cuáles son estas frases.


Primero. El hombre está por encima de la economía, y el primer capital que hay que salvaguardar –por medio de la justicia– es la misma persona humana.

El Papa proclama que la justicia es inseparable de la caridad, tratando de unir así lo humano y lo divino. Ubi societasibi ius, escribe: toda sociedad elabora un sistema propio de justicia. La caridad va, sin embargo, más allá de la justicia, pues amar es dar, ofrecer de lo mío al otro; pero nunca se renuncia a la justicia, que lleva a dar al otro lo que es suyo. No puedo dar al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde, concluye el Papa.


Segundo. El capitalismo salvaje, la codicia y la avaricia financiera, el egoísmo y el paternalismo colonial reclaman una globalización solidaria, un nuevo orden económico basado en valores cristianos. 

Así, el Papa arremete contra los excesos del sistema capitalista y reclama una globalización que tenga en cuenta la condición humana de las personas que forman parte del mundo de hoy. A la vez, insiste en que “la crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas” (n. 21). Debemos ser protagonistas, y no víctimas de la globalización, viene a decir Benedicto XVI.


Tercero. Hace falta un mercado más social y más humano, en el que el Estado tenga un papel activo y empresas se guíen por la ética y la responsabilidad.

“La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado” (n. 41), recomienda, para que se pueda alcanzar la justicia personal y social. Junto a la justicia, el otro soporte de la vida social y moral es el bien común. “Es el bien de ese ‘todos nosotros’, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad” (n. 7).


Cuarto. La injusticia existe y es preciso intervenir, crear un sistema nuevo, más transparente y justo, con reglas que integren al Tercer Mundo –a los pobres y hambrientos, a los no nacidos– en la economía y el comercio globales.

El Papa Ratzinger critica que “la exacerbación de los derechos conduce al olvido de los deberes” (n. 43). Respecto a la cuestión de la cooperación internacional, reclama a instituciones sociales y organismos internacionales una “transparencia total”, y un respeto profundo por la naturaleza como fuente de vida y don de Dios. Para esto reclama “una mayor sensibilidad ecológica” y “una redistribución planetaria de los recursos energéticos” (n. 49). Alguien ha hablado de las “raíces verdes”, los orígenes en una ecología integral de esta encíclica. En concreto, el texto habla del desarrollo demográfico, insistiendo en que “no es correcto considerar el aumento de población como la primera causa del subdesarrollo”. A la vez el Papa apuesta por “una procreación responsable” (n. 44).


Quinto. La crisis nace de un déficit de ética en las estructuras económicas.

“El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente” (n. 36). Como consecuencia, “el riesgo de nuestro tiempo es que la interdependencia de hecho entre los hombres y los pueblos no se corresponda con la interacción ética de la conciencia y el intelecto, de la que pueda resultar un desarrollo realmente humano. Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador” (n. 9). Así, en contra del paro, afirma que todo ser humano tiene derecho a un trabajo honrado: “Significa un trabajo que, en cualquier sociedad, sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer” (n. 63).


Sexto. El desarrollo es imposible sin personas honradas, con lo que profundiza en las raíces antropológicas y ecológicas de la economía.

Por ejemplo, dentro de las “nuevas pobrezas”, Benedicto XVI condena las trabas al derecho a la vida, que se dan tanto por la falta de alimento como por las políticas de contracepción y “la imposición del aborto” en algunos países. “En los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural” (n. 28). Así, “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común. Se necesita tanto la preparación profesional como la coherencia moral” (n. 71).


Séptimo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano.

Por eso, reclama Benedicto XVI, “la religión cristiana y las otras religiones pueden contribuir al desarrollo solamente si Dios tiene un lugar en la esfera pública, con específica referencia a la dimensión cultural, social, económica y, en particular, política” (n. 56). Como consecuencia, “tanto la exclusión de la religión del ámbito público como el fundamentalismo religioso impiden el encuentro entre las personas y su colaboración para el progreso de la humanidad” (n. 56). El Papa asegura que “solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil –en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos–, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento”.


Octavo. La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas fórmulas de compromiso.

Para esto se requiere de una institución no solo internacional, sino supranacional. Es cierto que “la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende mezclarse en la política de los Estados”, pero sí ofrece algunas orientaciones (n. 9). Por ejemplo, en un apartado importante de la encíclica, Benedicto XVI afirma que “siente mucho la urgencia de la reforma tanto de la organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones” (n. 67), que dé especial voz a los países más pobres. “Urge la presencia de una verdadera autoridad política mundial”, reclama el Papa, que “goce de poder efectivo” para garantizar el desarrollo de la justicia y de los derechos humanos (ibid.).


Noveno. Las empresas y los políticos deben tener una sólida responsabilidad social y ética, sin circunscribirse tan solo a la técnica o a la tecnología.

Benedicto XVI sostiene que no debemos caer en la “tentación prometeica” de pensar que la sociedad puede recrearse con la simple tecnología. “Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los ‘milagros’ de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista” (n. 68). Tras los medios, el Papa aborda de nuevo el campo de la bioética, a la que también acecha el peligro de la tentación tecnicista. Y, más en concreto, señala que “la fecundación in vitro, la investigación con embriones, la posibilidad de la clonación y de la hibridación humana nacen y se promueven en la cultura actual del desencanto total, que cree haber desvelado cualquier misterio, puesto que se ha llegado ya a la raíz de la vida” (n. 75).


Y décimo. Sin Dios el hombre no sabe adónde ir ni logra saber quién es.

El Papa anima al ser humano a no caer en la tentación de “creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia”. Esas posturas, denuncia el Pontífice, “han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían”. Frente a esto, Benedicto XVI propone “la caridad en la verdad”: una fuerza de una comunidad humana, no de individuos en particular. “Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién es” (n. 78). El hombre y la mujer necesitan de esa relación con Dios. “El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don” (n. 79).

Imagen/Criterio HN

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