La epidemia ética, moral y humana del Covid-19

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura-Opinión

Se cuenta que Madre Teresa de Calcuta limpiaba y curaba las úlceras de un enfermo terminal de SIDA cuando una famosa artista de ‘tour’ filantrópico por la India se le acercó y con asco le dijo: “Eso no lo haría ni por un millón de dólares”.

Era el umbral de la epidemia del HIV en que, allá para mediados de los 80, se generalizaba que no se podía tocar, besar ni abrazar a los pacientes, considerados entonces como los nuevos leprosos de las postrimerías del Siglo XX.

La historia convertida en leyenda apunta a que, sin desviar su atención de su amorosa faena, Madre Teresa le respondió: “Ni yo tampoco”.

Lo hacía por Amor y el amor no se cuantifica, monetiza ni capitaliza. La millonaria celebridad se marchó desconcertada y algo desencajada, ordenando a su séquito de camarógrafos y fotógrafos que no filmaran ni retrataran más su visita ‘humanitaria’.

La experiencia, recurrente en las catequesis sobre la pastoral de enfermos, invita a recordar unas palabras del Papa Francisco al inicio de su pontificado, cuando dijo que atender, asistir, tocar y aliviar el dolor de un enfermo es “tocar el cuerpo de Cristo”.

En la homilía de la Misa del Domingo de Resurrección de 2013, celebrada en Casa Santa Marta, Francisco enunció: “Hay que besar con ternura las llagas de Jesús en nuestros hermanos hambrientos, pobres, enfermos y en los que están en la cárcel”.

Sus palabras se hacían eco de las enseñanzas de Jesús al señalar que “estuve enfermo y me visitaste” porque acompañar a un enfermo es acompañar a Cristo. “Lo que hicieron con ellos lo hicieron conmigo”, subraya el evangelio de Mateo, capítulo 25.

En tiempos de la pandemia del Covid-19 y en momentos en que recrudece la emergencia con la variante Delta, estos enfermos también son considerados los nuevos leprosos del Siglo XXI.

Y lo peor, socialmente hablando, es el impacto de un nuevo orden que pretende, con la confabulación de los grandes emporios mediáticos corporativos, marginar a los no vacunados cuando cada día son más las personalidades serias de la medicina que advierten sobre la ineficacia de las vacunas.

A diferencia de los enfermos de la India, de los pacientes de cáncer ya desahuciados y de los pobres lapidados por la miseria y la desnutrición en Haití y Sri Lanka, la ‘lepra’ del Covid es invisible y más allá de la pandemia, posiblemente orquestada por el capital neoliberal que ahora mismo hace ricos a empresarios farmacéuticos, revela con elocuencia un mal mucho más terrible: el de la epidemia ética, moral y humana de nuestros días.

Durante los pasados días, en que he sido testigo de la lucha de mi Padre por su vida al tiempo en que su cuadro clínico se complica más y más hasta literalmente ser desahuciado por los médicos que lo atienden, me pregunto dónde -en todo este proceso del Covid-19- ha quedado la pastoral de los enfermos.

Sé de pacientes que han fallecido solas y solos en la helada habitación de un hospital o centro de cuido. Nadie, por respeto a su dignidad, merece agonizar solo, sin la compañía de sus seres queridos.

Llegar al hospital donde desde hace más de una semana está recluido mi papá revela una escena que estremece el corazón: la de decenas de personas desesperadas e impotentes en el vestíbulo esperando por alguna noticia de sus familiares enfermos. No se aceptan visitas y ahora que se informa de contagios en parte del personal del Centro Médico y del Recinto de Ciencias Médicas el panorama apunta a más restricciones y distanciamiento de los seres amados.

Resta, afortunadamente, la oración. También el poder de la reflexión cuántica en que, trascendiendo tiempo y espacio, podemos sincronizar pensamiento y sentimiento para visualizar y proyectar bienestar para ese ser querido en el aquí y ahora, en el momento presente.

Acariciar, acompañar, alentar y atender a un enfermo es conectar con Jesús, el ideal que impulsó a Teresa de Calcuta al encuentro con los más pobres de la India y que impulsa a tantos misioneras y misioneros anónimos en cruzadas de amor que pasan inadvertidas por las cámaras de la multimillonaria artista.

Si no se puede de manera presencial, aprovechemos la fuerza del pensamiento y el sentimiento para ser gestores del misterio de un milagro de Amor que no habrá Sars-Cov 3 que eventualmente lo pueda neutralizar, aunque el capital pretenda lo contrario.

Compartamos.

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