Bad Bunny y su alegoría del ‘neo jíbaro’

Cultura-Opinión

En la montaña, junto al río

Y bajo el techo de un bohío

Que el buen labriego de mi padre tejió

Con yaguas de un palmar,

Llegué a la vida en esa hora

En que la tierra se colora,

Porque recibe apasionada el primer

ósculo solar.

Virgilio Dávila (1869-1943) 

 

JAIME TORRES TORRES

Prensa Sin Censura

En las postrimerías del Siglo XIX Virgilio Dávila escribió el poema “El Jíbaro”, un retrato del estilo de vida del campesino que era feliz a pesar de su pobreza material.

En Puerto Rico se le llama ‘jíbaro’ al trabajador del campo que solía llevar el pan a su mesa mediante sus tareas agrícolas y la crianza de animales como gallinas, cerdos y vacas.

Entonces, generalmente el jíbaro era una persona de poca instrucción, cuya sabiduría la recibía de la escuela de la vida campesina y de su comunión con los cuatro elementos.

Jíbaro es el campesino de Puerto Rico, como guajiro es el de Cuba y gaucho el de la pampa argentina.

Aunque a Puerto Rico le ocurra lo que le pasó a Hawaii la identidad seguirá vivita y coleando, como el moriviví, mientras se escuche el cuatro, un pandero, un barril de bomba y el trovador entone un lelolai.

Con el paso del tiempo el jíbaro o campesino se educó; asistió a la universidad; completó un grado y se convirtió en un profesional.

Pero continuó y continúa siendo jíbaro porque la mancha de plátano nada ni nadie la despinta de su alma.

La presente reflexión es necesaria para contextualizar la alegoría del nuevo jíbaro que se le atribuye a Bad Bunny tras el exitoso lanzamiento, hace ya poco más de un año, del disco “Debí tirar más fotos”.

La pava o sombrero campesino, de moda después de la residencia de varios meses del artista urbano en el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot, distingue al jíbaro, pero no define su identidad.

Ser jíbaro, vocablo que también se ha usado de manera despectiva para describir al campesino sin educación, es mucho más que ajustarse los calzones con bejuco de cáñamo o guaco blanco.

La indumentaria del campesino es lo menos importante. El jíbaro conoce el abecedario de las faenas agrícolas; sabe la fase lunar en que se debe sembrar; conoce los rituales de la cosecha y elaboración del café; sabe arar la tierra con asada o yunta de bueyes; conoce cómo producir carbón y domina el arte de la elaboración del mejor pitorro.

La jíbara, en cambio, se especializa en las tareas domésticas. Si tiene que agarrar el mocho pa’ limpiar la tala lo hace; pero su especialidad es la crianza de los niños, la cocina al fogón y la costura.

Comparto esta información porque mi padre Angel y mi abuelo Gregorio eran jíbaros castaos de Jobos en Loíza. Mi amor por la tierra y la afición por el ritual de adobar, ensartar y asar un cerdo a la vara son parte de su herencia.

Sin embargo, más allá del estilo de vida campesino, el jíbaro aún se distingue por su carácter y personalidad. 

Generoso, abnegado, jocoso, sencillo, honrado, hospitalario, aguzao, un tanto supersticioso, piadoso, creyente en la divinidad, laborioso, sensible, curioso, confiado, ingenuo, leal, solidario, alegre, ingenioso, festivo, bullanguero y dueño de un refranero en que sustenta su sabiduría. Es el perfil de una persona buena y noble, pero vulnerable al engaño.

El neo jíbaro no se desarrolla con Bad Bunny. Si acaso, el Conejo Malo lo proyecta a nivel global para que se entienda la idiosincrasia del boricua, a pesar de los últimos 128 años de transculturación norteamericana.

Esa es su hazaña: revelar que el espíritu cultural de Puerto Rico es indomable e indestructible, irrespectivo de la asimilación, la gentrificación, la negación y traición de no pocos hijos de esta tierra.

El neo jíbaro, incluso, es parte de los cinco millones de puertorriqueños en Estados Unidos. El nuevo jíbaro se educó para cultivar la tierra, como tantos jóvenes agricultores de ambos sexos graduados de ciencias agrícolas, que hoy sustituyen la asada y el pico por tecnología y equipo sofisticado.

En la música, el movimiento del nuevo jíbaro se remonta al umbral de la década del 70, cuando surgen agrupaciones como Taoné, Haciendo Punto, Moliendo Vidrio y solistas como Andrés Jiménez ‘El Jíbaro’ y Antonio Cabán Vale ‘El Topo’. Hoy la nueva trova campesina es dignamente representada por solistas como Luis Rodríguez ‘Cayenito’, colectivos como Decimanía y el taller de los esposos Yesenia Cruz y Eduardo Villanueva.

Así que la rueda siempre ha existido. Bad Bunny no la inventó. Lo que ha hecho es utilizar su poderosa maquinaria para visibilizarla compartiendo con el planeta nuestra riqueza cultural y comunicando que aunque a Puerto Rico le ocurra lo que le pasó a Hawaii la identidad seguirá vivita y coleando, como el moriviví, mientras se escuche el cuatro, un pandero, un barril de bomba y el trovador entone un lelolai.

Bad Bunny. Foto/redes

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