Nota del Editor: Primero de una serie.
Opinión/Análisis
ANTONIO CAMACHO
Luego del aplastante ataque misilístico de Irán a Israel del 1 de octubre, en todos los medios internacionales se especula delirantemente sobre los lugares de la República Islámica que serán bombardeados por el estado judío.
Los pozos de petróleo, las refinerías, los reactores nucleares, etcétera, serán destruidos, afirman. De niño aprendí que uno siempre debe llevar dos sacos; uno para dar y otro para recibir, pero hay quienes se empeñan en llevar uno sólo; el de dar. “Tenemos un brazo muy largo. Podemos llegar a cualquier lugar de Irán”, dijo Netanyahu en la pasada Asamblea General de las Naciones Unidas.
Curiosamente, esos medios omiten los lugares del estado sionista que serían bombardeados por Irán en caso de que los israelíes osen responder al ataque. Omisión producto de la concepción prepotente del colonialismo occidental en que el “fuerte” puede hacer lo que le venga en gana -cuándo, dónde y cómo- mientras el débil tiene como única opción someterse.
Precisamente, esa tendencia a subestimar al adversario es lo que arrastró al imperio norteamericano a cometer en Afganistán el mismo error que cometió en Vietnam, y una vez más ser humillado.
Todos aquéllos que comulgan con esta concepción prepotente, juran que como Israel es una gran “potencia militar” y cuenta con la ayuda de sus patrocinadores, EE. UU. y Gran Bretaña, podría destruir cualquier nación que se le antoje en el Medio Oriente.
A estos personajes de los medios noticiosos, les parece obvio que en una guerra entre Irán e Israel este último sería evidentemente el victorioso. Una creencia que se autoalimenta por la cosmovisión que predomina en el pensamiento mesiánico judeocristiano sobre el Israel Bíblico y por el respaldo incondicional anglosajón al estado sionista. Y particularmente al recuerdo de los aplastantes triunfos militares de los judíos contra los árabes. Victorias que se dieron en una época cuando el armamento de Israel era el más moderno del Medio Oriente y su ejército contaba con el asesoramiento, entrenamiento e inteligencia militar de la CIA y del M16 inglés, mientras los países árabes y persas estaban en pañales. Una situación que ha cambiado drásticamente desde entonces.
Además de la ayuda externa, del tamaño de los ejércitos, preparación técnico-militar y armamento de última generación, existen muchos otros factores que juegan un papel sumamente predominante en las posibilidades de triunfo de una nación en guerra.
Y mañana analizaremos parte de esos factores.

