Geopolítica
Tercero y último de una serie.
Por Antonio Camacho
Para Prensa Sin Censura
Existen muchas otras razones geopolíticas, políticas, económicas, industriales, tecnológicas, sociales y comerciales enunciativas de la decadencia del imperio americano y las cuales he señalado en escritos anteriores, pero no vamos a considerarlas ahora.
Sin embargo, me parece importante traer a colación como esta guerra desvela, una vez más, la trampa del gigantismo en la aceleración de la decadencia de los imperios.
EE. UU. tiene más de 800 bases militares alrededor del mundo. Una veintena de ellas en el Oriente Medio, que están siendo destruidas con misiles hipersónicos por Irán. Nación de tercera categoría según los mismos mandos norteamericanos.
En pro de mantener su hegemonía mundial, el imperio se endeuda al infinito y despilfarra su capital en guerras y en el sostenimiento de su complejo militar global. Al mismo tiempo descuida la infraestructura, desarrollo tecnológico e industrial nacional y el bienestar de sus ciudadanos -salud, educación vivienda-.
El conflicto contra Irán le está pasando factura. Esta guerra tiene el repudio de la mayoría del pueblo norteamericano, por lo que la cúpula dirigente no puede unir al pueblo y esperar que se sacrifique en pro de la “libertad y democracia.”
El hecho de que en el primer bombardeo contra Irán EE. UU. asesinó a más de 160 niñas de un colegio, además del ayatolá Alí Jameneí, líder religioso similar al papa entre los musulmanes chiitas, hace la guerra entre la población estadounidense extremadamente impopular.
Además, a nivel internacional EE. UU. está solo, son pocos los países que estarían dispuestos a acompañarlo en la aventura.
Sin lugar a dudas, el imperio está en una encrucijada al mismo tiempo que en un laberinto. El rey está ahogado como diríamos en una movida de ajedrez.
Encrucijada. No importa el camino que tome, permanecer o salir de la guerra mientras Irán continúa bombardeando a Israel y las bases militares en el Golfo, la decisión acelerará su decadencia.
Laberinto. Ante las exigencias de la República islámica de Irán de que tiene que abandonar todas las bases en el área e indemnizarla por todos los daños, EE. UU. no tiene manera de salir del atolladero. Está condenado a una guerra prolongada de desgaste que no puede costear sin pagar un alto precio con su inestabilidad económica, un dólar debilitado y pérdida hegemónica.
Debemos entender que este es un conflicto asimétrico donde dos fuerzas militares, económicas y geopolíticas muy desiguales se enfrentan en una guerra prolongada de desgaste. En un conflicto de esta naturaleza Irán, el poder más débil, gana mientras no pierda la guerra y EE. UU., el poder más fuerte, pierde mientras no gane la guerra.
En las últimas décadas EE. UU. ha tenido una marcada decadencia de su poder industrial como consecuencia del traslado de sus industrias al extranjero. Si sumamos a esta debilidad su exorbitante deuda, inflación y desvalorización del dólar tenemos que concluir que le es imposible sostener una guerra por mucho tiempo. Ese fue el peor error de cálculo que Trump y sus asesores militares pudieron cometer.
Embebidos en una arrogancia que no le permite valorizar y entender a los demás, los “estrategas” gringos juraban que Irán, al igual que Venezuela, una vez descabezado el Estado, iba a rendirse y entregar su soberanía o, en última instancia, que el pueblo respondería derrocando al gobierno. Nada de eso sucedió. Ahora Donald Trump y su séquito se encuentran improvisando sin contar con un plan de salida en una guerra sin fecha de caducidad.
Esa es una de las razones por las cuales, después de tanto alarde de fuerza, arrogancia y exhibicionismo del despliegue de la armada estadounidense en las costas cercanas a Irán, tan pronto el portaviones Abraham Lincoln recibió los primeros golpes de misiles, se retiró con todos los demás navíos a miles de kilómetros mar afuera. Mientras tanto EE. UU. sigue dilapidando cientos de miles de dólares por cada dólar iraní en el conflicto. De acuerdo con estimados del Pentágono, en la primera semana se gastaron 11,300 millones de dólares, 13.5 billones americanos.
Causa risa escuchar al belicista senador Lindsey Graham amenazar a Arabia Saudita cuando se enteró que la embajada estadounidense en Riad había sido evacuada debido a los continuos ataques de Irán contra el reino, “O se unen al ataque contra Irán, o ya verán”, dijo.
Su desconexión con la realidad resalta su ignorancia y fanatismo. No entiende que las monarquías del Golfo Pérsico tienen techo de cristal mientras que el de Irán es de piedra, que sus infraestructuras petroleras y plantas desalinizadoras son indefendibles ante los drones persas, que su petróleo y el 60% de sus alimentos pasan por el estrecho de Ormuz lo que los inhabilita a unirse a EE. UU., aunque quisieran, en una guerra contra Irán.
Algunos opinan que el imperio norteamericano, como todos los demás imperios en la historia, prefiere destruir al mundo antes de ceder su poder, por lo que no se puede descartar una invasión a Irán al estilo de Normandía.
Las fortificaciones alemanas en Normandía, llamadas el Muro del Atlántico, con sus búnkeres, torres de ametralladoras y demás estructuras de defensa, construidas para detener la invasión de los aliados, no son nada comparables con las construcciones iraníes bajo tierra a cientos y miles de metros de profundidad. En Normandía los alemanes no contaban, como Irán, con satélites en el espacio que le indican la localización de las tropas enemigas, con drones acuáticos super rápidos con tecnología de supercavitación, misiles hipersónicos teledirigidos de dos toneladas de carga útil de corto, mediano y largo alcance, con lanchas rápidas de alto poder ofensivo, con minisubmarinos silenciosos y bombas de racimo.
Tampoco debemos olvidar que cuenta con el respaldo de la inteligencia militar de China, Rusia, Paquistán y Corea del Norte, países beneficiarios de la derrota de EE. UU. Cualquier intento de desembarco de las fuerzas militares estadounidenses en las costas de Irán, será un suicidio anunciado.
No hay la menor duda de que Irán pagará un alto precio con su osadía de enfrentarse al máximo poder militar terrestre. Las pérdidas económicas, en vidas, infraestructura y bienestar general serán inconmensurables.
Sin embargo, la cohesión de la población, el respaldo a su gobierno y apoyo a la guerra -sabiendo de que está en juego su existencia y cultura- y su mística filosofía de disposición al martirio en pro de la justicia, la empodera de una capacidad de resistencia inigualable que le permite superar todos los males con tal de derrotar y castigar al enemigo. El tiempo y la historia están de dúo lado.
Trump y su séquito le llamaron a la operación militar contra Irán Furia Épica. Fueron muy asertivos con el nombre. No por las razones que imaginaban sino por la furia épica que han provocado sus viles asesinatos en el pueblo iraní y amenaza con enterrar los mismísimos cimientos del imperio.
Una cosa es perder una guerra y otra cosa es perderla y que lo expulsen de una vasta zona de influencia donde están concentradas las mayores reservas de hidrocarburos del mundo y las cuales sostienen a un dólar que lo único que le da valor es su anclaje al petrodólar, modo de pago usado en todas las transacciones de venta y compra de petróleo y gas.
Al faraón lo enterraban con todas sus riquezas, esclavos, mujeres y símbolos de poder. Al gran faraón sanguinario y genocida imperial lo están enterrando en Oriente Medio con sus pirámides de hierro, petrodólares, cúpula de hierro, interceptores Patriot, radares THAAD, acorazados, destructores, buques petroleros, su esposa sionista, concubinas monárquicas, prestigio, hegemonía y demás símbolos de poder,
¡Qué las llamas del infierno se apiaden de él!

