Sagrado el respeto a la Mujer

Jaime Torres Torres, NC PNL

Prensa sin censura-Neurocoaching

El machismo y el patriarcado, muy alambrados en la sique del hombre caribeño, son la raíz del maltrato a la mujer y los casos de violencia doméstica que han degenerado en la presente emergencia de feminicidios en Puerto Rico.

Urgen nuevas estrategias educativas, incluso desde los altares religiosos, y mayor rigurosidad en la aplicación de las leyes que protegen a nuestras mujeres, si se aspira a paliar este mal social que se exacerba en estos días pandémicos por la frustración de miles de hombres.

Los medios de comunicación y expresiones culturales, como la música urbana, los melodramas turcos y la industria publicitaria, que insiste en proyectar a la mujer como objeto e instrumento de placer, son co-responsables de la alta incidencia de maltrato femenino en las sociedades de la posmodernidad.

No basta con el discurso: “a la mujer no se le pega porque naciste de una mujer”. Aparte de ser objeto de las frustraciones e inseguridades masculinas, la mujer es desventajada en términos de servicios esenciales, oportunidades de empleo y salarios por su competencia profesional, pues en general está mucho mejor preparada que el hombre.

La mujer sostiene sobre sus hombros la jefatura y las finanzas de la mayor parte de los hogares en Puerto Rico. Habitamos un País con rostro de mujer pues la población femenina es mayor y su longevidad también. A nivel electoral, es mayor la participación de la mujer, aunque en puestos electivos aún es aventajada por el varón.

La equidad, el respeto, las oportunidades, la garantía de servicios esenciales y su participación en decisiones cruciales de la cotidianidad han de ser prioritarias en las políticas públicas de una sociedad como la puertorriqueña, de raigambre cristiana.

A propósito, cuando se habla de Dios, se alude a un Dios con Corazón de Mujer. La mujer es el ser que en la persona de María, según la tradición judeocristiana, sirvió de puente entre el Cielo y la Tierra, entre la eternidad y la temporalidad.

En una relación de pareja entre personas distintas suelen surgir divergencias y en ocasiones hasta se podría erosionar el amor. Eso, sin embargo, jamás justificará el maltrato emocional y la violencia física, respuestas ante los celos, la envidia por el éxito de la compañera, la frustración, los complejos y la falta de inteligencia emocional. El maltrato, en síntesis, es una proyección de las carencias masculinas.

En Efesios 5, versículos del 25 al 33, el apóstol Pablo enseña sobre la responsabilidad del varón respecto de la mujer. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella”.

La exégesis bíblica, desde un contexto atemporal, supone el respeto a la persona, la consideración al ser humano y la solidaridad.

Puede que, con el tiempo, por distintas razones, una relación conyugal o consensual, no funcione. Jamás eso justificará maltrato emocional y mucho menos físico, con desenlaces fatales o feminicidas.

Antes de arruinar su vida con un exabrupto del que se arrepentirá cuando entre en razón, mejor actúe con serenidad y haga mutis con elegancia.

He aquí unas preguntas que el varón que lee estas líneas puede responder en la intimidad de su conciencia.

¿Me irrita el éxito de mi compañera? ¿La celo hasta del viento? ¿Cómo reaccionó cuando socializa con sus amigas y compañeros de trabajo? ¿La considero mi rival? ¿La veo como a una hija, una pertenencia o posesión? ¿La veo como una madre? ¿Qué recuerdo de la manera en que mi abuelo se relacionaba con mi abuelita? ¿Cómo era la relación de mis padres? ¿Alguna vez mi padre le pegó a mi madre, la regañó con palabras fuertes o hirió su dignidad con lenguaje soez y ofensivo?

Su novia, esposa, prometida, amiga o compañera consensual no es su propiedad. Tampoco su esclava y sirvienta y mucho menos el saco para descargar sus frustraciones y deficiencias emocionales.  

El respeto a la Mujer es sagrado. No es negociable ni relativo. Se debe garantizar siempre y si se siente incapaz sepa que es una señal elocuente de la necesidad de gestionar ayuda profesional.

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