Mascotas
Por Rescatistas PR Trabajando Unidos
Waldemar Quiles admitió que el primer incidente de «agresión» ocurrió apenas adoptó a Pistacho (un cachorro de 8 meses) cuando metió la mano en su plato de comida.
Ese es uno de los detonantes más clásicos en la conducta canina: no es agresividad, es manejo deficiente.
El reciente episodio comenzó cuando otra de sus perras se orinó en la sala. Al intentar apartar a Pistacho del área, según él, el perro lo miró “mal”, se le fue encima y recibió una patada de su parte.
Pistacho casi muere no por ser un perro malo, sino por una cadena de malas decisiones, miedo, manejo inseguro y por un albergue hacer lo que mejor hacen: las eutanasias por conveniencia.
Con la tensión ya elevada, otro perro entró en escena y comenzó una pelea. Para separarlos, Waldemar volvió a patear a Pistacho y fue entonces cuando el perro lo mordió en la mano.
Waldemar corrió hacia la marquesina, llamó a la Policía y pidió que se llevaran al perro. El Albergue de San Juan pautó la fecha para su eutanasia.

Quienes convivimos con perros sabemos que, dentro de una manada, pueden surgir peleas por recursos (comida, juguetes, atención). Sabemos que, identificados los detonantes comunes, nos ahorramos muchos malos ratos, aunque no todos.
También, sabemos que para separar perros que comienzan a pelear, no se hace por medio de patadas, porque eso solo intensifica la reacción del animal.
Waldemar insistió en que consultó a veterinarios y entrenadores que “no pudieron identificar los detonantes”. Sin embargo, los detonantes estuvieron claros en su propio testimonio. Y si los supuestos expertos no pudieron verlos, entonces fallaron en lo único que se supone que saben hacer.
Como no todas las historias son sencillas, el albergue de San Juan, ni corto ni perezoso, aceptó a Pistacho y le informó a Waldemar el día y la hora en que sería eliminado.
La historia de Pistacho cambió cuando, por presión ciudadana y por un grupo con espacio y recursos para recibirlo, levantó la voz.
¿Por qué esto es importante?
Porque en el caso de Pistacho los detonantes eran claros, manejables, y las reacciones del perro eran previsibles. Fueron las decisiones humanas las que escalaron la situación.
Los alegados veterinarios y “expertos” no identificaron lo que cualquier evaluador competente habría visto. Recomendar la muerte es más fácil y lo vemos en innumerables casos.
Pistacho casi muere no por ser un perro malo, sino por una cadena de malas decisiones, miedo, manejo inseguro y por un albergue hacer lo que mejor hacen: las eutanasias por conveniencia.
Y esto importa porque Waldemar no está solo. Este es el mismo patrón que termina en la muerte innecesaria de cientos de miles de perros cada año: animales jóvenes y confundidos que llegan a los albergues con la etiqueta de “agresivos”, gracias a la comodidad, testarudez e ignorancia de tantos puertorriqueños.
Cada vez que un caso así se normaliza, otro perro termina en la mesa de la eutanasia por conveniencia (asesinato), por razones que no son su culpa.


En la foto tan tiernecita, ¿cuál de los dos es el perro?
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