Fe
Tercero de cuatro artículos
Por Enrique Rivera Zambrana
Para Prensa Sin Censura
Para que el movimiento de la Mesa Abierta prospere, debemos llamar las cosas por su nombre. El cristianismo institucional, en gran medida, ha dejado de ser el eco de la voz de Jesús para convertirse en el “departamento de relaciones públicas” de los imperios.
Esta gran traición ha transformado una fe que nació para liberar esclavos en una maquinaria que hoy justifica genocidios y protege fortunas.
Lo trágico de esto es que lo que se denuncia a continuación no es nuevo. Ocurre a través de la historia. A pesar de los grandes aportes que ha hecho el cristianismo en muchísimos casos, encontramos que constantemente ha sido herramienta y cómplice del robo, el abuso, la muerte y la corrupción.
Mientras el imperialismo estrangula nuestras economías, muchas iglesias han optado por el entretenimiento y la autocomplacencia. Han transformado el culto en un concierto emocional diseñado para que el creyente se sienta bien mientras su vecino no tiene qué comer.
Enrique Rivera Zambrana
Lo que sigue es evidencia que al día de hoy, algunas instituciones religiosas llamadas “cristianas” continúan una tradición oscura y retorcida.
El ídolo del nacionalismo cristiano evangelicalista en Estados Unidos y el sionismo genocida
Por eso, denunciamos con indignación el surgimiento de un nacionalismo cristiano que ha sustituido la Cruz por la bandera de la superpotencia. Se ha fabricado un “Jesús” a la medida del mercado: un mesías que odia al inmigrante, desprecia al pobre y adora el poder militar. Peor aún es la blasfemia del Sionismo Cristiano. Se utilizan textos bíblicos fuera de contexto para bendecir un genocidio en curso en Palestina. No hay nada de “cristiano” en justificar el asesinato de niños, el robo de tierras y la segregación en Gaza. Quien apoya el exterminio en nombre de Dios, no adora al Creador, sino a un ídolo de guerra sediento de sangre. Es la traición definitiva al mensaje de paz del Nazareno.
La necropolítica y el odio a la diversidad
El cristianismo tradicional parece haber decidido que su principal misión es vigilar y castigar los cuerpos. Han convertido la fe en una herramienta de exclusión contra las mujeres y las comunidades LGBTQI+. Debemos ser enfáticos: si una teología produce odio, suicidio y violencia, esa teología es diabólica. El fundamentalismo que persigue la identidad de género o la autonomía de la mujer funciona como el brazo moral del imperialismo. El sistema necesita ciudadanos dóciles, uniformados y asustados; por eso usa la religión para domesticar la diversidad que nos hace humanos.
La anestesia del espectáculo y el abuso religioso
Mientras el imperialismo estrangula nuestras economías, muchas iglesias han optado por el entretenimiento y la autocomplacencia. Han transformado el culto en un concierto emocional diseñado para que el creyente se sienta bien mientras su vecino no tiene qué comer. Es una “fe de anestesia” que evita denunciar la realidad para no perder los donativos y diezmos de gente que apoya al imperio y sus políticas nefastas pero al mismo tiempo dicen seguir a Jesús de Nazaret. Tampoco quieren perder privilegios o favores del gobierno de turno. Se reúnen a orar cuarenta días con políticos que buscan congraciarse con sectores fundamentalistas de estas iglesias y de ese modo, llevar a cabo concordatos corruptos, después que terminan “las oraciones”.
A este escenario se suman los famosos motivadores evangélicos, quienes han sustituido el Evangelio por agendas de máximo lucro. Estos personajes operan bajo la lógica del mercado, ofreciendo recetas mágicas y fórmulas de “éxito” rápidas, como si la dura realidad que vive nuestro pueblo pudiera resolverse con frases motivacionales o decretos de prosperidad. Al presentar la fe como una técnica de autosuperación individual, ignoran deliberadamente las estructuras de opresión que generan la pobreza.
Es una manipulación cruel: le venden ilusiones al desesperado mientras extraen de él sus últimos recursos. En estos espacios, se exige una obediencia ciega y se margina a quien se atreve a dudar o a señalar la incoherencia de este espectáculo. Se predica una espiritualidad platónica para no tener que enfrentar a los sectores que favorecen el sistema que nos oprime.
Bajo esta cobertura, denunciamos el abuso religioso en todas sus formas. Es doloroso ver cómo se utiliza la manipulación psicológica para arrebatarle el dinero a los ancianos y a los más humildes, reproduciendo el mismo espíritu saqueador del imperialismo. En estos templos, se exige una obediencia ciega y se margina cruelmente a quien se atreve a dudar, a hacer preguntas incómodas o a proponer cambios.
Se predica una falsa espiritualidad, enfocada en un “más allá” imaginario, para no tener que enfrentar a los líderes y sectores que, dentro de la misma iglesia, favorecen el sistema que oprime al pueblo. Incluso, instituciones como escuelas, centros de rehabilitación y hospitales que llevan nombres “cristianos” funcionan hoy como empresas de lucro desmedido, haciendo negocio con el dolor bajo el disfraz de instituciones sin fines de lucro.
La muerte de la “religión” y el nacimiento de la Mesa
Por todo esto, este manifiesto propone una ruptura: es hora de abandonar el nombre de “cristianismo” cuando este se usa como etiqueta de opresión. Esa palabra está demasiado manchada de sangre colonial, de inquisiciones y de complicidad con el robo de nuestras tierras. No queremos ser “cristianos” si eso significa estar del lado del verdugo.
Volvemos a ser el Movimiento de la Mesa Abierta. Una espiritualidad que no se encierra en cuatro paredes de cemento para cantar cosas vacías, o soñar con pájaros preñaos, sino que sale a la calle a derribar los muros de la indiferencia. Nuestra fe no es una religión de dogmas estáticos; es una praxis de libertad. El cristianismo institucional no está solo en crisis; está en quiebra moral. La verdadera fe hoy se encuentra fuera de sus muros, allí donde se comparte el pan y se resiste al imperio.
La geografía del asedio: Fe y resistencia en el Caribe
La fe insurgente no se elabora en las nubes, sino en el suelo herido de nuestras naciones. Debemos entender que el imperialismo no es una teoría abstracta; es un pecado estructural que tiene nombres, apellidos y decretos. Es una entidad que pretende usurpar el lugar de lo Divino al arrogarse el poder de decidir quién come, quién tiene luz y quién tiene patria.

