Preámbulo [real] al Tratado: la diplomacia 

Nota del Editor: Segunda entrega del ensayo histórico “Tratado de París de 1898: entre la diplomacia secreta y la Constitución”, investigación en que la Dra. Nieve de los Ángeles Vázquez analiza el Tratado de París de 1898 desde una perspectiva crítica centrada en las violaciones constitucionales cometidas por España durante su negociación, firma y ratificación.

En el arte de la diplomacia, como en el arte de la guerra, los detalles son importantes. 

 TALLEYRAND 

Dra. Nieve de los Ángeles Vázquez

Para Prensa Sin Censura

Mientras el mundo prestaba atención al teatrillo de la batalla de Manila, a la trayectoria de la escuadra de Cervera y a la capitulación de Santiago, en paralelo y en las sombras se movía la diplomacia española. Tan temprano como el 11 de marzo de 1898 —un mes antes de la declaración de guerra— la reina regente María Cristina de Habsburgo recibió en audiencia privada al embajador del imperio Austro-húngaro. 

El objetivo de la secreta reunión era pedirle al emperador Francisco José (primo segundo de la reina) su intervención a favor de España ante la más que probable guerra con Estados Unidos. «Tenemos la firme promesa de Berlín y París para secundar la empresa» —aseguró la reina— «pero necesitamos que otra capital lo proponga».

La apelación de la reina no tuvo mayores efectos que no fuera el intento austrohúngaro de agrupar a las potencias europeas en una acción conjunta a favor de España. Sí llama la atención saber que desde marzo de 1898 el Gobierno español había definido su diplomacia en un camino que se bifurcaba entre Alemania y Francia. Sus embajadores en Berlín y París fueron desplegados —mucho antes que las escuadras navales— como piezas en un tablero de ajedrez, cada uno con la misión de gestionar alianzas de poder. Alianzas que, sin duda, tendrían un alto precio que debían estar dispuestos a pagar. La respuesta de Alemania a los acercamientos diplomáticos de España fue fragmentada y evasiva. En un primer telegrama, el emperador Guillermo II le hizo saber a la reina regente su disposición para defender la monarquía, pero ya en una segunda comunicación hablaba con más cautela «cuidando los intereses navieros y comerciales de Alemania con Estados Unidos». En un tercer telegrama sugirió directamente la intervención del Papa.

Es evidente que en Berlín daban por descontada la derrota de España y la pérdida de sus colonias, lo único que estaba en discusión es cuándo se produciría. La respuesta francesa también llegó por entregas y envuelta de grandes evasivas, esto a pesar de los esfuerzos del embajador español en París, Fernando León y Castillo. En un telegrama del 15 de marzo de 1898, el por entonces ministro de Relaciones Exteriores francés Gabriel Hanotaux, condicionó la mediación de Francia a la participación del resto de las potencias europeas. En reuniones posteriores con León y Castillo insistió en la secretividad de las negociaciones, pero sin mover sus fichas en pro de España. Igual resultado tuvieron los encuentros secretos entre ambos diplomáticos que ocurrieron durante todo el mes de abril y mayo. León y Castillo no conseguía el cometido de insertar a Francia en las conversaciones con Estados Unidos.

Con toda probabilidad Francia hubiera mantenido la misma política de neutralidad que el resto de las potencias europeas y el tratado que hoy analizamos no tendría ‘París’ en su apellido si Gabriel Hanotaux hubiera permanecido en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Pero no fue así. En junio de 1898 —justo antes del doble desastre de Santiago de Cuba y de la invasión a Puerto Rico— ocurrió un evento que impactará notablemente la historia: el ascenso de Thèophile Delcassé al Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia. Thèophile Delcassé se convertirá en uno de los personajes más influyentes de todo el período de entresiglos hasta la Primera Guerra Mundial. Será él el eje o pivote de la evolución diplomática europea que, llevada a cabo mediante una serie de acuerdos secretos de carácter diplomático, militar y naval, terminó oponiendo una Triple Entente a la Triple Alianza.

Fue precisamente Delcassé el responsable de dividir a Europa en dos campos rivales. División que, en conjunto con el militarismo, el nacionalismo y la irresponsabilidad de los dirigentes, condujo a la gran catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Pero ahora estamos en julio de 1898, en la primera acción diplomática de Thèophile Delcassé. Con su llegada al Ministerio de Relaciones Exteriores, la actitud de Francia frente al conflicto dio un giro copernicano. A partir de aquí todo se precipitó. El Gobierno de España abandonó aún más a sus provincias de Ultramar en cuestiones militares, ordenó la rendición inmediata de Santiago y desplegó una cortina de hierro que mantuvo las operaciones diplomáticas y militares en el más absoluto de los secretos. El 15 de julio de 1898, Práxedes Mateo Sagasta decretó, de forma unilateral sin consultarlo a las Cortes, la suspensión inmediata de las garantías constitucionales en toda España y el inicio de una férrea censura a la prensa que duró hasta febrero de 1899.

España quedó completamente a oscuras. De ahí en adelante no tuvo información alguna sobre ninguno de los importantes acontecimientos que ocurrirían en pocos meses. El 18 de julio de 1898 —apenas transcurridas 24 horas de la capitulación de Santiago— el ministro de Estado español, duque Almodóvar del Río, le escribió a León y Castillo para que pidiera formalmente la mediación del embajador francés en Washington. 

Tres días más tarde León y Castillo echaba a andar la operación: Ministro de Negocios Extranjeros acaba de manifestarme […] que Gobierno francés autoriza a su embajador en Washington: 

1º., para presentar al Presidente de la República de Estados Unidos mensaje del Gobierno de S. M., 2º., para solicitar armisticio preparatorio de negociación de paz […]. 

Una semana más tarde Jules Cambon, embajador de Francia en Washington, iniciaba las conversaciones con el presidente de Estados Unidos para terminar la guerra. Cambon actuaba en nombre de España. 

Un francés en la Casa Blanca

Era martes, 26 de julio de 1898 para ser exactos, cuando el embajador francés en Washington, Jules Cambon —un hombre de estatura media con rostro amable, casi benevolente, y cuyos 53 años comenzaban a asomarse en el pelo y las recortadas patillas — entró al salón biblioteca de la Casa Blanca. Allí lo esperaban William McKinley y el secretario de Estado, William R. Day, un abogado corporativo de la esfera Rockefeller. El francés les hizo saber a los presentes a través de su secretario personal, ya que no sabía ni entendía inglés, que tenía autorización para negociar en nombre de España los pormenores de la paz.

No presentó documento alguno, pero —ya fuera por su propio prestigio o por ser uno de los hombres más cercanos a Thèophile Delcassé— lo cierto es que Cambon actuó con autoridad total y absoluta para decidir en nombre del Gobierno de España.

En ese mismo instante —en aquella habitación victoriana con dos franceses, varios estadounidenses y ningún español— comenzó la redacción de los seis artículos que compondrían el protocolo de paz entre España y Estados Unidos. Diecisiete días más tarde ya estaban listos y firmados, no por los españoles sino por el francés (siempre en nombre de España). Esos artículos, a su vez, determinaron los contenidos exactos del Tratado que se firmó en París en diciembre de 1898. Tratado en el que Puerto Rico llevó la peor parte. Nunca antes había sucedido algo parecido. Ninguna nación entregó jamás poderes absolutos a un representante de otra nación (enemiga durante muchos períodos históricos) para que decidiera sobre asuntos tan vitales como la cesión de territorios, las condiciones civiles y políticas de sus habitantes o indemnizaciones en medio de un conflicto bélico. Una cosa es mediar, buscar interventores, representantes alternos o aliados diplomáticos, pero otra muy distinta es una dejación absoluta de funciones. A Jules Cambon se le otorgaron poderes supraconstitucionales para actuar en nombre del Gobierno de España. Podía firmar (cosa que hizo), cambiar palabras, omitir datos o decir una cosa aquí y otra allá (cosa que también hizo). Lo que quisiera. Práxedes Mateo Sagasta, sin tener poderes constitucionales para hacerlo, entregó los dados del juego a un político extranjero y, con esto, abandonó a su suerte a la propia nación a la que representaba. 

Pourquoi Paris? 

¿Qué hacía un francés negociando la tercera parte del territorio español en nombre de España? ¿Por qué el gabinete de Sagasta entregó todo el poder a Francia, potencia que había invadido a España y que tenía intereses coloniales que colusionaban con las posesiones españolas en África, en las Antillas y también en Asia? ¿Por qué Francia intervino en nombre de la nación que todos sabían sería la perdedora en aquel conflicto? ¿Por qué París? Nadie ha explicado las anteriores preguntas, pero se ha dicho que España, al quedarse sin embajador en Washington por razón de la guerra, no tenía la opción de autorrepresentarse en las negociaciones de paz y, ante tal dilema, seleccionó al embajador francés en Washington porque Francia era la potencia más neutral y que menos intereses tenía en el conflicto. Ni tan simple ni tan cierto. Para entender por qué y cómo Francia terminó en el medio de la guerra hispanoamericana, y antes de analizar los contenidos del Tratado de París, tendremos que seguirle la pista a los hombres fuertes del Gabinete español y también, por supuesto, a la mente detrás de toda la operación diplomática: el francés Thèophile Delcassé. Hagamos un poco de historia. 

(En la tercera parte conocerán a Los Cuatro Hombres de Sagasta)

Prensa Sin Censura agradece a la Dra. Nieve de los Ángeles Vázquez su autorización para publicar en serie el ensayo histórico publicado en Universi Contemplator, Revista del departamento de Humanidades, Universidad de Puerto Rico en Bayamón.

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