‘No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero’

Fe

JAIME TORRES TORRES

Prensa Sin Censura

Yo fui un jugador compulsivo y comprendo muy bien al amigo que días atrás me confió que semanalmente pierde miles de dólares en los casinos, la loto, los caballos y otros juegos de azar.

Me comentó que, aunque cada vez que pierde, su resolución es jamás volver a apostar el dinero que gana en su trabajo para suplir las necesidades de su familia, tarde o temprano vuelve a lo mismo: apostar para perder.

Se siente fracasado; una calamidad moral, con la autoestima por el piso y sumido en una profunda depresión. 

Me preguntó cómo, desde la Fe, podía entender su pasión dominante por las apuestas y modificarla para provecho de su bolsillo y, por consiguiente, de sus seres queridos.

La pregunta básica es: ¿alguien en tu familia fue un jugador compulsivo? Su respuesta reveló pistas muy importantes para controlar la adicción: su abuelo y su padre fueron asiduos a los juegos de azar y de pequeño los acompañó a las picas y las agencias hípicas.

También auscultamos en el subconsciente: ¿qué vacío buscamos llenar con la compulsión por los juegos de azar?

Entonces, aportamos a su entendimiento de la situación, la luz de la Palabra de Dios. Primero lo llevamos a reflexionar Santiago 1; 14-16: “La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran”.

Nadie se debe sentir culpable por sus pasiones dominantes. Son la confirmación de su fragilidad humana. Ahí tiene sentido las palabras de Pablo en Romanos 7; 19: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí”.

El jugador compulsivo; el narcotraficante; el adúltero; el político corrupto; el violador; el mentiroso y el maltratante actúan no pocas veces a merced de sus debilidades y pasiones dominantes. [Claro está, hay gente perversa y mala por antonomasia.]

En 2 de Corintios 12; 7 reflexionamos: “Y para que no me exaltara demasiado por la grandeza de las revelaciones, se me clavó un aguijón en el cuerpo, un mensajero de Satanás [el mal] para que me abofetee”.

El apóstol clamó al Señor por liberación y la respuesta fue: “Te basta mi Gracia” porque, como escribió a los romanos, “donde abundó el pecado [la pasión dominante, la flaqueza, la debilidad, la conducta modelada; la gula, la borrachera, la lujuria, el egoísmo, etc.] sobreabundó la gracia”. (Romanos 5, 20)

Ambos comprendimos que eso de que “te basta mi Gracia” no es una utopía; sino una revelación: se necesita comunión con la Divinidad a través de la oración, el ayuno, la contemplación y los apostolados para perseverar y prevalecer en la batalla: “Velad y orad para que no entréis en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mateo 26, 41) y entonces, ser merecedores de la corona de la gloria.

He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor… (2 Timoteo 4, 7-8).

Al final, mi amigo aludió, según él y posiblemente con sobrada razón, “a la eterna lucha entre el Bien y el Mal”, pero entendiendo que, conforme a los aprendizajes y programaciones neurolingüísticas a las que nos ha expuesto el sistema [la educación, los medios, la música, la religión, el ordenamiento jurídico, etc.] lo que es malo para unos es relativamente bueno o indiferente para otros.

Mas, conciencia y alma adentro, la Verdad interpela: ¿cuál es el impacto, efecto, daño colateral o social de los actos impulsados por la pasión dominante y el ego?

Sí entendimos -porque el aprendizaje fue mutuo y recíproco- que las pasiones dominantes que nos esclavizan se pueden neutralizar con introspección, voluntad, propósitos de enmienda y la Fuerza del Altísimo [Espíritu Santo].

Lo sustantivo no es caer, sino saber levantarse. “Siete veces cae el justo, y siete veces el Señor lo levantará«. (Proverbios 24; 16)

La máxima de Alcohólicos Anónimos [“Hoy no beberé; hoy optaré por la sobriedad”] la aplicamos a la realidad: “Hoy no derrocharé mi dinero en los juegos de azar”.

¡Nos basta su Gracia!

Foto/Ecos de la Palabra

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