Opinión
Por Pablo F. Cruz-Azize
Días atrás se celebró en la isleta de San Juan una Marcha Nacional por la Vida. Esta actividad fue convocada por una variedad de organizaciones católicas y tuvo un marcado carácter religioso con la exposición del Santísimo y el rezo del rosario.
Los asistentes marcharon desde el escambrón al Capitolio, donde se leyó una proclama denunciando el aborto y a favor de la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Se vinculó además la defensa de los niños no nacidos con la pronta celebración de la Navidad, dedicada al nacimiento de Jesucristo.
La defensa de la vida a través de la oposición al aborto es un asunto de gran interés o preocupación para algunos sectores en Puerto Rico. Creo que el mismo es legítimo, pero opino que lamentablemente la lucha por este importante asunto acaba limitada a endosar y votar por políticos solo porque se oponen al aborto mientras que el contexto colonial que hizo posible su legalización queda fuera de la discusión.
Muchos tal vez sabemos cómo Puerto Rico, tras ser invadido durante la Guerra Hispano-estadounidense en 1898, fue forzosamente entregado por España a los Estados Unidos a través de la firma del Tratado de París, considerado ilegítimo e ilegal por los nacionalistas puertorriqueños. Pocos en cambio tal vez sepan que el mal llamado “cambio de soberanía” (o mejor dicho la usurpación de la soberanía) acabó propiciando la progresiva legalización del aborto en el País.
La vieja ley española prohibía el aborto sin excepciones, pero la nueva ley estadounidense impuesta por el nuevo régimen colonial comenzó a permitirlo en los casos en que peligrase la vida de la mujer (la auténtica postura provida en estos casos difíciles debe ser siempre hacer lo posible por salvar a ambas vidas, no acabar con una para salvar a la otra). Llegaron también de los Estados Unidos ideologías neo-maltusianas extrañas, favorables a la legalización del aborto y a otros medios de control de natalidad.
La legalización del aborto se liberalizó más en Puerto Rico décadas después con la decisión Roe v. Wade del Tribunal Supremo Estadounidense en 1973, que significó la legalización a nivel federal del aborto si se realizaba antes del primer trimestre de embarazo. La misma fue luego revocada en el 2022 con la decisión Dobbs v. Jackson Women’s Health Organization, dejando a los representantes electos de los estados o territorios decidir sobre la legalización o no del aborto. Continúa Puerto Rico con el aborto legalizado bajo pretexto de la protección de la salud de la mujer según la ley colonial vigente.
Puede que el peligro de la promoción del aborto en Puerto Rico desde los Estados Unidos quede mitigado por los gobiernos “conservadores” tras la revocación de Roe v. Wade, pero idealmente el derecho a la vida desde la concepción no debería depender de los cambios políticos de una nación extranjera. Puede además ser importante crear conciencia sobre los orígenes colonialistas de la legalización del aborto para contrarrestar la lamentable promoción del mismo por parte de algunos sectores del independentismo puertorriqueño.
Es muy triste que los candidatos que dicen defender nuestra patria puertorriqueña deban ser denunciados por los sectores pro vida por favorecer la legalización del aborto, una práctica que debilita nuestra patria al privarla de nuevos puertorriqueños. La situación se vuelve indignante cuando, en su justo afán por defender la vida desde la concepción, los grupos provida recomiendan en cambio votar por candidatos opuestos a la independencia que venden la patria y que pertenecen a partidos denunciados por su presunta corrupción.
Recordar el origen colonialista de la legalización del aborto nos hace ver que la lucha por la vida y la lucha por la independencia no deben oponerse, sino complementarse. Debemos luchar por que cada puertorriqueño tenga el derecho de nacer y vivir hasta su muerte natural, pero creemos que sería más digno y honroso para cada puertorriqueño poder nacer en una patria libre donde se establezca una verdadera justicia social, que es una de las mejores garantías del respeto a la vida.
Reflexionemos para concluir en torno a las siguientes palabras del Maestro don Pedro Albizu Campos, gran luchador por nuestra independencia nacional, que reivindican la importancia de luchar por la vida de nuestra patria:
“La madre puertorriqueña tiene que saber que sobre todo es madre y que la maternidad es el privilegio más grande que Dios ha dado a la especie humana. Que hay opresión, que hay dolor, que hay hambre, que hay muerte lo sabemos; pero ni el dolor, ni el hambre, ni la muerte se remedian asesinando a la nacionalidad puertorriqueña en sus propias entrañas.”


O séase, que mi padrastro, mi hermano, mi abuelo, el vecino, un ministro o un maestro me violan, me preñan, y tengo que mantener el feto hasta que nazca aunque me muera de asco y dolor cada minuto de los siete o nueve meses que dure el embarazo (Mientras, el violador sigue haciendo de las suyas). Y tengo que parirlo y criarlo aunque no tenga con qué. ¡Qué fácil es llamarse «Pro vida» cuando se es macho!
El aborto debe ser una opción educada, legal y en lugares limpios; y no un arrebato ni imposición, ni una carnicería en algún cuchitril. Los predicadores de la moral en calzoncillos, dejen de oponerse a la educación sexual a los niños y jóvenes, y dejen de proteger a los abusadores sexuales. Así se reducirán los embarazos precoces, los niños no deseados, los abusos… y los abortos.
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