Nota del Editor: Tercero de una serie de artículos basados en un discurso del autor en el natalicio de Juan Antonio Corretjer.
Por Antonio Camacho
Para Prensa Sin Censura
Palestina es una tierra que por su posición geográfica y recursos hídricos ha sido codiciada por todos los imperios desde los más remotos tiempos.
Era la ruta mercantil y punto de encuentro de todas las caravanas que se movían desde el Norte de África, Asia, Lejano Oriente y Europa. Sin mencionar los tiempos del Imperio Romano, el pueblo palestino sufrió los embates de las cruzadas por 150 años, los estragos de dos Guerras mundiales, tres guerras árabes-israelíes, la guerra civil en su vecino, el Líbano, los efectos de la guerra del Golfo en 1991 y la constante persecución, masacres y desplazamientos forzados bajo el régimen sionista. Un calvario que muy pocos pueblos han vivido.
La Gran conspiración Contra el Pueblo Palestino
Parafraseando a Benjamín Freedman, judío y testigo: en el verano de 1914 estalló la Primera Guerra mundial. Durante los primeros dos años del conflicto, Alemania era la vencedora. El ejército francés había perdido unos 600,000 hombres y batallones completos se habían amotinado.
Parte del ejército ruso, disgustado por las políticas del Zar, desertaba. Gran Bretaña se había quedado sin municiones y los submarinos alemanes barrían con los convoyes en el Atlántico. Alemania estaba intacta. Ni una bomba había caído en su suelo. En Estados Unidos la prensa estaba en manos judías y sus simpatías estaban inclinadas totalmente hacia los alemanes.
Ante esta situación Inglaterra estaba considerando seriamente la paz negociada que le ofrecía Alemania, pero los sionistas de Alemania, que representaban a todos los sionistas del Este, se reunieron con el Ministerio de Guerra británico y se comprometieron a interceder para que Estados Unidos entrara a la guerra a cambio de que los británicos le cedieran Palestina.
Luego de este encuentro toda la prensa gringa se viró contra los alemanes. De buenos pasaron a ser los bandidos, cortaban las manos a los bebés, mataban a los trabajadores de la Cruz Roja, etc. Poco después el presidente Wilson le declaró la guerra a Alemania y el gobierno británico hacía la Declaración de Balfour donde le daba su respaldo al sionismo y la “emigración” de los judíos a Palestina.
Esta fue la gran traición que Hitler nunca perdonó:
“Cuando, en el Día de la Expiación, un judío entra en la sinagoga, repite tres veces una oración corta llamada Kol Nidre. En esta oración, entra en un acuerdo con Dios Todopoderoso que cualquier juramento, reverencia o ruego que haga durante los siguientes doce meses debe anularse. El juramento no debe ser un juramento; la reverencia no debe ser una reverencia; el ruego no debe ser un ruego. Nada de esto debe tener poder o efecto. Además, el Talmud enseña que siempre que un judío haga un juramento, reverencia o ruego, debe recordar el Kol Nidre que recita en el Día de la Expiación, y, por tanto que está exento de cumplirlas. ¿Podríamos confiar en su lealtad tanto como los alemanes confiaron en 1916 o los palestinos las miles de veces que han sido engañados?”
Para 1882 cuando empezó la adquisición de tierras palestinas por los sionistas, gran parte de la tierra eran predios de pastoreo comunal administrados por jefes tribales. Muchos de estos jefes con el paso del tiempo se convirtieron en testaferros de los predios y grandes terratenientes que se fueron al extranjero a vivir de la renta de las tierras. No le fue difícil a los Rothschild con sus grandes capitales convencer a estos individuos para que le vendieran las tierras. Una vez llegaron las primeras grandes inmigraciones de los supuestos judíos a estos territorios crearon grupos paramilitares y empezaron a amenazar, perseguir y desplazar a los pequeños agricultores y ganaderos.
Luego de la Segunda Guerra Mundial y como estaba estipulado en la Declaración de Balfour, los británicos se hacen con la administración de Palestina y le hacen grandes concesiones territoriales a los judíos. Por otro lado, las transferencias de tierras por medio de todo tipo de impuestos y artimañas legales, estaban a la orden del día. Líderes políticos, latifundistas, tramposos oportunistas, tras bastidores, vendían tierras que no le pertenecían con la complicidad de la administración británica, que se hacía de la vista larga.
Desde el 1982 hasta el 1948 cuando es declarado el estado de Israel, la población judía creció de unos 25,000 a 650,000.
Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y la misma Alemania le hicieron promesas a los palestinos que nunca cumplieron.
En 1947 las Naciones Unidas se sumaron a la gran conspiración contra el pueblo palestino con la partición de su territorio. Los judíos, siendo minoría, recibieron las mejores tierras y la parte mayor del territorio. Y a los palestinos, a estilo de apartheid, los enclaustraron en tres cónclaves separados geográficamente uno de otro.
Mientras tanto la aristocracia de Jordania conspiraba contra el pueblo palestino entablando negociaciones secretas con el gobierno sionista ofreciendo neutralidad a cambio de anexarse Transjordania.
En todo este panorama no podemos eximir de responsabilidad a una serie de oportunistas líderes palestinos que con sus posiciones pacifistas y reformistas impidieron la unidad del pueblo cuando más era necesaria y, por ende, su preparación para enfrentarse a una guerra prolongada. Como es la práctica en la lucha por la libertad de los pueblos, la alta y pequeña burguesía nacional siempre anteponen sus mezquinos intereses sobre los intereses del pueblo. Y de una forma u otra se convierten en colaboradores del enemigo.
Como hemos podido ver, la historia del pueblo palestino es la historia de una gran conspiración. Y en esta gran conspiración no podemos olvidar a la mayoría de los cristianos del mundo, que cegados por la propaganda sionista y el desconocimiento de la realidad histórica, justifican o mantienen silencio ante el genocidio que sufren los palestinos.
En la actualidad 6 millones de palestinos desplazados viven en campamentos como refugiados en condiciones infrahumanas. Unos 6 mil son presos políticos en las cárceles de Israel, cientos de ellos niños. El estado sionista destruye sus casas, confisca sus propiedades, los tortura, asesina impunemente y les niega el derecho de retornar a su patria, mientras descaradamente en 1950 aprobó la Ley del Retorno que concede ciudadanía y residencia a todos los supuestos judíos del mundo.

