Reflexión–Solidaridad
Por Roberto Torres Collazo
Para Prensa Sin Censura
Llegado el Nuevo Año 2026 puede que miremos para atrás reflexionando sobre lo que ha sido nuestra vida personal. Quizás encontramos que vivimos muy preocupados por el activismo, el trabajo, el dinero, los negocios, las apariencias, mantener el estatus o ser reconocidos…
Así podríamos llegar a la conclusión de que nos olvidamos de vivir. Nos olvidamos de hacer lo que realmente importa en la vida.
Nos olvidamos de las expresiones de afecto. Rara vez o pocas veces les decimos a nuestras madres, padres, hijos, sobrinas, nuestras parejas que los queremos. Damos por sentado que los demás lo saben. Es necesario expresarlo verbalmente y demostrarlo con hechos. Para mostrar afecto no tiene que ser con regalos costosos, el gesto de un beso espontáneo, de un abrazo, de un sincero halago… Dicen mucho, después puede ser tarde.
La vida es corta. En determinado momento notamos que el tiempo cronológico se nos va como el agua entre los dedos. A veces, cuando un ser querido fallece, sentimos que el mundo se nos cae encima. Podemos sentir arrepentimiento de no haber demostrado a ese ser querido el suficiente cariño, no llamarlo o visitarlo cuando estuvo enfermo o enferma o no fuimos a visitarle a la prisión. No le dimos una mano cuando más lo necesitaba y después en nuestro fuero interno viene el arrepentimiento porque estábamos muy preocupados con nuestros compromisos y problemas.
Generalmente vivimos encerrados en nuestra propia burbuja. En la sobrevivencia, pagar las cuentas, asegurar nuestro futuro o de nuestro hijos o hijas. Puede que algunos nos refugiemos en las drogas lícitas o ilegales. Vivimos por vivir, una vida aburrida, monótona que puede crear las condiciones para el vacío existencial, la depresión y la ansiedad. Sin darnos cuenta, nos creemos el ombligo del mundo. Nos aislamos en nuestro celular porque resulta “más interesante” que mirar a los ojos y charlar con nuestros parientes y amistades. Los algoritmos y los “likes” nos esclavizan; aunque no lo reconocemos.
El tiempo pasa tan rápido, que nos olvidamos de vivir. De no hacer lo que realmente importa: expresar ternura, demostrar compasión, estar pendientes de las necesidades y aspiraciones de los otros u otras en el hogar, en el trabajo, en el deporte, la escuela, la universidad, la iglesia, la comunidad, apreciar la naturaleza, sorprendernos ante el universo… Actitudes que nos hacen mejores seres humanos y nos ayudan a vivir una vida a plena. Actitudes que no pueden estar divorciadas del bien común, porque el ser humano por naturaleza es un ser social.
Podemos aprender de la filosofía de la tribu africana Ubuntu. Un antropólogo estaba estudiando sus costumbres de la tribu y en una ocasión invitó a las niñas y niños a jugar. Puso una cesta llena de dulces debajo de un árbol. Le pidió a las niñas y niños que hicieran una carrera y el primero que llegara a la cesta ganaría la cesta completa. Dio la señal de salida: “Listo, ¡¡ya!!”. Salieron a toda velocidad entre risas y gritos. El antropólogo observó que la ganadora compartió sus dulces con todos. Preguntó, “¿Por qué no te quedaste con todos los dulces?” a lo que la niña respondió, “¿Cómo iba a estar feliz si los demás estarían tristes? Así comprendió la esencia de aquel pueblo, no había competencia, sino cooperación.
El camino del individualismo, el “sálvese quien pueda” el “vive tu vida que yo vivo la mía” de la indiferencia hacia los sufrimientos y dolores de los otros, no mostrar habitualmente gestos y acciones objetivamente positivas hacia los que están cerca y lejos, no ocuparse por el bien común, no interesarse por lo que realmente importa en la vida puede hacer que nos olvidemos de vivir.

