Letras
“El don de encender en lo pasado la chispa de la esperanza solo le es dado al historiador perfectamente convencido de que ni siquiera los muertos estarán seguros si el enemigo vence. Y ese enemigo no ha cesado de vencer”.
Walter Benjamin, Tesis IV
Por Emmanuel Figueroa Rosado.
Para Prensa Sin Censura
¿Qué pretendía cuando decidí escribir este libro? [Que previamente fue mi tesis doctoral.]
Si bien la cantidad de páginas, notas al calce y fuentes crea una apariencia de erudición, no quisiera engañarlos y decirles que todo esto estuvo pensado desde el principio o, incluso, a mitad de investigación. A decir verdad, esta es una obra de un historiador en formación. Al comienzo fue mera curiosidad; sin embargo, mientras leía y hallaba nuevas pistas, fue cambiando mi concepción del tema y la persona que yo era terminó siendo alguien completamente distinto cuando la terminé; por eso la famosa cita del Che de sus Diarios de motocicleta al comienzo del libro.
De hecho, en los últimos cuatro meses, desde que se publicó el libro, muchos me han dado sus impresiones sobre su contenido, y algunas reseñas –aunque tengo que admitir, muy pocas– indican lo que es y no es este trabajo.
Así, en estos breves minutos, creo que es pertinente explicar qué pretendía con Borinquen Rojo. Qué en realidad es y, a pesar de lo que se concibe, qué no es.
Lo que es y no es
1. Borinquen Rojo no es una historia del Partido Comunista Puertorriqueño, sino una historia de la experiencia comunista –del Comunismo con C mayúscula– en un periodo particular de la historia de Puerto Rico. Si bien es cierto que más de la mitad del libro está enfocada en el PCP, también es la historia de cómo una idea fue recibida y traducida por otros grupos en los márgenes. Este libro es, en realidad, como diría Edgar Morin en 1991, la “gigantesca aventura para cambiar el mundo”.
En las páginas iniciales vemos cómo anarquistas, viejos socialistas, liberales provenientes de las capas profesionales y líderes políticos daban sentido a los sucesos en Rusia y al impacto del comunismo.
El partido como tal no sería fundado hasta septiembre de 1934. Mi libro no es una hagiografía, ni tampoco una condena. El derrumbe de la Unión Soviética fue hace treinta y cinco años; le disolución de la Internacional Comunista hace ochenta y tres años. Sus principales representantes, partiendo de la Revolución Rusa – Lenin, Stalin, Trotsky, Mao, entre otros– están muertos.
“En consecuencia”, como señala Enzo Traverso, “historizar la experiencia comunista implica superar esa dicotomía entre dos relatos –uno idílico, otro horroroso– que también son fundamentalmente parecidos…no hace falta defender, idealizar o demonizar… vale la pena entenderla críticamente como toda, una totalidad dialéctica modelada por tensiones y contradicciones internas, que presentan múltiples dimensiones en un amplio espectro de sombras, de impulsos redentores a violencia totalitaria, de una democracia participativa y una deliberación colectiva a la opresión ciega y el exterminio de masas, de la imaginación más utópica a la dominación burocrática, extremos entre los que a veces oscila un breve lapso”.
Si bien es una historia de un mundo desaparecido y al final muestra una derrota para la izquierda global y la puertorriqueña, esta no cae en derroteros pesimistas. Mi enfoque –y esto lo explico desde el comienzo– es demostrar que sin los comunistas puertorriqueños no podríamos explicar dos décadas tan cruciales e investigadas de manera amplia por los historiadores, como lo fueron los treinta y cuarenta.
Desde frentes antifascistas, una redirección del movimiento obrero, múltiples conflictos sociales y los gigantescos cambios políticos a finales de los 1930 y a comienzos de los 1940, los comunistas tuvieron un rol crucial para que se pudieran dar.
Es la historia de la gente común (o gente poco común, como diría Eric Hobsbawm), trabajadores en su mayoría, que vieron en la Revolución de Octubre un mundo posible y su posible emancipación. Su concepción comunista –y esto es algo que recalco constantemente en el libro– partía del bolchevismo.
Sus decisiones, acciones, interacciones y propia vida, como la de todos nosotros, estaban atravesadas por contradicciones propias de un movimiento que apenas comenzaba y cuyos referentes muchas veces llegaban de manera esporádica y filtrada. Eran cuadros revolucionarios, radicales, pero, ante todo, gente común con una energía extraordinaria que logró cambios importantes a través de un pequeño partido cuyo punto más alto no sobrepasaba los 600 miembros.
Más allá de Rusia, los escenarios bélicos de Europa, la sociedad y política de Estados Unidos, esto es un libro de paisajes reconocibles, desde los rincones más marginales y borrados por la historia: casas en lodazales, niños anémicos, paradas de guaguas, fábricas de botones, cañaverales en llamas, platos de arroz y habichuelas con bacalao, muelles paralizados por huelgas, piquetes frente a las centrales azucareras, trabajadores de Cabo Rojo levantándose en la penumbra de la madrugada para recoger carretillas de sal y luego, en la tarde, yéndose a trabajar a los cañaverales o a pescar, compañeros que vivían en la sede del partido, viajes hacia el exterior.
Me gustó un comentario que hizo hace dos días el amigo Juan Ruiz Goyco sobre esto: “una constelación de sujetos, acontecimientos, debates y decisiones políticas”.
Es un libro que contiene historias incómodas. Entre tantas, una que tiene que ver con el señor cuyo nombre lleva esta fundación –y qué mejor momento para abordar este tema que hoy. Hace poco alguien comentaba que la relación de Muñoz Marín con los comunistas fue “accidentada”. Que no había prueba directa de que Muñoz quería pactar con ellos o que fueron de repercusión para el ascenso y hegemonía del Partido Popular Democrático. Una relectura de mi libro muestra lo que pretendo demostrar y cuáles eran los límites de esa alianza y sus objetivos. Impensable para muchos; por eso, pido prestado de José Luis González para llamarla una “Alianza de otro tiempo”.
Para Muñoz Marín hubiera sido un desastre, un año antes, aceptar públicamente el apoyo de los comunistas o abiertamente abrazar varios de sus proyectos, pero, como indico en esta obra, los comunistas dirigían algo que Muñoz Marín necesitaba para su coalición de fuerzas al interior del PPD: un movimiento obrero fuera de la influencia de la Coalición y la Federación Libre de Trabajadores. No es solo que La Democracia les diera prominencia a los conflictos obreros a finales de los 1930, es que hizo su prioridad acercarse a los dirigentes de estas nuevas organizaciones obreras que retaban el control de los viejos socialistas – una gran parte eran miembros del PCP. Se fotografió felizmente junto al comunista y líder obrero Frederick Myers durante la huelga de los muelles; fue de los pocos en abrirle los brazos al insurgente movimiento de choferes que dirigía el secretario general del PCP, Alberto E. Sánchez; acogió las demandas de los desempleados, el cual era dirigido en su mayoría por los comunistas. En el libro, una fuente aseguraba que todos los días, en la sede del PCP, sonaba el teléfono y era Muñoz, quien, en la víspera de las elecciones de 1940, dialogaba constantemente con Sánchez.
En fin, una multiplicidad de sucesos que ya no pueden ser casualidad. Es importante recalcar que esto no es información nueva; ya otros historiadores lo habían señalado: Chuco Quintero y Gervasio García, Rafael Bernabe, Raúl Guadalupe y el fenecido Kenneth Lugo del Toro. Yo lo que hice aquí fue arrojar mayor luz a un hecho que la hegemonía estadolibrista decidió borrar. Para nada es una acusación de que Muñoz Marín era comunista, y tampoco le resta importancia a lo que fue el proyecto del PPD a comienzos de los cuarenta, pero, a mi entender, nos brinda mayor comprensión de la radicalidad que tuvo ese momento histórico.
Y, por último, esto no es una historia total; no pretendo tener la última palabra. Una de mis metas sería que este libro sirva de punto de partida y abra las puertas a posibilidades de estudio. En muchas ocasiones notarán que algunos personajes, movimientos y uniones no reciben un retrato abarcador. Es, a mi parecer, de esas limitaciones que aparecerán trabajos más ricos. Hace falta una historia de los distintos comités municipales –ya Luis Díaz hizo lo propio con Cabo Rojo– de las mujeres que conformaron el PCP, de las temáticas de raza y género en el comunismo puertorriqueño, una historia de sus lecturas y debates culturales y biografías de sus dirigentes e intelectuales.
Nota de Prensa Sin Censura: Ponencia del autor durante la presentación del libro el pasado sábado en la Fundación Luis Muñoz Marín.

