Donald Trump: ¿fascista o liberal?

(Último de una serie)

Análisis

Por Pablo Francisco Cruz-Azize

Historiador

Fue finalmente en nombre de la defensa de la libertad que Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial y luego en la Segunda, donde combatió a la Alemania nacional socialista y a sus aliados fascistas. Su victoria consolidó la hegemonía mundial estadounidense y el orden liberal que con ella vino. 

Donald Trump hizo alusión a toda esta tradición nacional liberal de los Estados Unidos en su discurso de apertura. Declaró que devolvería al pueblo que lo eligió su fe, su riqueza, su democracia y sobre todo su libertad, que en la cultura estadounidense se ha entendido según el liberalismo. 

Alude a la lucha estadounidense por la independencia y contra la esclavitudy a la expansión del país hacia el oeste, que proveyó para oportunidades de crecimiento económico y prosperidad. Expresó su deseo de liderar una nación fuerte y de reafirmar la hegemonía sobre la América nuestra. Exaltó a William McKinley, quien presidió a los Estados Unidos durante la invasión de Puerto Rico y el inicio de lo que llaman la “era imperialista”. Manifestó su fe en lo que cree ser la misión histórica estadounidense, ese conocido “Destino Manifiesto” de llevar el liberalismo democrático y capitalista a los confines del mundo, y antes de culminar su discurso se aseguró de celebrar y reivindicar la victoria estadounidense contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. 

Un gallo no canta más claro. La final alusión a la victoria sobre Alemania en la Segunda Guerra Mundial es, por si todo el discurso liberal del nacionalismo estadounidense no fuera suficiente, el mayor signo de que Trump es un continuador de la tradición estadounidense y no de la tradición fascista. 

Los auténticos herederos del fascismo jamás y nunca exaltarían lo que para ellos fue el fracaso de su lucha contra el comunismo y contra el capitalismo que lo apoyó. Redundó el fracaso de los fascistas en beneficio de Israel, el mismo Israel al cual Trump apoyó durante su primer cuatrienio. No creo que los verdaderos fascistas de hoy realmente quieran a un presidente estadounidense que, similar a los anteriores, apoye a Israel: conviene recordar que el líder alemán Adolf Hitler era un enemigo declarado de los judíos.

Los fascistas sin embargo seguramente verían la crisis del liberalismo actual en el mundo y en los Estados Unidos como una validación de sus teorías. Es en el contexto de esta crisis del liberalismo que ha surgido el fenómeno de Trump prometiendo conservar el liberalismo, pero, ¿conservarlo de qué? Pues de sí mismo. 

Hubo un tiempo en el que el liberalismo prosperó en los Estados Unidos. El pueblo protestante compartía un código moral común basado en creencias religiosas similares, pero mucho cambió a lo largo de los años al irse perdiendo la fe y al ir en ascenso otras creencias y religiones. 

Poco a poco según avanzó el cambio religioso-ideológico se produjo una contracultura que retó la tradición liberal, nacional y protestante estadounidense. Surgió así un liberalismo cultural que no era acorde con la moral protestante, lo cual dividió más y más a la nación estadounidense. 

Los protestantes que, fieles a la ideología nacional estadounidense, invocan los valores de vida, libertad y búsqueda de felicidad se han dado cuenta de que el liberalismo es utópico: su aplicación plena destruiría los cimientos de la nación que tanto aman. Particularmente preocupante para ellos ha sido la legalización liberal del aborto y la promoción de la liberalización sexual. 

Es por esta razón que los conservadores, particularmente aquellos del llamado “sector religioso”, apoyan con tanto fervor a Donald Trump, ya que con palabras y con obras les ha dicho lo que ellos quieren oír y ha hecho lo que ellos quieren que se haga. Ha venido a representar Trump, para este sector, un paladín del conservadurismo, un conservadurismo que hizo a los Estados Unidos una nación grande y que hará a los Estados Unidos grande de nuevo.

Su natural entusiasmo, creo yo, les ciega. Lo digo no tanto porque les impida ver los aspectos negativos de la gestión de Trump, sino porque creo que olvidan algo muy importante. Los conservadores estadounidenses y puertorriqueños que celebran a Trump no siempre caen en cuenta que su política “conservadora” podría solo conservar un sistema basado en el liberalismo que crea los mismos problemas de los cuales los conservadores después se quejan.

Tendrían Trump y sus partidarios que tener quizás el dudoso atrevimiento y la voluntad política de acabar con el sistema liberal e imponer un gobierno protestante a ver si de una vez por todas su dilema se resuelve. Esto tampoco resolvería la cuestión. 

No se debe echar toda la culpa al sistema, pues ningún sistema por sí solo será capaz de transformar el corazón del hombre de tal forma que el hombre elija apoyar libremente tal o cual política. Es un asunto de conciencia que va más allá de lo político. Todos los hombres en teoría pueden actuar bien y un sistema funcionará bien. El liberalismo sin embargo facilita en mi opinión la diversidad moral al no basar sus leyes en la moral religiosa y esta realidad contribuye al gran problema político del momento actual. 

Trump hará su mejor esfuerzo por resolver el problema mientras dure su nuevo gobierno. Apoyar lo bueno que él haga como pretenden sus partidarios conservadores puede estar bien y criticar lo malo que haga como pretenden otro tipo de liberales también. Advierto nuevamente que de todas maneras Trump pertenece a otra nación y por tanto a otra tradición, una tradición que como se demostró no es fascista. Otros lo llamarán como quiera fascista o “nazi”, pero opino que tal designación inadecuada y fuera de la realidad impide percibir y apreciar el verdadero significado del fenómeno de Trump.

Aquellos que aspiramos a la independencia de Puerto Rico y a la unión y libertad hispanoamericana no podemos por ende tener en Trump un incondicional aliado, pues como se expuso, su ideario hegemónico chocará necesariamente con nuestras aspiraciones nacionales. 

No nos hace falta pues meter miedo con un inexistente “nazi-fascismo” para denunciar las políticas de la administración Trump.

Donald Trump.

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