La extinción del juey loiceño

Jaime Torres Torres

Noticias/Prensa sin censura

Este año el Caldo Santo Loiceño tendrá de todo, menos jueyes.

Y si le insisten, quizá compensen con carne de crustáceos importada, que jamás compara con el sabor del juey común de Puerto Rico, o tal vez de cocolias, abundantes en los estuarios o desembocaduras de los ríos, y en última instancia de buruquenas o cangrejo de quebrada.

La razón de la escasez del juey boricua, materia prima esencial de las alcapurrias, arroces, salmorejos y empanadas de Piñones y Loíza, es la deforestación del litoral.

Evoca mi padre que 50 años atrás los jueyes subían por las paneles de madera y anunciaban su presencia para una fácil captura al caminar por las planchas de zinc de las humildes casitas de Jobos en Loíza.

Cuando llovía torrencialmente sus cuevas se llenaban de agua y salían a sus corridas, al alcance de jueyeros que en un santiamén llenaban un saco para luego encerrarlos en un corral y limpiarlos con agua de lluvia y engordarlos con maíz y cohitre.

Hoy no es así.

La mayor parte del juey que se consume en Puerto Rico es importado de la República Dominicana y el que traen de Vieques es de dudosa calidad por su exposición a la contaminación tóxica de uranio, mercurio y otra basura bélica.

Pero el juey de Borinquen, aún el sambuco o peludo que se reproduce en los manglares, está por desaparecer por la devastación de amplias extensiones de terrenos en reservas naturales en Loíza, Río Grande, Luquillo, Humacao, Yabucoa, Manatí, Barceloneta, Isabela, Aguadilla, Rincón y otros pueblos costeros.

También la proliferación de caimanes alrededor del Archipiélago impacta a la especie endémica de ecosistemas costeros, como ciénagas, lagunas y manglares.

De nada vale la veda impuesta por el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA), que limita su captura a los meses entre el 15 de julio y el 15 de octubre, si la agencia no es rigurosa con la aprobación de permisos para el desarrollo costero.

Los magnates neoliberales del capital han arrasado con miles de cuerdas de bosque marino, dunas y manglares, hábitat de la especie de gran demanda en la Semana Santa que se avecina como ingrediente principal de manjares como el Caldo Santo.

El profesional de la industria de seguros y dueño de la marca Caldo Santo Loiceño, Daniel Alméstica informa que este año en Loíza no se consiguen jueyes y que los intenta conseguir en otros pueblos costeros.

“Los que los pescan inmediatamente los venden. Los pocos que quedan hay que ordenarlos con tiempo”, señala Alméstica, que ha tenido que diversificar la oferta de su producto con otros ingredientes como la langosta y el camarón.

Así que este año, si saborea un Caldo Santo de jueyes o degusta una alcapurria, sepa que posiblemente es de carne importada de Venezuela o la República Dominicana o tal vez de cocolía o cangrejo de mar, que tiene un sabor más dulzón.

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