Análisis/Opinión
Por Antonio Camacho Negrón
Para Prensa Sin Censura
(3 de febrero de 2025) – Últimamente he leído en las redes a un sinnúmero de personas negar que Estados Unidos es un imperio y que es mera ilusión su decadencia.
Un imperio se define por la capacidad de un país de imponer su poder extraterritorial con el fin de influir o controlar vastos territorios para explotar sus recursos naturales, expandir el comercio y sus capacidades militares.
Cuando EE. UU. impone un bloqueo a Cuba, sobre mil sanciones a Venezuela, decenas de miles a Rusia y otras tantas a Irán, Corea del Norte y a otros países, hace evidente su poder imperial.
No necesita necesariamente de la guerra de conquista para imponerlo. El poder blando, como las sanciones, muchas veces es más efectivo y menos costoso.
Por consiguiente, es pura ingenuidad pensar que Estados Unidos no es un imperio. ¿Cómo ha logrado gran parte de su riqueza y expansión territorial? No le llovió del cielo. Fue por medio de guerras, conquistas, chantajes, manipulación de elecciones y amenazas de apoderarse de territorios y sus recursos si no se los cedían en venta.
Si EE. UU. no es un imperio, Puerto Rico no es una colonia. ¿Entonces, qué somos?¿Repúblíca, Estado? ¿O es que nuestra ingenuidad es tan profunda que seguimos creyendo la gran mentira demagógica de Muñoz sobre el mal llamado Estado Libre Asociado? Mentira desmentida por los tribunales gringos, el mismo congreso y varios presidentes. El imperialista Robert F. Kennedy Jr. llama a EE.UU. imperio y el colonizado puertorriqueño lo “desmiente”… No, no, no es un imperio. ¡Curiosa manera de esconder las cadenas!
El hecho de que la América Mexicana sea dirigida por una “democracia” plutocrática, que una minoría de ciudadanos participen en su circo eleccionario y que a Donald Trump no se le llame emperador, no cambia en absoluto su naturaleza imperial. También la Roma imperialista tuvo su gobierno republicano con características democráticas y a un rey a la cabeza del estado, no a un emperador.
El que Trump haya sido elegido por el voto circense no es una limitación a que gobierne como emperador como lo ha venido haciendo hasta ahora. Aunque nos parezca increíble, con tal de retardar la decadencia imperial, no dudemos que en un arranque fascista se empeñe en expandir el territorio apoderándose a la fuerza del canal de Panamá y Groenlandia.
“Hemos desperdiciado 300 billones de dólares en gastos militares para someter a países que buscaban salirse de nuestra hegemonía. China no ha malgastado ni un centavo por la guerra, es por eso que nos supera en casi todas las áreas”.
Carta de Jimmy Carter (RIP) a Donald Trump
¿Por qué aseguramos que el imperio está en decadencia? Los imperios, como los seres vivientes, están regidos por la ley de senectud. Todo envejece, decae y muere. Mientras más rápidos son los cambios, más rápido se acelera la decadencia. En los imperios toma décadas, a veces siglos, pero se pueden observar un sinnúmero de características que la señalan. Es importante señalar que decadencia no implica la desaparición de la nación como tal sino de la pérdida de su dominio económico, poder extraterritorial, bienestar de su población y, a largo plazo, de su poder militar.
Estados Unidos, después de las dos guerras mundiales, tuvo un acelerado crecimiento. No fue destruído como los demás países beligerantes, lo que le permitió convertirse en prestamista y reconstructor de los mismos. Además, aprovechándose de su rol dominante, impuso el dólar como divisa de intercambio internacional. Rol que le ha permitido, con la emisión de moneda sin respaldo y bonos del tesoro, apoderarse de una parte de la plusvalía de los obreros del mundo.
Además, le ha permitido endeudarse hasta el infinito, absorber el excedente de producción del resto del mundo, sufragar sus guerras y sus 800 o más bases alrededor del planeta y mantener hasta hace poco el gran sueño americano.
Los tiempos cambian, China se convirtió en la locomotora industrial del mundo y el centro económico mundial se movió de Occidende a Oriente. El poder unipolar de EE. UU. después de la caída de la Unión Soviética, está siendo reemplazado por el poder multipolar de las naciones asiáticas donde residen dos terceras partes de la población mundial. Muchas de estas naciones forman parte de los BRICS, asociación que representa más de la mitad de la población mundial y en la cual el imperio americano no tiene injerencia.
Con el agravante de que están reemplazando al dólar con sus propias monedas en las transacciones comerciales y utilizan sus propios sistemas internacionales de pago, no los occidentales. Es un axioma que, quien domina la economía mundial establece las reglas de juego, y EEUU aceleradamente está perdiendo su predominio económico mundial ante China y la India.
En estos días hemos visto como Deep Seek, de código abierto, derrumbó todas las plataformas de inteligencia artificial de Occidente, y no pasó mucho tiempo para que apareciera otra plataforma, también china, mucho más superior, la de Alibaba.
“Hemos desperdiciado 300 billones de dólares en gastos militares para someter a países que buscaban salirse de nuestra hegemonía. China no ha malgastado ni un centavo por la guerra, es por eso que nos supera en casi todas las áreas”, carta del expresidente Carter a Trump.
Después de la Segunda Guerra Mundial EE.UU. ha perdido todas las guerras en que se ha metido. La infraestructura nacional está en el piso. Gran número de las grandes compañías se ha desplazado hacia otros países en búsqueda de una mayor capacidad competitiva. La inflación sigue en aumento, la deuda nacional, la pobreza, el desempleo, la gente sin hogar, el crimen, las drogas, el racismo, las enfermedades mentales, la desesperanza, el suicidio. La educación es prohibitiva para la mayoría de la población y los estudiantes se adeudan para luego ingresar a las filas de los desempleados.
En la esfera internacional, el poder de influencia de EE. UU. se sigue menguando precipitadamente. Naciones que ayer consentían con un “yes”, hoy son contestatarias y retan sus políticas.
En el ámbito militar, ante las tecnologías de drones, cohetes hipersónicos y otras armas de última generación de Rusia, China, Irán y Corea del Norte los portaviones de EE. UU. están obsoletos, así también como tanques, aviones de guerra, baterías interceptoras y la cúpula que piensa construir Trump para proteger a Estados Unidos.
Una de las leyes que rigen la caída de los imperios es el gasto militar exorbitante. Mientras la economía crece, crece también el gasto militar, pero cuando la economía languidece, el empeño de la clase dominante por preservar la fortaleza militar del imperio precipita la decadencia nacional. Ante el temor de perder la supremacía, suben los gastos militares y disminuyen significativamente las partidas para educación, innovación y experimentación, infraestructura, salud, vivienda, etc. Aumenta el encarecimiento de la vida y con ello la descomposición social.
Para uno darse cuenta de la acelerada decadencia del imperio americano basta con observar los once o más aviones F-35 que se han estrellado, los cientos que permanecen en tierra porque no están aptos para volar por defectos de fabricación, barcos y portaviones con los mismos problemas de funcionamiento, la gran cantidad de patriots y demás armamento sofisticado americano destruído por Rusia en Ucrania o exhibidos como trofeos, los dos astronautas varados por más de seis meses en la estación orbital, el respaldo incondicional a los crímenes de lesa humanidad de Israel en Gaza y Líbano, el aislamiento de EE.UU. en la ONU con respecto a Cuba y Palestina, el tratamiento y expulsión de los indocumentados y, sobre todo, la decadencia física y moral de Biden y Trump como presidentes.

