Geopolítica
Oriana Zambrano Montoya
Para Prensa Sin Censura
Seis días después del ataque estadounidense a Venezuela, estas son las primeras conclusiones:
Lo que hizo el gobierno de Estados Unidos con Venezuela no fue por Maduro, porque llevaba más de 12 años en el poder. No fue por derechos humanos, porque EE. UU. respalda regímenes mucho peores en otras regiones del mundo sin ningún problema.
Fue por petróleo.
La economía estadounidense necesita el petróleo venezolano para sostener la ilusión de prosperidad y estirar el “sueño americano” cinco o diez años más. Y cuando una potencia necesita recursos, no libera pueblos: los utiliza.
Estados Unidos disfrazó una necesidad económica propia como un acto humanitario. Venezuela no fue salvada. Venezuela no fue liberada. Venezuela fue usada en el momento exacto. La diferencia es simple: a Venezuela no le van a pagar el favor. Se lo van a cobrar.
Pregúntate:
¿Por qué ahora y no antes?
¿Quién salvó o liberó a quién?
Entiendo profundamente la desesperación que lleva a muchos venezolanos a aceptar cualquier cambio. Veinticinco años de chavismo–madurismo fueron devastadores.
Y sí: Maduro debía salir del poder. Pero mediante una transición democrática interna, no mediante una invasión que entrega hasta el 70 % del petróleo venezolano a corporaciones extranjeras por 30 años, según lo que se ha anunciado/negociado.
Esto no es liberación. Es cambiar un explotador por otro más eficiente. No están siendo salvados. Están cambiando de amo. Y el nuevo amo extrae mejor la riqueza que el anterior.
He escuchado el argumento: “No importa quién se lleve el petróleo, con tal de que los chavistas se vayan.”
Pero la estructura chavista sigue intacta. Esto no es el fin del chavismo, es su mutación hacia algo que aún no entendemos. “Yugo” es yugo, sin importar la nacionalidad de quien lo imponga.
Me pregunto qué pensaría Simón Bolívar, que entregó su vida por la libertad de los pueblos de la Gran Colombia, al ver que nuestra historia ha sido una secuencia de manoseos, donde no dejamos de cambiar de dueño mientras seguimos sintiéndonos esclavos.
Mi hijo me preguntó ayer: ¿Ma’ qué es la SOBERANÍA? Le dije: La soberanía es poder decidir sin tener que pedir permiso. Equivocarse por cuenta propia, sin obedecer órdenes ajenas. Lo rematé diciéndole: tú por ejemplo, estás bajo mi control, y mi gobierno, te guste o no, tendrás que esperar tu momento para ejercer tu soberanía.
La SOBERANÍA No es una bandera ni un discurso. Cuando otros deciden quién manda, que se extrae y a quién se le vende, eso no es ayuda: es dominación, cruda y vulgar, dominación.
Cambiar de amo no es libertad. Explotación es explotación. Pérdida de soberanía es pérdida de soberanía. Estados Unidos no quería una transición democrática: quería petróleo. La cúpula chavista no quería perder el poder. La oposición radicalizada apostó por la intervención en vez de la negociación. Así se cocinó este sancocho trifásico, que hoy le provoca indigestión al pueblo venezolano y mantiene en vilo a quienes vivimos en las fronteras.
Trump no es anti-chavista ni anti-madurista.
Trump es pro-petróleo. Trump removió la figura simbólica, no el sistema:
Diosdado Cabello sigue en el poder.
Padrino López sigue en el poder.
Delcy Rodríguez sigue en el poder.
La cúpula chavista permanece intacta.
El chiste, compañero,
se cuenta solo.
Después de tanto dolor, cualquier alivio parece progreso. Pero dólares no son soberanía, y embargos levantados no son libertad. El problema no es quién se lleva el petróleo, sino quién decide que se hace con el y por cuántos años. El progreso sin control propio no es desarrollo, es dependencia maquillada. Y la dependencia siempre cobra intereses, Siempre… acuérdese de un famoso que dijo una vez: «De eso tan bueno no dan tanto y gratis menos».
Alegrarse no es el problema. Tragar entero sí. Venezuela puede celebrar el fin de una etapa, pero no puede quedarse aplaudiendo mientras otros deciden su destino. Agradecer no implica obedecer, ni callar, ni entregar el país a cambio de promesas. Los pueblos no se liberan aplaudiendo el teatro del poder ajeno, se liberan poniendo condiciones, defendiendo lo suyo y poniendo la cara.
Hoy sorprende el silencio de una oposición que corre a agradecer sin exigir, que besa suelas cuando debería estar defendiendo soberanía. ¿Dónde están las voces que digan: gracias, sí, pero el país es nuestro y nosotros decidimos nuestro destino? La historia ya nos enseñó qué pasa cuando cambiamos oro por espejos. Esta vez, si hay cambio, que no sea sin dignidad, sin preguntas y sin memoria.

