Un año nuevo sin resoluciones

Reflexión

Rhina M. Jiménez

Para Prensa Sin Censura

Ya sea al final o al principio del año próximo, la mayoría de las personas hacen un recuento del año que termina y empiezan su lista de resoluciones para el año nuevo.

Por definición, una resolución consiste en una lista de objetivos que se proponen las personas a sí mismas, para cumplirlas el año siguiente. Son promesas que uno establece consigo mismo para cambiar comportamientos y obtener resultados positivos. Se establecen luego de un análisis introspectivo acerca de lo ya vivido y recurriendo a la sensación ilusoria de que, un nuevo año es equivalente a un lienzo en blanco. 

Sin embargo, un nuevo año no es más que un día más en el continuo pasar del tiempo. O como dicen coloquialmente: “es la celebración de que nuestro planeta ha dado otra vuelta más al Sol”. Pero, al parecer el ser humano prefiere los procesos lineales a los cíclicos. Quizás de ahí el empeño de imponerse un “borrón y cuenta nueva” personalizado. Con la percepción de que el nuevo año equivale a un nuevo comienzo y que el año viejo se ha de quedar con todo lo pasado.

Son muy variadas las formas o rituales que tienen las personas para hacer la transición de un año a otro y con ello, establecer un nuevo inicio con espacio para cumplir con sus resoluciones. Algunos recurren a costumbres religiosas, tradiciones ancestrales, lectura del horóscopo o a realizar ritos particulares que les hacen conectar lo viejo que quieren soltar, con lo nuevo que prometen ejecutar. 

No hay nada de malo en el deseo de hacer resoluciones para intentar cambiar las cosas que pensamos poder cambiar. Pero, no podemos perder de perspectiva que uno como individuo realmente no tiene el poder de cambiar las cosas. Si nos prometemos bajar de peso, hacer ejercicios, pasar más tiempo con la familia o ahorrar dinero para un viaje; debemos entender que nada de eso depende exclusivamente de nosotros.

Por ejemplo, bajar de peso no es una cuestión de pura voluntad, hacer dieta y ya. Quizás haya otros factores que lo impidan, tales como: condiciones de salud, hormonas o efectos secundarios de medicamentos, que no están en nuestro control. 

Esto no significa que debemos evitar el tratar de modificar nuestras conductas, sino que tenemos que tomar en cuenta otros factores externos. ¿Por qué es importante no perder la perspectiva de que las resoluciones, aunque individuales, tienen variables externas? Para evitar caer en la frustración del final de año. Al enfrentarnos con la realidad de no poder cumplir nuestras resoluciones, nos obligamos a pasarlas una y otra vez a la lista, no tan nueva, de resoluciones de año nuevo. Así estamos año tras año haciendo lo mismo, pretendiendo obtener resultados diferentes.

¿Cuál alternativa sería viable para lograr cumplir con nuestras resoluciones y a la misma vez no caer en la frustración? Podríamos evaluar si son metas realistas, tomando en consideración las variables que no están en nuestro control. Si queremos ahorrar dinero para un viaje, debemos entender que se requiere disciplina, planificación y sacrificio de nuestra parte. Porque podría surgir alguna emergencia o evento que requiera el uso de ese dinero ahorrado, evitando así el cumplimiento de la resolución. En ese caso, tendríamos que modificar nuestra forma de reaccionar a lo ocurrido. “Traté de ahorrar dinero para un viaje, pero lo tuve que usar para arreglar el carro”. Sin carro no se puede llegar al trabajo, sin trabajo no se puede ganar dinero, si no se gana dinero, no se puede ahorrar. La única alternativa de salir bien de esa situación es, aceptando que nada está en nuestro control. De esa manera, podemos cambiar nuestra respuesta a lo ocurrido y en vez de sentirnos frustrados por no dar el viaje, nos motivamos a tratarlo de nuevo.

Otra alternativa viable sería renunciar por completo al concepto de las resoluciones. Al no tener ninguna resolución que cumplir, nos podríamos liberar del peso de empezar cada año con retos autoimpuestos. De esa manera nos podríamos concentrar mejor en cumplir con las obligaciones del día a día. Dándonos espacio para ejecutar nuevas cosas, en vez de tratar otras que hubiesen sido resoluciones inconclusas. El poder renunciar a las resoluciones dependerá de nuestras creencias o filosofía de vida. 

Las personas creyentes, dentro de su Fe, ya tienen la certeza de que son parte de un plan divino. De esa manera, deben confiar que todo lo que ocurre es parte del plan que Dios tiene para ellos, independientemente de las resoluciones personales. 

En vez de tratar de cambiar cosas que están fuera de su control, las aceptan porque es la voluntad de Dios. Es por ese proceso de aceptación que cambian su respuesta o actitud hacia los sucesos que les acontecen. 

En el caso de las personas no creyentes, tienen que aceptar que nada ni nadie tiene control absoluto sobre las cosas o situaciones. Las cosas van a ocurrir o no, independientemente de voluntad o el deseo del individuo. Porque de alguna forma, ya están determinadas por la naturaleza o por el ambiente en el cual uno se encuentre. De cualquier manera, el individuo nunca tendrá control absoluto sobre todas las variables. Por lo tanto, sería fútil recurrir a resoluciones cuando lo único que está en nuestro control es la forma en la cual reaccionamos a lo que nos ocurre.

Las resoluciones de año nuevo son como un espacio en blanco que pretendemos rellenar con “metas” las cuales no cuentan con suficiente compromiso de nuestra parte. ¿Acaso no es mejor dejar que pase lo que tenga que pasar, aceptar, aprender y responder de manera que podamos lograr lo que realmente anhelamos y valoramos?

Nuestra única resolución de año nuevo debería ser no tener ninguna resolución.

Foto/Rhina M. Jiménez

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