Albizu Campos, Ayacucho y la conciencia nacional hispanoamericana 

Ensayo

Por Pablo Francisco Cruz-Azize

El 9 de diciembre del pasado 2024 se cumplieron 200 años de la Batalla de Ayacucho, el combate que decidió en Suramérica la victoria de los llamados Libertadores durante las Guerras de Independencia Hispanoamericanas. 

Fue esto posible porque ya los partidarios del rey o de la unión con España habían sido vencidos en otras regiones de la América nuestra. El general José de San Martín había ya cruzado los Andes para consolidar la independencia de Argentina y de Chile. Agustín de Iturbide había logrado la independencia de México y de Centroamérica con el Plan de Iguala, luego de un proceso de lucha comenzado con la rebelión de Miguel Hidalgo.

Simón Bolívar, el más famoso luchador por la independencia de América, había obtenido victorias en Venezuela y Colombia y se preparaba para imponer la independencia al Perú, último bastión de los lealistas. 

Fue en este contexto que el general Antonio José de Sucre, fiel a Bolívar, tuvo la misión de combatir contra los lealistas en Ayacucho, comandados por el mismísimo virrey. Los llamados ejércitos patriotas liderados por Sucre capturaron al virrey, representante del rey de España en el Nuevo Mundo, y forzaron así su rendición. Obtuvo así Sucre la victoria, por lo cual fue conocido como el Mariscal de Ayacucho. 

Significó la victoria del Mariscal de Ayacucho el logro de la independencia americana. Es por esto que nuestro maestro don Pedro Albizu Campos, el último libertador de América, escribió las siguientes palabras con motivo del centenario de la batalla, compartiendo así lo que, según su parecer, significó este evento para la historia: 

“En Ayacucho se extinguió un imperio, se emanciparon veinte naciones, se vindicó una Raza, se levantó el baluarte de la civilización en América, se abrió el Nuevo Mundo a la humanidad, se suprimió el derecho de conquista, se consagró el principio de libertad individual y colectiva.”

No todos sin embargo comparten el mismo pensar de Albizu Campos. Es comprensible que sea esto así en un país colonizado como el nuestro, en el cual, por motivo de la influencia estadounidense, la historia y tradición hispanoamericana no se enseña bien en las escuelas. No se limita el desconocimiento o la desvalorización del legado de Ayacucho a los partidarios del colonialismo en el País, sino que se ha extendido a los nuevos sectores que impugnan el orden colonial estadounidense de las cosas. 

Me refiero al llamado movimiento reunificacionista, que a pesar de tener pocos adeptos cobró auge en la década pasada. Este movimiento tiene la misión de, en nombre de la “justicia histórica”, reunificar a Puerto Rico con España. Su iniciativa, ridiculizada por muchos, ha contribuido a crear conciencia sobre el carácter hispano de Puerto Rico, hijo legítimo de la Madre Patria España. Debe considerarse, en mi opinión, el auge reunificacionista e hispanista como una reacción natural a la fuerte promoción de la causa estadista en el País, ya que su misión ha sido hacerle ver a los puertorriqueños que son hispanos y no anglosajones. Es por esta razón que el movimiento reunificacionista, interesantemente, ha reivindicado a la figura de don Pedro Albizu Campos, quien a pesar de ser el líder independentista más importante del pasado siglo valoró siempre la cultura y la religión que heredamos de España. 

No está mal que los reunificacionistas afirmen nuestro carácter hispano y creo, a pesar de mis desacuerdos con ellos, que a lo mejor pueden legítimamente aspirar a una eventual reunificación, pero creo también que en su afán por defender nuestra identidad hispana, como hijos de España, olvidan el carácter americano de Puerto Rico, como hijo de la América nuestra (noten por favor que digo “americano” y NO “estadounidense”). 

Fue por su carácter de hispano-americano que pudo Albizu Campos a la vez exaltar el legado de España y valorar la Batalla de Ayacucho y la independencia que vino con ella. No es esta forma de pensar exclusiva de Albizu Campos, sino que es propia del pensamiento hispanoamericano, como ya han destacado algunos pensadores e intelectuales. 

Tampoco la impugnación de la independencia hispanoamericana es exclusiva de los reunificacionistas puertorriqueños. Es parte de una tendencia popular que al parecer ha ido creciendo entre algunos sectores hispanistas en Hispanoamérica. Es común ver entre ellos los siguientes tipos de argumentos al momento de criticar la independencia: religiosos (creen, por ejemplo, que el rey era la autoridad legítima y que por ende fue pecado luchar contra el rey), patrióticos (consideran a Hispanoamérica y España como una y la misma cosa en base a la cultura compartida) y estratégicos (denuncian cómo la división del llamado Imperio Español significó la subordinación de nuestros países a Gran Bretaña y los Estados Unidos) entre otros. Ven a los “Libertadores”, tan exaltados en nuestras historias nacionales, como unos traidores que antepusieron su propio interés al bien común y condenan severamente las luchas que dirigieron por la independencia. 

Pienso que algunas de sus preocupaciones respecto a la independencia son legítimas, pero considero un error impugnarla por completo. Gran parte de lo que motiva su crítica (además de los argumentos ya dados) es, a mi juicio, la sensación de que la independencia fracasó, pero no creo que por este percibido fracaso deba abandonarse por completo el ideal de la independencia. 

La independencia no es en sí algo malo. Es de hecho considerada comúnmente como una fuente de identidad y de dignidad para todas las naciones, pues no hay nada más digno que saberse y sentirse libre en la propia tierra patria. 

Es el anhelo de la independencia un sentimiento natural entre nosotros los hispanoamericanos. Somos hijos de España, pero no somos España, contrario a lo que quieren hacernos pensar algunos hispanistas. No somos España porque ni siquiera durante la era de la Monarquía Católica se consideraba a América y a España como una misma cosa, sino como reinos diferentes pero unidos bajo una misma Corona. Puede ser difícil para nosotros hoy comprender la naturaleza de esta relación, contraria a cómo funciona la política actual, pero así lo han reconocido algunos historiadores que han abordado la cuestión. Fue por esta razón que la lucha de independencia comenzó en el contexto de la reivindicación de la autonomía americana cuando estando ausente el rey de España tras la invasión de Napoleón reclamaron los americanos el derecho a gobernarse ellos mismos, como se dice generalmente en los libros de historia a nivel escolar. 

Somos hispanos, pero a la vez americanos. Somos hispanoamericanos y como tales amamos nuestra independencia sin dejar de amar a la Madre España, porque nuestra América es nuestra tierra y la queremos libre para ser libres nosotros en nuestro propio suelo. 

La independencia sin embargo se defiende y para defenderla hay que luchar, como se luchó en Ayacucho. Puede criticarse el modo como fue la independencia lograda teniendo en cuenta también que implicó una guerra civil entre hermanos hispanos de ambos lados del Atlántico, pero puede concebirse a la Batalla de Ayacucho como un símbolo de lucha por la independencia y puede reconocerse que, en determinadas circunstancias, conviene adoptar un espíritu de combatividad como el que los vencedores de Ayacucho debieron tener.

Representa Ayacucho en este sentido un espíritu de lucha patriótica que debemos mantener vivo si deseamos no solo mantener viva la independencia, sino lograr la liberación pendiente. 

Albizu Campos así lo reconoció, cuando al conmemorar el centenario en el contexto de la hegemonía estadounidense en las Américas dijo: 

“La obra de Ayacucho corre peligro. Un nuevo imperio quiere imponerse en América, son los plutócratas yanquis los que predican la fuerza y la supresión de la libertad fuera de sus territorios… O estos bárbaros son detenidos por la fuerza, que es lo único que entienden, o se extinguirá la victoria de Ayacucho.” 

Las palabras de Pedro Albizu Campos sobre Ayacucho nos instan a luchar por la independencia pendiente: la independencia de Puerto Rico, nuestra patria y nación. Se ha dicho que la independencia de Puerto Rico era parte del sueño de Bolívar y que la libertad de Hispanoamérica quedaría incompleta si Puerto Rico no es libre. Parte de esta lucha por la liberación pendiente implicará recuperar la conciencia nacional hispana y americana que tenía Albizu Campos y adoptar su espíritu de combatividad, similar al de los luchadores de Ayacucho.

Fue este espíritu de lucha por defender el carácter hispanoamericano de la Nación Puertorriqueña lo que le permitió a Albizu dedicar su vida a la liberación de la Patria, primero intentando agotar los medios pacíficos y, tras estos ser infructuosos, luego recurriendo al extremo (muy criticado) de la rebelión armada. 

No nos será posible imitar a Albizu Campos en cada aspecto, siendo las circunstancias del momento actual tan distintas a las de su época. Pero la colonia es la misma y la lucha por la independencia sigue vigente. Que el bicentenario de la independencia hispanoamericana representado por la Batalla de Ayacucho inspire en nosotros la conciencia nacional necesaria para continuar en resistencia y lucha, como inspiró al Último Libertador de América.

La Batalla de Ayacucho. (Suministrada)

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