La reacción de Willie Colón cuando supo del fallecimiento de su amigo Lavoe

JAIME TORRES TORRES

Periodista y Editor

PRENSA SIN CENSURA

Desde Europa, Willie Colón circuló a los medios una sensible, expresiva y muy elocuente nota luctuosa que publicaron los diarios de Puerto Rico y que resulta oportuno reproducir 30 años después del fallecimiento de El Cantante de los Cantantes.

Willie siempre quiso y respetó a Héctor. Willie, quien ha reconocido que sin la influencia de Héctor hoy no sería el gigante de la música afroantillana que es, lo conocía muy bien. Fueron siete años juntos, de éxitos y fracasos, viajes a Panamá, París y otros países, conquistas amorosas, excesos y sobre todo, de buena música.

El martes 29 de junio de 1993, a la 1:15 p.m. desde España, no escribió el jefe, el socio ni el productor: escribió el amigo y el hermano de su vida.

A Héctor LaVoe:

“El Jibarito de Machuelitos, cerca de la Cantera de Ponce. El espíritu de Borinquen y los barrios de toda América. El aguacate de 90 libras que llegó a los Nuevayores para fajarse con los bravos. Aquel muchacho que aplicó los cantos de Gardel, Felipe Pirela, Ramito, Odilio, con los rosarios de la cruz, agregándole la malicia de Cheo y Maelo, dándole una voz a ese vacío de desolación enajenado que los de la banda acá no podíamos cruzar.

Héctor Juan Pérez fue ese puente entre el pasado y el futuro de nuestra cultura popular. Héctor Juan Pérez se transformó en una persona llamada Héctor LaVoe para poder cumplir una misión que poco a poco se convirtió en un crucero de placer a un desafío contra mar y marea.

Graduado de la Universidad del Refraneo con altos honores. Miembro del Gran Círculo de los Soneros de los Soneros. Poeta de la calle, maleante honorario, héroe y mártir de las guerras cuchifriteras donde batalló valientemente por muchísimos años.

Los “capitanes de la mandinga” lo respetaban. Por eso lo bautizaron “El Cantante de los Cantantes”. Los ‘beginers” le temían. Cuando se trataba de labia, Héctor LaVoe era un bravo. En cuestiones de negocio, amor y amistad, no lo era. El pueblo fue cómplice en esta tragedia. Héctor le podía mentar la madre a todo el mundo y el público se reía. Lo malcriaron.

La historia de Héctor Lavoe está llena de traiciones y desengaños. El Jibarito ‘good looking’ que volvía a todas las mámises locas quería también ser un malote de barrio. Con el tiempo los ‘regalitos’ de sus ‘amigos’ del traqueteo se convirtieron en gruesas y pesadas cadenas. Este fallo repercutió en una serie fatal que al final nos llevó a ese muchacho que le cantó al Todopoderoso con todo su corazón.

También fue traicionado por el mundo del negocio; disqueros que siguen viviendo como jeques sauditos vendiendo sus discos y, revendiéndolos en CD sin pagar regalías, mientras LaVoe quedó lánguido en su pobreza; promotores que le ofrecían migajas para poder vender boletos a sus espectáculos donde exhibían a “El Cantante de los Cantantes” en su agonía; impostores tratando de reclamar la carrera y la memoria de Héctor LaVoe como propiedad personal; la comunidad legal latina también le dio la espalda cuando reclamamos de su ayuda para defenderlo contra la explotación; y yo, que también lo traicioné al no tener el valor de verlo en esa condición.

La vida valía más que el dólar para Héctor. Y, al descubrir esto, se le acercaron los tiburones de agua sucia como si estuviera sangrando. Dios sabe que aquellos que se han ganado la vida devorando a otros y viviendo solamente por el billete tendrán pocos que les lloren y menos que los recuerden en sus rezos.

Pionero, maestro, compañero, hoy América Latina llora por ti. Héroe de la gente pobre. Víctima de las amenazas que están acabando con nuestro pueblo. Mártir de la Salsa, el monstruo que ayudaste a crear…

¡Pérdonanos Héctor!”

Willie Colón

Foto/Martin Cohen-CongaHead

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