La decadencia de las redes sociales

Autor Ramón González Férriz

Publicado por El Confidencial

Aunque a veces pensemos que la cultura es una ópera, un libro, un cuadro o una película, en realidad, la cultura es una conversación. Un diálogo multitudinario, y un tanto caótico, sobre ideas políticas, nociones estéticas, la manera en que nos vemos a nosotros mismos, la manera en que vemos a los demás y las cosas que pensamos sobre la vida, el sexo, la política, el dinero, la muerte y casi cualquier otra cosa.

En la última década y media, esa conversación ha estado dominada por las redes sociales y las guerras culturales. Pero en el 2022 ambas cosas han iniciado un lento declive. Y creo que en 2023 esa decadencia se agudizará y provocará otros cambios que harán que nuestra cultura se transforme aún un poco más. En ocasiones, será para celebrar el poder del mercado; en otras, querremos lo contrario, encerrarnos un poco más en nosotros mismos. Estas son mis predicciones para lo que le sucederá a la cultura, entendida en estos términos, en 2023.

El fin de las redes sociales

Las redes sociales que han dominado la conversación durante la última década han sido un experimento con pocos precedentes. Como contaba recientemente el economista Noah Smith, en sus orígenes, internet era un lugar fragmentario. Uno participaba en chats sobre temas específicos, y pertenecía a comunidades relativamente pequeñas con intereses comunes. Pero las redes acabaron con eso. En Facebook o en Twitter ya no se conversaba con unas pocas personas, sino que se interaccionaba con muchas, desde tu compañero de trabajo hasta tu suegra, los periodistas que te gustaban de tu país y las estrellas del pop del otro lado del Atlántico. Se cruzaban las fotos familiares con las discusiones sobre política, los gifs de animalitos con las noticias de los periódicos.

Aunque fueron un experimento loable en muchos sentidos, y que a algunos nos han permitido acceder a mucha gente interesante y toneladas de información, las redes han fracasado.

Simplemente, es imposible que tanta gente esté junta, hablando al mismo tiempo de todo, desde posiciones no solo contrapuestas sino muchas veces hostiles, y que el resultado no sea el que vemos todos los días: un intento muchas veces agotador de encontrar la señal —el contenido valioso que fuimos a buscar en primer lugar— entre mucho ruido —trolls, bots, gente que nos cae mal, o que nos cae bien, pero que de repente se pone a tuitear sobre cosas que nos producen rechazo—.

Las llegadas del metaverso y de Elon Musk a Twitter son casi lo de menos. Lo importante es que hemos descubierto algo que es culturalmente relevante, aunque no sé si una buena noticia: no es posible conversar con todo el mundo al mismo tiempo, ni discrepar constantemente, a menos que uno tenga un cerebro peculiar.

En 2023, querremos volver a entornos más limitados en los que poder relajarnos y hablar de lo que nos gusta con gente que nos gusta. En un sentido, es empobrecedor. En otro, el mejor alivio que podemos darnos tras más de una década de trifulcas.

El mainstream es el nuevo indie

En los últimos años, pero singularmente en 2022, se ha producido un extraño consenso. Quienes solían halagar de manera sistemática a autores independientes, obras poco conocidas y estilos difíciles y minoritarios se han entregado al mainstream. Cuarentones que presumen de buen gusto celebran como los mejores del año los discos de Rosalía, Beyoncéo Taylor Swift, tres superestrellas globales. A todos nos ha gustado Andor, la nueva serie de la saga de La Guerra de las Galaxias, y los críticos más sofisticados halagan Voy a pasármelo bien, la película musical sobre las canciones de los Hombres G. Nadie (salvo Alberto Olmos) discute la Premio Nobel de este año, Annie Ernaux, y todo el mundo parece estar de acuerdo en que el fallecido Javier Marías ha sido el gran novelista español de las últimas décadas.

Tras la llegada de internet, previmos una cultura fragmentada, en la que cada uno viviría en su burbuja, sin enterarse de lo que consumía, pensaba y sentía el de al lado. Eso tenía cosas buenas y malas. Sin embargo, en lugar de eso, todos nos hemos vuelto mainstream, todos hablamos de lo mismo, a todos nos gustan las mismas cosas. En algunos sentidos, es un triunfo: que lo inmensamente popular sea muy bueno, es una gran noticia cultural. Pero para que esto sea así ha tenido que producirse un cambio que no estoy seguro de que hayamos entendido: ¿cómo puede ser que ahora la distinción se obtenga celebrando lo mismo que los demás, cuando las leyes básicas del estatus y la economía dicen que debe suceder al contrario?

Es un fenómeno que irá a más pese a la decadencia de las redes sociales:bienvenidos a la (inesperada) era de lo mayoritario con prestigio.

La batalla cultural ya es solo una trifulca partidista

En las guerras culturales de los últimos años, hemos visto algunos de los peores rasgos de la intolerancia —muchas veces, en la izquierda— y una increíble falta de empatía —con frecuencia, en la derecha—. Pero, a pesar de esto, la batalla ha hecho que afloraran cuestiones que eran pertinentes: no hace falta ser un cultural warrior para pensar que los debates sobre la raza, el feminismo o el imperialismo siguen abiertos. Lo cierto es que seguimos sin tener una respuesta definitiva a ninguno de ellos. Y esa batalla nos ha tenido entretenidos a periodistas, escritores y opinadores en general: todo el mundo tenía algo que decir al respecto, un nuevo matiz que aportar o un nuevo insulto que lanzar al otro bando. Han sido años gloriosos para la discusión más seria y, sobre todo, para la pelea más mezquina.

Sin embargo, partir de 2023 tendremos que buscarnos otras excusas para discutir. O, al menos, dejar de llamarlas guerras culturales. Lo que con cierta pereza hemos denominado woke está en claro declive y vuelve a encerrarse en lo que fue su hábitat natural: algunas facultades universitarias y unas cuantas editoriales. En parte se debe a que, en cierta medida, ha cumplido su cometido. Hoy, hasta los bancos y las empresas cotizadas han adoptado el lenguaje de la inclusión, el feminismo y la conciencia ecológica. La derecha que reaccionó contra ello seguirá aferrándose al combate contra esa particular forma de progresismo, por supuesto. Y hará bien: puede funcionarle electoralmente. Porque en eso se ha transformado la batalla cultural: en un mero combate partidista más. Tiene mucho sentido, pero menos gracia.

La verdadera batalla es generacional

Las comidas y cenas familiares de Navidadson un maravilloso recordatorio de la fluidez del tiempo. Una mitad de la mesa —en la que están tus padres y tus tíos— te sigue considerando joven. La otra —en la que están tus sobrinos— te considera un señor mayor. Como a tus padres y tus tíos te los conoces de memoria, lo mejor es hablar con los jóvenes para ver hasta qué punto son distintos de ti. Lo que yo percibí este año se parece a lo que dicen los estudios: los jóvenes beben y fuman mucho menos que nosotros a su edad. No se informan por los periódicos, sino en Instagram; no están muy interesados en la tele; no buscan las cosas en Google, sino en YouTube, y se mueren de risa con la sola idea de Facebook.

La idea de las tribus urbanas les parece difícil de comprender, visten normcore —con ropa relativamente unisex, no pensada para destacar, más bien funcional—, sus hábitos de consumo son un misterio porque aún no tienen dinero y son omnívoros culturales: me pasé tres horas de la tarde de Navidad viendo los vídeos musicales preferidos de mis sobrinas y me sorprendió, por encima de todo, el eclecticismo: de malotes dominicanos a pop pijo catalán.

Me gustó percatarme de que la gran barrera generacional ya no se daba entre los mayores de la mesa y los de mi edad, que ya compartimos casi todos los hábitos, aunque los de mediana edad seamos más hábiles con la tecnología. La barrera estaba entre nosotros y el sector juvenil. Se ha creado una enorme brecha cultural entre las dos generaciones. No es grave, ha pasado desde hace por lo menos un siglo. Pero me parece ver dos tendencias para el futuro inmediato: la primera, que esta brecha será de las importantes, quizá solo comparable a la de los años sesenta del siglo pasado, porque, entonces como ahora, los mayores, simplemente, no podremos estar al tanto de todos los cambios inducidos por la tecnología. La segunda: va a ser divertido descubrir que ahora somos nosotros quienes defendemos el establishment desde nuestras (relativas) posiciones de poder.

Hay batallas culturales, guerras de clase y luchas partidistas. Pero la importante va a ser la generacional: somos más hijos de nuestro tiempo que de nuestros padres.

Imagen/Reuters

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