JAIME TORRES TORRES
Periodista y Editor
PRENSA SIN CENSURA
El currículo de Educación, los movimientos políticos y los medios de comunicación han endiosado a figuras como Luis Muñoz Rivera, considerado, según la “historia generalizada”, un egregio e ilustre prócer puertorriqueño, cuando la historia ignorada revela que fue todo lo contrario: un líder narcisista, ambivalente y un hipócrita populista a cuya medida se cortaron posteriores generaciones de políticos de todos los colores, incluido por supuesto su hijo Luis Muñoz Marín.
Palabras que, en un sistema en que la política es literalmente “deporte nacional” y en el que se glorifican personalidades cuya vida y obra no han sido investigadas con seriedad e imparcialidad, seguramente incomodarán a no pocos.
Esa es parte de las enseñanzas del libro “El Jefe: Populismo y Corrupción en el Puerto Rico de 1898” de la historiadora Nieve de los Ángeles Vázquez, disponible en las librerías del País y en su página nievedelosangeles.com.
En el capítulo 7, titulado “Interludio”, específicamente en la sección “El Jefe se vende a la nueva metrópolis”, la autora reseña cómo Muñoz Rivera se acomoda con los invasores norteamericanos tras EEUU doblegar a España el 25 de julio de 1898.
La autora desmitifica la figura de Muñoz Rivera, pero al presente, según explicó durante una entrevista en el programa radial digital Trinchera Cultural, “las reacciones han sido mixtas”.
“Hay mucho, no entusiasmo, sino interés por conocer una historia crítica y científica más apegada a lo que de verdad somos los seres humanos y son los contextos históricos y más despegada de santorales políticos o de leyendas o mitos no sustentados por evidencia racional”, explica Nieve de los Ángeles Vázquez, catedrática de Humanidades del Recinto de Bayamón de la Universidad de Puerto Rico.
Aclara que “El Jefe: Populismo y Corrupción en el Puerto Rico de 1898” no es un libro de política, sino de historia que orienta a todo el que lo quiera leer.
“De políticos no he tenido reacciones, aunque mucha gente influenciada por la política, cuya vida profesional y personal dependen de prebendas políticas o de ayudas, estas personas sí reaccionan furibundas y en contra de lo que está aquí, tratando de desmentirlo desde dogmas y no desde argumentos racionales”.
La Carta Autonómica de 1897, se ha generalizado, fue casi una puerta a la libre determinación de Puerto Rico. Muñoz Rivera fue un promotor, pero con el cambio de soberanía tras la Guerra Hispanoamericana olvidó sus aparentes postulados republicanos.
“España otorgó estos decretos autonómicos, pero estos nunca pasaron por las cortes ni fueron aprobados por el parlamento español, por lo tanto esa carta autonómica valía lo que valía el papel en que se imprimió […] Muñoz Rivera no solo no tuvo interés, sino que él, que era el primer ministro o presidente de ese gabinete autonómico, era el que tenía más poder en todo el País”, explica la autora sobre las estrategias de Muñoz Rivera para congraciarse con la nación invasora.
“Él renunció a su cargo voluntariamente en octubre de 1898, un poco antes de inaugurarse el gobierno militar de Estados Unidos. Al ser el jefe, todos los demás renuncian detrás de él y no contento con eso, implosionó al partido que lo llevó al poder: el Partido Liberal Fusionista, que había ganado las elecciones de marzo de 1898”.
Cualquier personalidad jurídica de la Carta Autonómica que a través del tiempo, incluso hoy, se intentara rescatar, Muñoz Rivera “la cedió, regaló y entregó a cambio de permanecer en el poder”, afirma la autora al aclarar que el personaje nunca fue independentista, sino un autonomista cuyo interés era controlar el organigrama administrativo y político del Puerto Rico de su época.
Abordada sobre las razones que justifican que historia tan reveladora permanezca oculta y proscrita en sectores de la academia, Vázquez arguyó que se necesita una investigación adicional.
“Las personas que se han acercado a la figura de Muñoz Rivera no pueden hablar de hechos concretos: no lideró una revolución armada, como fue el caso de José Martí en Cuba; no participó en nada que tuviera que ver con liberación de esclavos, como lo fue el caso de Betances, y no fundó partidos, como lo hizo Román Baldorioty de Castro. No tiene un resumé de acciones concretas. Cuando preguntamos, sí fue periodista y paladín de la autonomía, pero son palabras huecas, sin contenido. Estuvo preso 42 veces, pero nadie puede decir dónde estuvo preso ni porqué. Es muy rara la narrativa sobre Muñoz Rivera”.
La lectura del libro “El Jefe: Populismo y Corrupción en el Puerto Rico de 1898” es adictiva por su reveladora y amena narración, su ágil estructura y el sabor que le imparte la autora.
Muñoz Rivera fue un hombre narcisista, de un extraordinario culto a la personalidad. Fundó varios periódicos en torno a los cuales, según argumentó la escritora, gravitaba su propaganda. “De ahí el autobombo, la autopropaganda y la invención de hechos que nunca ocurrieron y otros en los que se insertó pero no estuvo, por ejemplo se autoproclamó el heredero de Baldorioty cuando no tuvo nunca nada que ver con él”.

Muñoz Rivera inauguró calles en y con su nombre; el 28 de marzo de 1898, narra la autora, va a Barranquitas e inaugura la ‘Calle Luis Muñoz Rivera’, luego en Caguas y Aguas Buenas. “Hoy tenemos 77 calles con su nombre”.
El perfil de Luis Muñoz Rivera ayuda a entender la personalidad de su hijo Muñoz Marín y de otros políticos, incluso de derecha, como Pedro Rosselló González.
“Su hijo en el poder por más de 20 años es el tope de todo ese culto a la personalidad y lo exacerba todavía más. Si rasgamos en la palabrería veremos que Muñoz Rivera es hueco y sin contenido”, explica.
“No hay que ser sicólogo para ver que es un narcisista y egocéntrico. Todo gira alrededor de él y lo vemos en el autobombo, la propaganda, constante victimismo y en ser el centro de todos. Y cómo ataca y no recibe las críticas de forma adecuada. Eso lo heredó su hijo, pero lo heredaron todos los demás políticos que le siguieron detrás. Para mí, Muñoz Rivera es el molde de nuestra casta política. El discurso populista lo establece Muñoz Rivera y lo heredan todos los demás porque el populismo no tiene que ver con ideologías, sino con estrategias para llegar al poder”, puntualiza la autora.
El libro “El Jefe: Populismo y Corrupción en el Puerto Rico de 1898”, resultado de una investigación de seis años, incluye análisis de discursos de Muñoz Rivera y también promueve la conciencia ciudadana y su responsabilidad a la hora de identificar a los políticos populistas, que se proyectan como salvadores del pueblo y manipulan con promesas que saben que al final serán incapaces de cumplir.


Barbosa es otro de esa calaña. Hasta el 24 de julio de 1898 se proclamaron autonomistas y juraron lealtad infinita a España. Los cañones de Sampson y Miles les hicieron ver claro ante quienes había que doblar rodilla. Barbosa se tiró sin paracaídas en el anexionismo; Muñoz fue deslizándose más despacio, pero los dos terminaron en la misma cuneta. Mantuvieron fama y poder, dinero y estatus. El país les importó siempre un bilí.
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