Rafael L. Joglar
Profesor Universitario
En días pasados se ha creado una controversia relacionada a un turista en Puerto Rico que le molesta el sonido del coquí y busca forma de silenciarlo. No conozco a ciencia cierta si esto es un caso real pero de serlo no me sorprende.
Tampoco me sorprende la respuesta inmediata de muchos boricuas que se molestaron y que presentaron respuestas patrióticas invocando a Diego Salcedo, entre otras medidas.
Muchos expresaron estar ofendidos por personas que matan coquíes o que desean matarlos. Para una persona como yo, que lleva cinco décadas estudiando y protegiendo nuestros coquíes, esta situación resulta ser particularmente interesante. Debo comenzar por decir que el sonido del coquí o más bien de los coquíes porque en Puerto Rico existen varias especies, es bien fuerte. Para nosotros los puertorriqueños, que estamos culturalmente y fisiológicamente adaptados a ellos, su sonido es melodioso y maravilloso.
Sin embargo, para un visitante podría ser muy molestoso. El sonido del coquí es tan fuerte que ha sido comparado con el de un gigantesco avión despegando. Es tan fuerte que los coquíes han desarrollado estrategias para protegerse del sonido que ellos mismos producen. Si aún existe alguna duda, que le pregunten a los hawaianos que sufren las consecuencias de que nuestro coquí haya invadido su país y al hacerlo hayan acabado con las noches silenciosas a la que ellos estaban acostumbrados.
Si bien es cierto que a diario me contactan personas para decirme lo bello y melódico que es el canto del coquí, también es cierto que en ocasiones me contactan personas solicitando recomendaciones de “cómo callar a ese coquí que está en mi ventana y me está enloqueciendo”. Lo que estoy tratando de explicar es que este fenómeno no se limita a algunos turistas o visitantes, sino que también involucra a residentes y locales.
Es una realidad que muchos celebramos y valoramos que nuestro coquí cante cada noche, pero también es una realidad que muchos, ya sea por ignorancia, estupidez o corrupción, trabajan disciplinadamente para callarlos y eliminarlos. Tenemos ante nosotros dos problemas; uno sencillo y de fácil solución y otro mucho más complejo y de muy difícil solución. El primero son las personas (visitantes o locales) que les molesta el sonido del coquí. El otro problema son las personas e instituciones que toman decisiones equivocadas y estas tienen serias y nefastas repercusiones sobre nuestro coquí, ese maravilloso animalito que en estos días es considerado para ser elevado a la categoría de símbolo de nuestra fauna nacional.
Ambos problemas se solucionan con educación. Como le suelo decir a mis estudiantes: “La educación puede hacer maravillas”. Claro, hablar de educación en Puerto Rico es complicado ya que hemos tirado a pérdida la Universidad de Puerto Rico y continuamos cerrando escuelas a diestra y siniestra. Sin embargo, todos sabemos que la educación es clave en la búsqueda de soluciones. El problema de los que se molestan con el sonido del coquí se soluciona fácilmente con educación. Tenemos que educar a visitantes y locales al explicarles que los coquíes están en Puerto Rico mucho antes que ningún humano (hace 30 millones de años) y que esta tierra también les pertenece, por lo que tenemos que aprender a vivir en armonía con ellos. También tenemos que educar a estas personas y al público en general, que si les molesta el sonido del coquí, que usen tapones de oídos. Esto es una solución fácil, sencilla y de bajo costo.
La Compañía de Turismo y el Departamento de Educación se podrían encargar de esta fase educativa. El otro problema, sí que es verdaderamente complejo ya que involucra nuestra clase política o como la he clasificado anteriormente en este medio, esa Fauna Parasítica Venenosa.
Debemos preguntarnos quien ama y quien protege y quien mata o desea matar nuestros coquíes. Son dos grupos y perteneces a uno o perteneces al otro. Aquí no puede haber espacio para ambigüedades. Ya que el cambio climático es la más grave amenaza para los anfibios (coquíes incluidos) las personas e instituciones que promueven el uso de combustibles fósiles como el gas natural y el carbón, entre otros, están en el grupo que no ama ni protege nuestros coquíes.
De igual forma los que promueven el uso de pesticidas y herbicidas y los que favorecen la deforestación, y destrucción de nuestros bosques y costas. Además, tenemos que exigirles más a nuestros funcionarios públicos. Solo por mencionar dos ejemplos, tenemos en Puerto Rico un Zar de la Energía, pero en la realidad es un Zar de Combustibles Fósiles.
También tenemos un secretario del DRNA que debería educar a nuestra gobernadora en temas extremadamente importantes y complejos como lo son el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, especies invasoras y la protección de nuestra biodiversidad, entre otros temas.
Lamentablemente esa persona no sabe nada de estos temas y desde su primer día, mostró claramente lo que vino a hacer: destruir la naturaleza y biodiversidad de nuestra isla.
Nuestros coquíes y otros anfibios enfrentan serios problemas y necesitan urgentemente de nuestra ayuda. Ya hemos perdido tres especies y podríamos perder otras. Estas especies son importantes por razones ecológicas, ambientales, culturales y económicas. Debemos protegerlas, porque al hacerlo, nos estamos protegiendo a nosotros mismos.
¿Y tú en qué grupo estás? ¿En el que ama y protege a nuestros coquíes o en el que hace lo contrario. Es tiempo ya de definirnos y dejarnos de ambigüedades.


Bellísimo el de la foto.
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El sapo cubano ha reemplazado los coqui en mi patio. Que desgracia! Me preguntaba como se puede traer el coqui de nuevo.
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