Geopolítica
Segundo de tres artículos.
Por Asdrúbal J. Alamilla G.
Para Prensa Sin Censura
Frente a la tormenta de acero, silicio y fuego desatada por el imperialismo, la Revolución Bolivariana no optó por el choque frontal suicida, ni cedió al pánico o la fragmentación. En una demostración de madurez política y sabiduría estratégica que bebe de las fuentes más profundas de la resistencia nuestramericana, en perfecta unidad popular-militar-policial e institucional reorganizósu contraofensiva política y diplomática al más alto nivel.
El primer y más poderoso gesto de esta estrategia se materializó en la continuidad del hilo constitucional. En las horas siguientes al secuestro presidencial se activó el decreto por medio del cual se declara Estado de Conmoción Exterior en todo el territorio nacional (que protege al pueblo, su soberanía e instituciones) y se remitió al Poder Judicial, para que a través de su Sala con competencia en la materia, se fijara su vigencia y aplicabilidad Constitucional. Seguidamente, lainstalación ordinaria de la Asamblea Nacional en la fecha prevista por la Carta Magna, y el funcionamiento sostenido de la administración pública, completaron este cuadro de normalidad revolucionaria, desmintiendo cualquier narrativa de colapso o vacío de poder.
Luego, en un acto de solemnidad revolucionaria, la digna y valiente Vicepresidenta Ejecutiva Dra. Delcy Rodríguez Gómez asumió la Presidencia en calidad deEncargada ante la nueva Junta Directiva del Poder Legislativo, rodeada por el cuerpo diplomático y la fuerza moral del pueblo. Este no fue un simple trámite sucesorio; fue la reafirmación performativa del Estado de Derecho bolivariano frente al intento imperial -y el de sus lacayos nacionales- de reeditar un escenario de superioridad dolosa como el vivido durante las Guarimbas.
Mientras el imperio escenificaba la captura del símbolo, Venezuela escenificaba la indestructibilidad de sus instituciones. Esta firmeza institucional fue el sustento que permitió una respuesta técnica y popular de resistencia operativa. Mientras las bombas aún humeaban, equipos de CONATEL y trabajadores del sector eléctrico iniciaron la restauración de las telecomunicaciones y la red eléctrica saboteadas. Esta labor, más allá de su valor práctico, constituyó un acto de soberanía micro-técnica: la reconquista, palmo a palmo, del territorio digital y energético que el ataque misilístico y cibernético buscó ocupar. De manera paralela, la comunidad científica, herida por la destrucción del IVIC pero no derrotada, inició de inmediato los planes de reconstrucción, transformando la indignación en un compromiso renovado con la soberanía cognitiva. De igual forma, se inició la reparación de las viviendas y edificios destruidos en coordinación con el Poder Popular. Incluyendo, el acompañamiento a los familiares de las víctimas, que desde el Ejecutivo se ha instrumentalizado su protección social a través de una Comisión Especial.
En las calles, lejos de las escenas de caos y desesperación que el guion imperial anticipaba, se organizan marchas multitudinarias y vigilias pacíficas exigiendo la liberación del Presidente y la Primera Combatiente/Diputada Nacional en las 24 regiones del país.
Esta capacidad de respuesta coordinada frustró el objetivo central de la guerra cognitiva imperial. Los rumores tóxicos de “traición” o “pacto”, clásicos del manual de contrainsurgencia de la CIA, se estrellaron contra la evidencia tangible de una dirigencia unida y un pueblo movilizado en defensa de su proceso. La narrativa imperial, que requería mostrar un país sumido en el caos y la disputa fratricida, se encontró con la imagen de un pueblo unido en su diversidad y movilizado que, desde su dolor, recomponía sus lazos comunitarios y su voluntad colectiva para defender su Matria-Patria.
En este contexto, la figura del Presidente Maduro, prisionero de guerra, se transfiguró. Dejó de ser solo un rehén para convertirse en el rescoldo simbólico máximo. Su dignidad inquebrantable ante el tribunal de Nueva York operó como un poderoso dispositivo de contra-narrativa global. Cada gesto y de señal de enterezaenviada, desmontaba la caricatura del “dictadornarcotraficante” y exponía la farsa jurídica extraterritorial de sus captores. Su persona se convirtió en el espejo que reflejaba la barbarie del imperio y, al mismo tiempo, en la prueba viviente de que la llama de la soberanía no podía ser extinguida ni con la fuerza más desproporcionada. Así, la estrategia del rescoldo reveló su dualidad: es protección (preservar la estructura institucional y la cohesión social) y es potencia (proyectar una verdad disruptiva al mundo desde el mismo corazón del aparato agencial imperial en decadencia).
Esta sección, por tanto, no narra una simple defensa, sino una recomposición estratégica en tiempo real. Demuestra que la soberanía en el siglo XXI no se defiende únicamente en el espacio aéreo, en el ciberespacio o en la redes sociales, sino en la capacidad de un pueblo y sus instituciones de mantener encendido el sentido común de la resistencia, de proteger el núcleo de su proyecto político bajo agresión, y de preparar, desde esa posición de fuerza moral y organizativa, las condiciones para el renacer inevitable de su llama. Por eso, al Imperio le falta lo que tenemos de sobra, la calle.
III. La Batalla por la Interpretación
La agresión del 3 de enero no solo desencadenó una respuesta institucional-militar; también activó un frente de batalla fundamental y a menudo subestimado: la guerra por la interpretación del mundo. La reacción global, profundamente dicotómica, no fue meramente política, sino epistémica. Puso en evidencia la fractura abismal entre la matriz colonial del saber —que aún sustenta el orden imperial— y la insurgencia interpretativa del Sur Global, que desde la experiencia histórica del despojo diagnostica con crudeza y precisión la naturaleza de los hechos. Esta brecha revela que el evento venezolano es un caso testigo de la geopolítica del conocimiento en el siglo XXI.
Desde los centros de poder del Norte Global —sus grandes medios, think tanks hegemónicos y gran parte de sus gobiernos— se desplegó un arsenal discursivo predecible y funcional al statu quo. Se observó un silencio estratégico, una justificación solapada bajo eufemismos jurídicos (“intervención”, “restauración del orden”) o, en su versión más “crítica”, una condena abstracta y deshistorizada. Esta respuesta, o la falta de una contundente, no es neutral. Es el síntoma de una epistemología colonial que opera mediante la desrealización del Otro. En este marco, la violencia ejercida contra el Sur Global se racionaliza, se patologiza o se invisibiliza, porque el Sur sigue siendo concebido como objeto de intervención, nunca como sujeto pleno de derecho e historia. La supuesta “objetividad” de estas voces es, en realidad, un dispositivo de poder que oculta su propia localización geopolítica, presentando como universal una perspectiva particular y dominante.
Frente a este coro de complicidades y ambigüedades calculadas, se alzó la voz clara, contundente y unánime del Sur Global y de los movimientos antiimperialistas en todo el mundo. Gobiernos, intelectuales orgánicos, organizaciones sociales y pueblos hermanos nombraron la agresión sin atenuantes: secuestro, invasión, crimen de lesa humanidad, barbarie colonial. No hubo necesidad de glosarios diplomáticos. Esta capacidad de nombrar con precisión nace de una epistemología de la resistencia, arraigada en la memoria corporal compartida de la dominación. Es un saber hecho de cicatrices históricas que permite reconocer, en el ataque a Venezuela, el mismo patrón de desprecio, despojo y violencia fundacional que ha estructurado la modernidad/colonialidad durante siglos. Es el conocimiento que produce quien ha vivido en carne propia la lógica del conquistador.
Este choque interpretativo desnuda dos verdades fundamentales para la lucha descolonial contemporánea:
1.-El “orden internacional basado en reglas” es un régimen de verdad imperial. Sus reglas, incluido el derecho internacional que las sustenta, se aplican de forma jerárquica y selectiva. Su función última es legitimar la violencia del centro y deslegitimar la resistencia de la periferia. La agresión a Venezuela y su cobertura mediática demostraron que este orden no puede ofrecer justicia, solo racionalización del poder.
2.-La soberanía cognitiva es el campo de batalla decisivo. La verdadera contrahegemonía ya no se limita a disputar recursos o instituciones, sino a producir y validar marcos interpretativos propios. El Sur Global está llevando a cabo un masivo proceso de desprendimiento epistémico: ya no busca el reconocimiento o la validación de los centros intelectuales del Norte, sino que afirma su derecho a analizar, juzgar y actuar desde sus propias categorías y su propia experiencia histórica.
En este sentido, la resistencia venezolana y la solidaridad internacional que ha galvanizado están contribuyendo a forjar lo que podríamos llamar una comunidad interpretativa transnacional del Sur. Una red que, trascendiendo los estados, genera sus propios canales de verdad, sus propios protocolos de solidaridad y sus propias narrativas insurgentes. Mientras el imperio invierte billones en guerra cognitiva para producir consentimiento, esta comunidad insurgente teje, desde abajo, una contra-narrativa basada en la conciencia y la co-responsabilidad histórica.
Por ello, la defensa de Venezuela es, en esencia, la defensa del derecho del Sur a interpretar su propia realidad. Es un combate por romper el monopolio imperial sobre la definición de lo que es legal, legítimo y hasta real. Cada gesto de dignidad en defensa de nuestro Pueblo, cada informe alternativo, cada expresión de solidaridad en el mundo, es un acto de liberación epistémica. Es afirmar que los pueblos oprimidos no solo luchan por su territorio, sino por la autoridad de narrar su lucha, de nombrar a sus verdugos y de imaginar, desde las cenizas del viejo orden, el horizonte de un mundo donde el conocimiento no sea un instrumento de dominación, sino una herramienta de emancipación pluriversal. Esta es la batalla que, silenciosamente, puede estar decidiendo el futuro de la propia idea de soberanía.

