Una reflexión sobre la eutanasia

Jaime Torres Torres

Prensa sin censura-Opinión

Jamás olvidaré a un paciente de cáncer terminal suplicando a gritos que le oraran porque sentía que la oración le calmaba el dolor que la morfina no podía mitigar.

La tarde en que le oramos una expresión de alivio y paz se dibujó en su semblante y al día siguiente amaneció sin vitales.

La experiencia ha despertado el recuerdo de una conversación con mi padre. Me comentó: “jamás volveré a ser el mismo. Ya no puedo vivir. Mejor estoy muerto”.

Dos años después del intercambio de impresiones me asalta la idea de legislación a favor de la eutanasia como un recurso jurídico al alcance de los pacientes terminales que sufren los flagelos de la enfermedad, desahuciados por los profesionales de la salud.

“La ciencia ha llegado hasta su límite. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance. Ahora le corresponde a Dios”, dijo su médico de cabecera.

Mi Señor Padre, en este momento, sufre sin fuerzas ni voluntad. Ni un milagro podría devolverle la salud óptima que disfrutó durante sus años de trabajo. Estremece observar en su semblante las muecas de dolor y su desesperación. Es un alma aprisionada en un cuerpo, vasija y estuche temporal deteriorado por la enfermedad.

¿Cuántas o cuántos como él, existen en espera de liberación? ¿Cuántos [y no es su caso] conectados a un respirador artificial e intubados, como prolongación de su agonía y de la angustia de sus seres queridos, que impotentes, lo único a su alcance es la oración y el susurro de frases y palabras esperanzadoras y alentadoras, convencidos de que el sentido de la audición es lo último que pierde un paciente?

A moco tendido, durante los pasados días, he pedido a Dios que disponga de su vida y que, por su bendita misericordia, acabe su agonía. Hay quien pensará que somos egoístas y es todo lo contrario: generosos en el desapego para que el ser amado no sufra más. El solía decir que el infierno, según la tradición judeocristiana, no existe. Siempre me dijo que el infierno es sufrir el flagelo de la enfermedad y sufrir por la pérdida de los seres amados.

¿Cuántos tienen por vida un infierno? ¿Cuántos, alrededor del mundo, son sentenciados a la Muerte en vida al ser privados de alimentos y asistencia sanitaria?

Cuando miramos la situación, bastante cerca de aquí, con los enfermos terminales de Haití o cuando analizamos el pecado social y político de privar a los pobres de lo elemental para su calidad de vida, se hacen añicos, por lo anacrónicos, los discursos fundamentalistas del establishment religioso.

La misma Iglesia Católica, en su Catecismo y en su Doctrina Social, califica como “moralmente inaceptable” la eutanasia y añade que “es un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador”.

Con semejante referente, hipócrita por demás porque la propia Iglesia calla ante las atrocidades que el orden capitalista mundial comete contra los pobres que mueren de hambre, sed y de la falta de acceso a algo tan simple como una tableta para bajar la fiebre, es una utopía esperar que Puerto Rico se coloque a la vanguardia con legislación a favor de la eutanasia o muerte asistida.

Sepa que en 2002 Holanda se convirtió en el primer país que legalizó la eutanasia. Luego le siguieron Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Colombia, Suiza, Estados Unidos y Australia.

En Estados Unidos alrededor de 70 millones de estadounidenses de 10 estados tienen acceso a la muerte asistida. La ley de muerte asistida es legal en Oregón, Washington, Distrito de Columbia y Maine. Leímos que en California y Colorado se aprobaron leyes de opción a finalizar con la vida; en Vermont se identifica como “elección del paciente y control al final de la vida”; en Hawaii se practica al amparo del estatuto “Nuestro cuidado, nuestra elección” y en Nueva Jersey se conoce como “ayuda para morir para los enfermos terminales”. Son recursos jurídicos aplicables cuando la supervivencia se estima en seis meses o menos. Otros 19 estados consideran legislación para la Muerte asistida.

En Puerto Rico se podría legislar a tales fines, pero ya imaginamos la resistencia, oposición y el alboroto de los grupos fundamentalistas que defienden el eufemismo ético de que la vida solo le corresponde a Dios decidir cuando acaba.

Mientras, callan y son desenmascarados en su hipócrita miopía al cambiar la vista o aparentar que no ven la escandalosa sentencia a muerte perpetrada por el sistema contra tantos pobres médico indigentes que ni siquiera logran acceso a lo básico para mitigar su dolor.

A nombre de mi Familia, agradecemos por la milla extra a los médicos y enfermeras del Hospital del Maestro que a esta hora se esmeran por atenuar el dolor de mi Padre. A nosotros sólo nos resta orar para que, en otro día de sufrimiento, Dios -sí en verdad nos escucha- libere el Alma de su maltrecho cuerpo para que vuele alto libre, en paz y nos bendiga desde la vida espiritual porque, como no me canso de repetir, el Amor siempre será más fuerte que la muerte.

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