Tres perspectivas sobre la decadencia de la radio

Radio-Opinión

Jaime Torres Torres

Parensa Sin Censura

La otrora poderosa e influyente industria radial puertorriqueña, que a mediados de los 80 se distinguía por sus 126 emisoras en un territorio de solo 100×35, no es sombra de lo que fue, perdiendo credibilidad entre el Pueblo y confiabilidad en publicidad por la diversificación de plataformas en la era digital.

Puerto Rico fue el mercado hispano más importante de la música precisamente por su andamiaje radiofónico.

Aquí se tocaba todo tipo de música. Aquí pegaron los grandes baladistas de América y Europa; las bandas de rock que aspiraban a tocar aquí, muchas de las cuales presentaron Larry Stein y Pepe Dueño, dependían de Alfa y Radio Rock.

Lo mismo con la salsa y el merengue, incluso con la música brasileña y el reggae. El jazz alcanza notoriedad gracias a los programas de José Mandry y Joey Salas, que dan paso a Jazzeando con Richard Santiago, Todo Jazz con Carlos Iramain y En clave de jazz con Wito Morales.

La decadencia comenzó con la payola, delito federal en que algunas emisoras incurrieron para pegar artistas a cambio del pago de miles de dólares. [Ver el récord del escándalo de Sony BMG y los pagos para pegar a Jennifer López y otros cantantes según documentó el entonces fiscal general de Nueva York, Eliot Spitzer. En julio de 2005, la compañía admitió haber sobornado a las radioemisoras y aceptó pagar una multa de 10 millones de dólares]

La debacle, además, se acentuó con la venta de emisoras de radiodifusores boricuas para consolidarlas en grandes cadenas como SBS y Univisión.

Puerto Rico, un mercado con una solvente cultura musical, perdió relevancia porque las programaciones que forjaban éxitos dieron paso a los talk shows o programas de entretenimiento, hasta estos días en que reina la joda que animan en su mayor parte payasos del micrófono; incultos y sin preparación.

Las personalidades de la radio mañanera, como El Gangster, Funky Joe y otros, llegaron a negociar contratos millonarios que erosionaron las arcas de corporaciones hoy en quiebra porque la facturación no era suficiente pues de rating no solo vive la radio.

Con la irrupción del Internet y la penetración de las redes sociales a la radio no le quedó más remedio que colocar camaritas en la cabina y el estudio para transmitir imagen.

Así, con programas como El Circo de La Mega, perdió su identidad. Ya no era radiodifusión, sino televisión digital.

Ya no era necesario apelar y desafiar la imaginación del radioescucha con efectos de sonido, narraciones y lo indispensable: con la sagaz, documentada y empática proyección ante el micrófono.

Hoy asistimos en primera fila al espectáculo del ruido, la cacofonía, la estridencia, la superficialidad y la redundancia.

Hoy la política partidista también es un resorte de vano entretenimiento.

Y la gente que gusta de la música y las noticias emigran a nuevas plataformas.

Otra lectura sobre la decadencia de la radio

Con el nombre del sexto rey de Roma, el músico colombiano Servio Tulio explica, conforme a su experiencia y observaciones, la causa de la decadencia en la radio internacional.

“La radio tradicional está en decadencia porque perdió el monopolio de la atención y la inmediatez. Antes era el medio que te avisaba de una noticia, te ponía música nueva y te hacía compañía en el carro. Hoy los podcasts, Spotify, YouTube y TikTok cumplen esas funciones mejor: sin cortes de publicidad, on-demand, y con algoritmos que te dan exactamente lo que ya sabes que te gusta”.

Nuevas impresiones de Roberto Blades

“Aparte, creo que fundamentalmente perdieron el norte. Dejaron que por dinero (nacieran programadores sin escuela sin escrúpulos). Empleados de empresas disqueras con agendas muy personalizadas que usualmente no daban al blanco, pero que supuestamente creían que al sonar su producto convencerían al radioescucha (por repetición) que el disco era digno de difundir y por lo tanto sería aceptado.

Alejaron al público con su repertorio. Es como un Dj que sube y la gente se sienta. Pero este paga por seguir tocando su selección de mierda.

Al final no basta con que la gente se sentó y no baila. Peor: terminan abandonando el concierto”.

Roberto Blades y Raúl Gallimore satirizaron en 1990 para el sello Fania el inicio del descenso con el lanzamiento de “Déjala que suene: Radio Bemba.

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