Trump: ‘Perder el dólar es perder la guerra’

Opinión

Antonio Camacho

El candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, concedió el pasado viernes una entrevista al periodista, Tucker Carlson. 

Durante la misma, el político destacó que EE.UU. no está atravesando su mejor momento. «Somos una nación fallida, somos una nación en serio declive”, dijo.

El dólar está perdiendo su condición de moneda de reserva mundial y, como consecuencia de la desdolarización, el liderazgo de Estados Unidos en el panorama geopolítico corre serios riesgos de desvanecerse.

Al fin surge un político estadounidense que reconoce públicamente el declive del gran imperio. Sin duda alguna, puedo asegurar que Trump tiene mucha razón. EE.UU. es una nación en franco declive, pero lo peor del caso es que no hay excepciones históricas a la regla de inevitabilidad en la declinación, debilitamiento y eventual desaparición de los imperios.

Lo que nos indica que a pesar de su obstinada intención no existe manera alguna de detener su continuada decadencia y de hacer a América grande otra vez. 

«Estamos perdiendo el dólar como patrón». «Perder el dólar» es equivalente a «perder una guerra», advirtió Trump, asegurando que tal hecho nunca ocurrirá con él al mando del país. 

La visión de Trump es muy estrecha. Estados Unidos se puede recuperar de una guerra, pero no así de la pérdida del dólar como divisa internacional. 

Un privilegio que ha llevado a la clase dirigente norteamericana a percibirse como dueños de una nación excepcional que puede, a nivel internacional, hacer y deshacer a su antojo lo que le venga en gana sin que nadie se le oponga.

Y tiene mucho sentido el que se vean de esa manera. Dicho privilegio le ha permitido endeudarse hasta el infinito sin graves consecuencias inmediatas y llevar la guerra a docenas de países en el mundo sin gastar, aunque parezca ridículo, prácticamente ni un centavo. 

El imperio al controlar la divisa mundial se apodera de una buena tajada de la plusvalía de los obreros del mundo, cuya suma es superior a la suma de sus gastos militares y de las supuestas ayudas a otros países. 

Al EE.UU. perder este privilegio todos sus males se agravarían y se desinflaría como imperio. Lo triste es que no tiene escapatoria. Está cayendo en su propia trampa. 

La trampa que tendió en Bretton Wood en julio de 1944 cuando se aprovechó de los estragos que dejaba la Segunda Guerra Mundial para sobornar al mundo occidental y arrastrarlo a aceptar el dólar como la divisa de intercambio internacional.

Al mismo tiempo, el candidato republicano criticó a la Administración Biden por haber permitido el estrechamiento de lazos entre dos potencias como Rusia y China. «Biden los unió», afirmó, agregando que «es una vergüenza». «Voy a tener que separarlos. Creo que puedo hacerlo», manifestó.

En este momento histórico del surgimiento y expanción de los Brics cuando el brazo de la balanza del comercio mundial se inclina aceleradamente hacia los países orientales donde residen dos terceras partes de la población mundial, creer que se puede destruir la relación entre Rusia y China es un sueño inalcanzable de alguien que desconoce la realidad mundial.

La integración entre ambas naciones no es sólo en el ámbito político, como parece creer Trump, sino también en lo económico, geográfico, cultural, educacional, científico, técnico, militar, proyectos espaciales y muchas otras áreas del conocimiento. 

Una simbiosis; por tanto, inquebrantable, entre las dos naciones. Trump tampoco toma en consideración la pérdida de credibilidad, desconfianza y rechazo que existe en la actualidad en la mayoría de los países del mundo hacia las políticas unilaterales de EE.UU.

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, dice el dicho. De ganar Trump, el efecto de sus políticas será contrario a sus intenciones; América no puede ser grande otra vez, su declive es inevitable, y lo que hará con sus buenas intenciones es acelerar su decadencia. 

Donald Trump durante la entrevista con Tucker Carlson. Foto/Al Jazeera

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