Tras 10 años del asesinato de Facundo Cabral

El cantor, poeta, pensador y filósofo popular que murió acribillado por sicarios en una calle de Guatemala se inmortaliza con su obra

Eduardo Slusarczuk

Publicado por Clarín

«Vuele bajo, porque abajo está la verdad/Eso es algo que lo hombres no aprenden jamás», cantaba Facundo Cabral en unos años ’80 cargados con las ilusiones que alentaba la recuperación de la democracia y la expectativa de una Argentina mejor por venir. 

En su discurso convivían los nombres de Atahualpa Yupanqui y Walt Whitman, deJorge Luis Borges y Teresa de Calcuta; todos, bendecidos por el de un Jesús con mucha más onda que la que le solían poner la mayoría de los mensajeros de Dios con título. 

Es que Facundo Cabral, quien murió asesinado el 9 de julio de 2011 en Guatemala, fue antes que nada un «contador de historias», y con ellas delineó un ideario -capaz de combinar tanto lo anarquista como lo religioso- plasmado en libros y canciones que tiñeron la música popular iberoamericana desde la década del ’70 del siglo pasado.

Una infancia y una vida itinerantes

Nacido en La Plata, criado en Berisso, junto a su madre y seis hermanos Cabral se trasladó a la ciudad de Ushuaia con pocos años de vida, desde donde llegó a Tandil a los 8, para iniciarse como cantante a los 22 en Mar del Plata, luego de una adolescencia tumultuosa que incluyó su internación en un reformatorio.

Con el nombre artístico de Indio Gasparino, Cabral logró cierta repercusión hasta que su carrera quedó definitivamente consagrada en 1970 con su canción No soy de aquí, no soy de allá, que fue éxito en la Argentina y fue cantada y grabada en infinidad de lenguas y países.

Trovador y trotamundos, visitó y actuó en 165 países, con conciertos en lugares como el Lincoln Center de Nueva York, la Catedral de Toledo y el Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México.

El exilio y un regreso exitoso

Exiliado en 1975 en México luego de ser amenazado por la Triple A, Cabral volvió al país en 1984 y unos años después gozó de una popularidad que tuvo su punto culminante con un concierto en el estadio de Ferrocarril Oeste ante 35.000 personas.

Facundo tocó con Julio Iglesias, Neil Diamond, Mercedes Sosa y Dino Saluzzi, entre muchos otros, y conformó una dupla particularmente exitosa con Alberto Cortez, con quien grabó tres discos y giró a lo largo de cuatro años con el espectáculo Lo Cortez no quita lo Cabral.

Mantuvo relación con personalidades de la talla de la Madre Teresa de Calcuta, Golda Meier, Fidel Castro, Jorge Luis Borges y Pablo Neruda, entre otros; fue declarado Mensajero Mundial de la Paz de la Unesco en 1996, y 12 años después recibió el título de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Entre sus canciones, se destacan Pobrecito mi patrónVuele bajoNo quiero ser ciudadanoEntre pobres y El infinito y el cero, registradas en álbumes como CabralgandoPateando tachosEntre Dios y el diablo y El mundo estaba bastante tranquilo cuando yo nací.

Además, escribió los libros Paraíso a la derivaConversaciones con Facundo Cabral,Mi Abuela y yoSalmosBorges y yoAyer soñé que podía y hoy puedoCuaderno de Facundo y la nómina sigue.

Ante todo, un caminante

Sin embargo, Facundo no se definía como cantor; tampoco como escritor. «Yo soy un viajero. Como cosa secundaria, canto y escribo, pero mi oficio es caminar. En eso soy un profesional. Lo hago desde siempre. Desde que arranqué, recorrí 165 países», le contó a este cronista alguna vez. 

«Nunca paré. Nunca viví en una casa. Siempre estuve de paso. Nada para cuidar, para ser libre y seguir caminando. Yo siento que lo único que hice fue subir a un tren en Tandil, a la buena de Dios, en el año ’46. Y un día me bajé en Beijing», siguió.

Y completó el cuadro: «No me preguntes qué pasó, porque no sé que pasó. Fui de fiesta en fiesta. Vino todo lo que hubo en el medio. Desde dictaduras al hambre. De todo. Y todo lo vi siempre como una gran obra. La vida como una gran obra.”

Así se describía el artista, bohemio, trashumante, trovador, encantador de humanos más que de serpientes. «Si se calla el cantor, en mi caso no pasa nada», recitaba en el monólogo introductorio que antecedía las canciones de su etapa más exitosa. Aunque él prefería no hablar de éxito.

Yo soy hijo de una historieta de Hugo Pratt. Yo quería ser el Corto Maltés«, decía. Y quién era quien para decir que eso no era más que parte de una fábula con la que se construía a sí mismo. Al fin de cuentas, analfabeto hasta los 14, cuando un jesuita le enseñó a leer, nunca más paró. 

“Melville, Conrad, La divina comedia, Las mil y una noches, las parábolas, Flaubert, Balzac, Baudelaire, Rimbaud, Apollinaire, Quevedo, Góngora.” Vaya si le sobraban palabras para reinventar historias y hacerlas propias. 

Antes de llegar a Beijing, aquel tren que había partido del sur bonaerense hizo escala en Dolores, Ayacucho, Mar de Ajó, Buenos Aires, Cuzco, la Isla de Pascua, México, Europa, Oriente Medio, la India y una interminable lista de lugares.

De Krishnamurti a Ray Bradbury

Testigos, esos distintos puntos del mundo, de los encuentros que cuenta que tuvo con Krishnamurti, la Madre Teresa, Ray Bradbury y Arthur Rubinstein, entre otros personajes tan ilustres como ilustrados. Hasta que un día volvió para quedarse por un rato, y volver a partir una y otra vez.

Al fin y al cabo, Cabral se encargó de honrar eso de que no era de aquí ni de allá, repartiendo máximas en las que la política, el misticismo, el amor, el deseo, la denuncia social, el placer, la religión confluían con aires de milonga surera como hilo conductor. Sutil, más que fútil.

«A mí la vida me dio más de lo que yo podía recibir. Si me pongo a pensar, mi sueño era llegar a Buenos Aires y tomar un café en La Biela”, aseguró una vez, en la habitación del hotel del microcentro que era su residencia porteña en aquel 2011 que tenía planes para él.

La gira del final, entre narcos y sicarios

Uno de los tantos que llenaban su agenda, marcaba varios conciertos en Centroamérica; entre ellos, uno en Guatemala, el 5 de julio. Cuatro días más tarde, emprendía camino al Aeropuerto Internacional La Aurora para volar rumbo a una Nicaragua que hacía tiempo se encaminaba al infierno que es hoy.

No llegó. Sicarios armados que se desplazaban en tres vehículos interrumpieron la marcha de la camioneta que lo trasladaba junto a Henry Fariñas, quien lo había contratado, y dispararon. Cabral recibió dos balas en la cabeza y una en el pecho, de las muchas que salieron de los fusiles de asalto que fueron usados en un ajuste de cuentas en el que el cantante nada tenía que ver.

Facundo murió en el acto. A su lado, Fariñas quedaba herido, aunque no de gravedad. El jefe del atentado era el costarricense Alejandro Jiménez González, alias El Palidejo, hombre de confianza del Cartel de Sinaloa en Centroamérica y también del Chapo Guzmán.

Las crónicas hablaron de un enfrentamiento entre bandas narco de vuelo alto, y también consignaron que mientras Fariñas purga una pena de 18 años por narcotráfico, mientras El Palidejo fue condenado a medio siglo de prisión por incitación al crimen, lo mismo que los cuatro atacantes. Y hasta dieron sus nombres.

«Vamos cruzando la vida en el tren de la muerte/viendo cómo el progreso acaba con la gente», recitaba Cabral. Un caminante que fue, además, cantor y escritor. Cronista de las cosas simples y no tanto.

A la izquierda, los revolucionarios; a la derecha los reaccionarios; en el medio, los hombres que deciden su propia vida, es decir tres o cuatro», decía. Seguramente él estaba entre ellos.

Facundo Cabral. Foto/Clarín

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