Latin Grammy: ¿oda al negocio de la música o a la música de excelencia?

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura

Así como el Oscar en el Cine, el Emmy en la televisión y el Tony en el teatro, el Grammy es reconocido como el máximo galardón de la música.

Celebramos hace poco más de 20 años cuando surgió la Academia Latina de la Grabación (LARAS, por sus siglas en inglés) creada para reconocer la excelencia de la música de los artistas latinoamericanos y caribeños, porque en el Grammy norteamericano original escasamente se limitaba a un par de categorías.

Los tiempos de los Grammy a Eddie Palmieri, José Feliciano, Tito Puente e incluso los primeros a Rubén Blades fueron celebrados por considerarse justos y merecidos en conformidad a sus méritos artístico-musicales.

Con la creación del Grammy Latino se pensó que una de sus bondades sería el reconocimiento mundial de los talentos latinos en otras categorías durante una ceremonia que anualmente llega a millones de televidentes.

Pronto, no obstante, se observó que la poderosa industria del disco y las multinacionales discográficas asentadas en Miami, capitaneadas por poderosos magnates cubanos del exilio, como los Estefan, era muy influyente en los resultados de cada premiación.

Con el Grammy Latino se hizo más evidente la necesidad de que más puertorriqueños de la industria (artistas, compositores, músicos, productores, cronistas musicales, etc.) se inscribieran como socios, con el correspondiente pago de membresías y cuotas.

A más socios, partiendo de la consideración de un sistema de votación, mayores serían las oportunidades de los nuestros. Y con eso en mente nos asociamos como socios-votantes del Grammy Latino y hasta aportamos a conferencias ofrecidas en la Escuela Libre de Música Ernesto Ramos Antonini de San Juan y ayudamos al CEO Gabriel Abaroa en la documentación de los artistas que merecían aparecer en el Museo del Grammy Latino.

Asistimos, en años recientes, a una asamblea para, entre centenares de grabaciones, escoger las pre finalistas en las distintas categorías para que luego del proceso de votación los socios seleccionaran las cinco, entre las cuales se escogería cada ganador.

Fue sorprendente, por ejemplo, la cantidad de discos de salsa producidos con excelencia en Cuba que no llegaban a primera base. También fue desconcertante encontrar productores con discos pre nominados opinando y votando por lo que debía o no debía considerarse.

Como anécdota, recuerdo el caso del disco de Charlie Sepúlveda, Jon Secada y Ray Santos dedicado a Beny Moré en su centenario que se pensó referir al comité evaluador del jazz latino. Tuvimos que aclarar que era un concepto de boleros y mambos que le correspondía evaluar a los miembros de las categorías de salsa y música tropical. Hubo receptividad y finalmente meses después en la ceremonia de premiación fue galardonado con el fonógrafo dorado.

Después de dos días de audiciones al final faltó tiempo y terminamos escuchando un par de minutos de cada canción contenida en los discos para “decidir” si tenían los méritos para aspirar al Grammy.

Al año siguiente no renovamos nuestra membresía. La decepción se hizo más evidente en años recientes en que discos de excelencia como “Fase Dos” de Juan Pablo Díaz, “Mind Of The Master” de Bobby Valentín & The LJ y “Mi Luz Mayor” de Eddie Palmieri (con Carlos Santana, Gilbertito Santa Rosa, Hermán Olivera y Ray Santos) no resultaron favorecidos, resultando ganadores grabaciones de inferior calidad.

Lo mismo sucedió hace unos días con “Colegas” de Gilberto Santa Rosa, merecedor del Latin Grammy en la categoría de la salsa y a duras penas recipiente de la distinción por “mejor empaque” cuando se sabe que originalmente fue un lanzamiento digital.

Sé que figuras como Rubén Blades, Juan Luis Guerra, Residente, Juanes y otros, irrespectivo de lo que graben, serán favorecidos, tal vez por el peso de sus nombres.

Mas la credibilidad del Grammy Latino se hace añicos cuando pasa por alto conceptos de excelencia como “Colegas”. Pienso que la alta cúpula de la Academia Latina merece ser renovada y que se debe considerar un Grammy emérito para discos que no se repetirán, como “Colegas” y “Mi Luz Mayor” de Palmieri, considerado por no pocos conocedores como el Disco del Siglo.

Resulta indiscutible otro año más que el Grammy Latino es un negocio. Los cabildeos, las donaciones, las clases magistrales, las fiestas y los auspicios son parte del andamiaje que, al final, confirma porqué en los últimos años siempre ganan los mismos aunque no aporten absolutamente nada especial a la música.

Gilbertito Santa Rosa.

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