Opinión
Pablo Francisco Cruz-Azize
Es difícil hasta para los cristianos más devotos mantener viva la alegría de la Navidad cuando saben que en la Tierra Santa que presenció el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo se sufre una situación de injusticia grave.
Han surgido noticias sobre cómo en Belén ya no hay fiesta, sino silencio solidario de los palestinos con sus compatriotas en Gaza.
No es sin embargo la primera vez que la crueldad de la ocupación sionista arrebata la alegría de la Navidad: la nación palestina lleva ya sufriendo el despojo y la indignidad por 76 Navidades desde la fundación de Israel a costa suya.
Un caso en particular sirve sin embargo para ilustrar mejor a un pueblo cristiano como el nuestro (y para colmo enajenado del mundo por un desmoralizante insularismo colonial) el mal que supone la situación de Palestina: la Navidad de 1951 en Icrit.
Es Icrit (en árabe: إقرت) una de las casi 400 aldeas palestinas despobladas durante la llamada Guerra de Independencia Israelí, que los árabes llaman la Guerra por la Liberación de Palestina, ocurrida en 1948. Las fuerzas sionistas acabaron expulsando a cientos de miles de árabes palestinos de sus hogares, pero la población de Icrit se destaca entre las demás por dos motivos principales. El primero es que, a diferencia de la mayoría de los palestinos expulsados, los icritinos nunca salieron del territorio ocupado en aquel momento por Israel, convirtiéndose en personas internamente desplazadas, lo cual ha servido para (al menos en teoría aunque, como se verá, no necesariamente en la práctica) concederle ciertos derechos negados al resto de los refugiados palestinos. El segundo es que los icritinos no son solo una población cristiana en medio de una mayoría musulmana, sino que al parecer son una población católica en medio de una mayoría ortodoxa (cristianos orientales separados del papa en Roma).
La expulsión de la población de Icrit, minoría entre las minorías, ocurrió cuando las milicias sionistas entraron en la aldea y ordenaron a los habitantes abandonarla bajo el pretexto de necesidad militar. Los icritinos confiaron en la buena fe de los sionistas y cumplieron con la exigencia, creyendo que se les permitiría regresar al acabar la guerra. Las nuevas autoridades del régimen de hecho sionista sin embargo les negaron el retorno.
Los icritinos no se dieron por vencidos y sorprendentemente lograron convencer a las cortes israelíes. Las cortes declararon que los palestinos expulsados tenían derecho a regresar a Icrit. Los icritinos se dispusieron entonces a retornar alegremente a su querida aldea el día de Navidad de 1951.
Lamentablemente no todos estuvieron satisfechos con la decisión de las cortes. Los militares sionistas, antes de que los icritinos se reestablecieran, demolieron Icrit con sus explosivos en plena Navidad frente a los ojos de algunos de los vecinos. Quedaron así los pobres icritinos despojados de su hogar por el régimen sionista y todavía luchan hoy por alcanzar justicia.
El despojo de Icrit sirve para recordarnos a todos de cómo los crímenes sionistas afectan adversamente a todos los palestinos, tanto a musulmanes como a cristianos. Es triste en sí que estos sucesos ocurran, pero sirven providencialmente para crear conciencia entre los pueblos cristianos como el nuestro sobre la gravedad del asunto, para que no queden ignorantes o indiferentes. Puede que como puertorriqueños, desde lejos y viviendo en un país sin la soberanía necesaria para tomar decisiones propias, no podamos hacer mucho por Palestina más allá de la oración.
Es importante de todas maneras conocer esta información precisamente por ser colonia de los Estados Unidos, un país donde los cabilderos sionistas tienen bastante influencia según algunos críticos han denunciado cada vez más. Nuestra situación colonial nos deja vulnerables a la propaganda sionista, propaganda que astutamente explota el histórico temor al islam compartido por los cristianos para justificar la colonización de los árabes palestinos.
No debemos pues olvidar que en ocasiones el estado de Israel no discrimina al momento de imponerse sobre los árabes: poco le importa si son cristianos o musulmanes, solo que acepten sin protestar al régimen sionista o que dejen la tierra donde han vivido por generaciones.
Recordar el caso de Icrit, aldea cristiana, constituye además un llamado a la Iglesia Católica, para que continúe alzando su voz, no suficientemente escuchada. Tiene la Iglesia Católica mucho que contribuir con su tradición magisterial milenaria a la discusión pública sobre la guerra en la Tierra Santa, tierra donde no solo están los Santos Lugares sino que es el hogar de millones de personas, incluyendo fieles cristianos, que sufren afrentas a la justicia.
Las recientes y muy bienvenidas denuncias del papa a los crímenes de guerra de Israel son tan solo una de varias maneras, que tal vez podrían listarse en otro artículo, en que la Iglesia puede aportar ante la urgencia y gravedad de la cuestión.
Continuemos nosotros creando conciencia, difundiendo la historia de Icrit y de otros casos similares, en solidaridad con los palestinos.


Gracias por su contribución con informaciones como. Actualmente es y serán altamentemete necesaria.
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