Escalofriante crónica de una travesía de pesadilla hacia Vieques

Yasmín Sánchez Sánchez

Para Prensa sin censura-Comunidad

El día sábado 27 de marzo del 2021 mi sobrino Eliam Cruz, mi hija Angelina Reyes, mi esposo José Reyes y yo salimos en el viaje de las 9 de la mañana desde Vieques hacia la isla grande, con boleto de regreso a las 4:30 de la tarde, en el último viaje de Ceiba a Vieques.

Pasamos el día haciendo encargos y compras para poder llevar a nuestro hogar. Mi esposo decide irse en el viaje de la 1pm, lo llevamos al terminar de Ceiba y mi sobrino, mi hija y yo nos quedamos hasta por la tarde. Cuando terminamos de hacer todo decidimos regresar al terminar de Ceiba a las 3 pm  para esperar el viaje pautado a las 4:30 pm.

Entonces nos notifican que el viaje fue cancelado por las manifestaciones que hubo en Vieques y rápidamente salgo con mi hija y mi sobrino hacia el aeropuerto para ver si habían pasajes disponibles, pero lo cierto es que ya estaba lleno y no pudimos irnos por avión.

Regresamos otra vez al terminar, ya que un amigo de mi sobrino le avisó que la lancha Cayo Blanco había regresado a Ceiba. Ya de vuelta en el terminal de lanchas le digo a mi sobrino que estacione la guagua para esperar si van a dar siempre el viaje hacia Vieques. Me encuentro con varias vecinas y les pregunto si van a tirar el viaje o no, pues ya eran alrededor de las 5 de la tarde y aun no sabíamos si nos íbamos o no.

(El cuento de nunca acabar, siempre con desinformación de parte de la administración de ATM hacia el residente). Ya en el terminal de lanchas y al pasar las horas con la desinformación consabida hacia los residentes de Vieques estábamos molestos porque a pesar de que había capitán, embarcación y tripulación, la supervisora de turno nos decía que el viaje no se iba a dar porque no había tripulación ni capitán aun estando todos ellos allí porque se veían desde donde estábamos.

La otra excusa que nos dieron es que desde San Juan no cogían el teléfono y que no devolvían la llamada para autorizar el viaje hacia Vieques. Elda Guadalupe, maestra y residente de Vieques, se comunicó con pescadores de Vieques” que se ofrecieron a bajar hasta Ceiba a buscarnos.

La mayoría dijimos que sí pues ya llegamos al límite de la desesperación por llegar a nuestras casas porque la mayoría llevamos compras, comida, refrigerios, carnes y teníamos el miedo que se dañara por estar tanto tiempo sin refrigerarse y ya comenzaban a verse los hielos derretidos. Entre los residentes habían personas de la tercera edad, niños incluyendo a mi hija de 11años e incapacitados. Una vez confirmado que nos van a recoger los pescadores, nos fuimos movilizando los residentes para el área donde se estacionan los vehículos cuando van a montarse al ferry a esperar a los pescadores.

Ya entrada la noche y ubicado en el área, aparece el primer pescador Jorge Cruz en su lancha y se montan residentes con sus carritos de compras llenos hasta arriba y si mal no recuerdo también incluyendo a menores de edad. Luego llegaron dos lanchas más y en ella venía Yabureibo Zenón y el alcalde Junito Corcino con su hijo. Abordamos ocho personas más y en ese segundo viaje me quería ir yo junto con mi hija y mi sobrino.

Ya ubicados en el área donde estaban las lanchas para nos ofrecen funda de basura grande para utilizarla como capuchas y evitar llegar mojados por la fuertes marejadas y ventolera. Cuando estamos por montarnos el alcalde se nos acerca y nos recomienda a todos que nos quitemos los zapatos y se dirige a mí y me dice: “te recomiendo que no te vayas en estas lanchas pequeñas porque el mar está malo, por la seguridad tuya y de la nena, yo prefiero que te vayas en las más grandes que están por llegar”.

Le digo ok. Espero por la grande. Me dirijo hacia mí sobrino ya montado en la lancha con el alcalde y su hijo, incluyendo mi compra de carnes y le digo: “Eliam por favor cuando llegues acuérdate de mí”, queriéndole decir que se acuerde de buscarme cuando lleguemos al rompeolas. Responde: “jamás Titi” y le digo “ok, Dios te bendiga” y se van rápido ya que las otras lanchas están esperando que salgan para ellos poder atracar y empezar a montar el resto de los residentes, incluyendo a los de la tercera edad que fueron los primeros en montarse en las lanchas más grandes y seguras. Ahí también iba montada yo con mi hija y la maestra Elda Guadalupe; en otra lacha fueron montados un grupito de turistas que llevaban dos días tratando de llegar a Vieques y no los dejaban montarse en la lancha.

Ya todos ubicados en las lanchas y asegurando que no se quedara nadie en Ceiba nos fuimos. Ya saliendo de la bahía se sentían los primeros brincos de la lancha y los azotes que recibía de las olas chocando contra la embarcación.

El viento frío y la turbulencia, a medida que navegábamos mar adentro, empeoraba. Una de las señoras que venía en la lancha gritaba con cada azote que daba la lancha y los chorros de agua fría del mar.

En un momento dado la señora gritó más duro. Era tan desesperante que el que capitaneaba la lancha paró en medio del mar (asumiendo yo para saber si la señora estaba bien) y me da con mirar hacia mi izquierda y veo una ola enorme que se acerca a la lancha para azotarnos y grité: “no pares, sigue, sigue que es peor y arranca de nuevo”.

La lancha siguió azotando contra las olas y detrás las ráfagas de agua mojándonos más. Miro a mi hija que está sentada frente a mí hacia mi izquierda y la veo paralizada. Le pregunto si está bien y no me contesta. Le grito otra vez si está bien y no me contesta. Me le acerco y la muevo y vuelvo y le pregunto si está bien. Elda, que está sentada a mi lado dice: “ven, siéntate aquí entre nosotras” y la ubico entre Elda y yo.

Mi hija me agarró el brazo tan pero tan fuerte como si fuera su único soporte. Entre el ruido de las olas chocando con la lancha, la señora gritando y escuchando a mi hija llorar desconsoladamente, sentí que me rompía la vida por hacerle pasar por una situación así, con tal de llegar a nuestra casa en Vieques.

Yo trataba  de tranquilizarla diciéndole que todo está bien que no falta mucho por llegar y aun así lloraba más y más s pues realmente era aterrador lo que pasábamos y a altas horas de la noche con un mal tiempo.

Elda que estaba sentada a su otro lado también trataba de tranquilizarla y conversando con ella y haciéndole preguntas: ¿cuántos años tienes? ¿En qué grado estas? ¿Cuál es tu escuela? Y ella contestándole pero aun así no dejaba de llorar. Incluso, Elda le dice a mi nena: “¿sabes? Yo soy maestra de tu escuela y el año que viene te voy a dar clases y cuando estés en el salón vamos a recordar este día para reírnos”. Mi hija solo contestaba si moviendo la cabeza pero sin dejar de llorar.

El trayecto de Ceiba a Vieques fue de casi 30 minutos de tortura para la señora que no dejaba de gritar, para mi hija que no paraba de llorar y para mí por hacer pasar a mi hija por ese trauma que no merecía pasar con tal de llegar a nuestra casa.

Pero le doy gracias a Dios porque llegamos todos sanos y salvos, muy agradecidas de cada uno de los pescadores que fueron a buscarnos a Ceiba y nos llevaron a casa en Vieques.

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