Mañengue: el Quinto Elemento de La Perla

(Nota del Editor: entrevista de este periodista realizada en 2007 que reprodujimos hoy como un tributo a la memoria de José Manuel ‘Mañengue’ Hidalgo Maysonet. Agradecemos la gentileza de su representante, amigo y productor Ricardo L. Rivero por la foto y los recortes de periódicos.)

JAIME TORRES TORRES

Periodista y Editor

PRENSA SIN CENSURA

Si no tiene un tambor Mañengue se las ingenia y le saca música a cualquier superficie.

Lo hace en la capota de un auto, en una olla vieja, en un pedazo de cartón o madera, en las latas de las cervezas que se bebe a sorbos y en su abultada barriga. Y es que la clave se le sale por los poros y cuando conversa, articula sus palabras al ritmo del guaguancó.

José «Mañengue» Hidalgo Maysonet es un autodidacta de la rumba callejera.

La descubrió durante su niñez en los zaguanes sanjuaneros y en los callejones de La Perla, comunidad en la que residió durante casi dos décadas y donde aún viven muchos de sus amigos. El encuentro con el papá del sensacional percusionista Giovanni Hidalgo se produjo en la placita de la calle Norzagaray y de allí bajamos a La Perla.

A Mañengue, hombre de pocas palabras que se expresa mejor cuando sus manos tocan los cueros, lo acompañó su amigo Ricardo Rivero, productor de su nuevo disco «De la mata: Estampas puertorriqueñas» y quien nos asistió en el recorrido por el barrio.

A su salida de la orquesta de Los Durísimos, Mañengue continuó viviendo feliz entre La Perla, el Viejo San Juan y Puerta de Tierra porque su mayor riqueza siempre ha sido la libertad.

Entrevista, 2007

Caminamos y, de repente, observamos que El Topo seguía con prisa nuestros pasos para unirse al grupo. Pasamos por el mercado del escape, donde la oferta es prohibida.

Divisamos a varios deambulantes dormidos en la cancha del sector y, tambaleándose por las aceras, evadimos a algunos jovencitos soñolientos.

Aunque ya no reside allí, Mañengue siempre regresa a La Perla a saludar a los vecinos que no se han marchado del lugar, a pesar de la invasión de personas de otra procedencia e idiosincrasia.

En su vecindario, a mucho orgullo, han nacido los hijos, nietos y biznietos de esta gente sencilla y humilde. Al regresar de la escuela caminan y corren, sin sentirse amenazados por una bala perdida u otros miedos mal infundados. Algunos no saben, por supuesto, quién caramba es Mañengue. Pero la gente madura, sí.

Esa gente obrera inmediatamente lo reconoció, saludándolo con cariño y confianza, aunque algunas doñas, no sé porqué, le gritaron a los cuatro vientos las palabrotas más feas que se pueda uno imaginar.

En ese ambiente fue nuestro encuentro, un martes de noviembre de 2007 a las 3:00 p.m., en la esquina del zaguán contiguo al cafetín El Zángano. Entró y le ordenó una Medalla a Hilda. Nos invitó a una fría y no se la aceptamos, aunque sí brindamos con una soda. Se rascó las partes bajas tres veces y se puso la mano en la barbilla, antes de evocar sus primeras cuitas con los cueros.

El viejo Caín, Guagua y Sergio Beltrán, difuntos hoy, tocaban con él en una especie de clandestinaje porque, según Mañengue, el tambor era sometido a cierto tipo de segregación por la gente de la alta alcurnia del San Juan de la década del 50. «Eso era cosa de negros. Había racismo. Aquí no, pero allá arriba, sí, y era por el desorden y por la forma en que se cantaban las cosas, con tanto vacilón», recordó el maestro percusionista nacido en la calle Sol.

Era la época del proyecto Manos a la Obra, en tiempos de Felisa Rincón, viuda de Gautier. Y sus padres Luisa la Cubana y Cagüita, oriundos de La Perla, muchas veces lo sacaron de la escuela para que hiciera mandados, como llevar café y pan a los obreros de los puertos. Mañengue, conocido después como el «Alcalde de La Perla», observaba cuanto acontecía a su alrededor y, con latas y después con tambores de cuero de chivo y cajones, le impartía ritmo de rumba y bomba a la cotidianidad del entonces arrabal sanjuanero.

Así nacieron las crónicas del pescador Pascual, las memorias del callejón y la devoción a la arena de la playa, alternativa natural para las horas de descanso cuando falta un buen colchón. «Si hubiese sabido esto, muchas de esas rumbas las hubiera guardado», lamentó Mañengue, descrito por su amigo Ricardo Rivero como un talentoso «filósofo, compositor, cantautor, cocinero, feliz pescador y artesano».

Era la época de «Sepia Bajo Mundo», el colectivo en que Chino Timba, Julio Collazo, Regina, Ramón Frito, Bacalao y Fanfán le cantaban y tocaban a la vida entre sorbos de aguardiente. Y así, desde su entorno en la caleta Las Monjas, en la época de sus esporádicas visitas a las escuelas Lincoln y Baldorioty, donde sólo cursó hasta el octavo grado porque lo botaron, se entretuvo tocando en rumbones que también formaban en las Fiestas de Cruz y en los rosarios cantados.

A los 18 años ya sudaba la gota gorda cargando y acomodando sacos en los muelles. Pero su fama de conguero de esquina, de un tumbao sabrosón, trascendió y pronto sus servicios fueron solicitados por Héctor López y la Orquesta San Juan, El Combo Moderno, la Orquesta de Jack del Río y Los Barbarians de Harry Fraticelli.

El gran Ricardo Ray lo había visto tocar en Atlantic City con la orquesta de La Lupe. Y lo fue a buscar al bar de Ramona en La Perla.

«De aqui me sacaron con los mejores trajes y zapatos a tocar con Richie Ray y Bobby Cruz. Yo no queria ser músico lo mío era trabajar. Yo fui músico por el populacho. Pero le hice caso a amigos como Rafi y estuve tocando con ellos hasta el 1977, en que se hicieron aleluyas, porque yo creo en Dios, pero a mi forma», señala Mañengue, entonces -en 2007- de 63 años.

Su religión y credo eran distintos. Aseguraba que día tras día descubre al Ser Supremo a través de la contemplación de los cuatros elementos: el aire, la tierra, el fuego y el agua.

«Ahora mismo estamos aquí y cae una bomba y nos salvamos tres», dijo en alusión a Ricardo, a este reportero y a él, porque El Topo se encontraba dentro de El Zángano.

«Se usa la tierra, de lo contrario no estaríamos aquí. Se usa el fuego para cocinar los alimentos. Se usa el agua y con el agua se apaga el fuego. Y sin el aire, no respiramos y morimos todos. De todos, el más raro es el aire, porque no lo vemos y cuando se enfogona, lo destruye todo»,

Richie y Bobby fueron santeros. Y después de convertirse al cristianismo, conversaron con Mañengue para que también aceptara a Jesús como su salvador personal.

«De los dos, Bobby es el más que sabe. Tiene una mente ampliada y cae donde quiera. La orquesta más seria con la que he trabajado fue esa. Yo era el chofer de la guagua porque todo el mundo chocaba».

A su salida de la orquesta de Los Durísimos, Mañengue continuó viviendo feliz entre La Perla, el Viejo San Juan y Puerta de Tierra porque su mayor riqueza siempre ha sido la libertad.

En su discurso sobre su poca eduacación, Mañengue reitera que aunque no tiene el «pupitre necesario para bregar con el mundo», sí ha cursado un doctorado en la universidad de la calle y la vida. No había concluido su pensamiento cuando por el zaguán apareció la negra Dinora, como apoda a la dama que lo acompañaba junto a la vieja Lu, de Esteban el Cojo, en los baquinés y los rosarios cantados a los reyes y a la santa cruz.

La plena «Mañana por la mañana» (llena tu casa de flores/que seguro te visita/la Virgen de los Dolores) nació en casa de Lu, quien les prestaba el pilón para los asopaos de caracoles que preparaban a la orillaq de la playa, donde acampaban y se bañaban esnús.

Mañengue, cuyo recuerdo se ha perpetuado en la memoria colectiva de Guaypado, el sector de La Perla localizado en las colindancias del cementerio y los terrenos de El Morro, ya no vive en La Perla.

Regresa ocasionalmente, aunque la cosa no es como antes. Le preocupan los planes de expropiación y desarrollo que presuntamente se contemplan para el barrio. «Esto es nuestro, pero no nos pertenece porque nosotros no podemos tomar decisiones. Las toman allà afuera, por nosotros. Aquí no se hace lo que nosotros queremos», dijo Mañengue, cambiando el tumbao.

Si las estructuras de La Perla fueran demolidas o implosionadas, Mañengue sabe que el aire con olor a salitre que allí se respira siempre será un testigo silente de las historias de «Canto un canto», “Mata de plátano», “Pascual», «La formamos», “Callejon», “Pulpa de tamarindo» y «Pan de mallorca».

Memoria de un pueblo que el dinero no puede comprar ni destruir. Vivencias perennes en el rumbón grabado por Mañengue en “De la mata» junto a su hijo Giovani Hidalgo que revelan con elocuencia la sabia de este artista de la mandinga y la cultura cuchifritera, a quien el locutor Rafi Torres describe como el poeta silvestre de la filosofía callejera y cuyo talento en las tumbadoras El Topo reconocerá en un disco de boleros.

José Manuel ‘Mañengue’ Hidalgo Maysonet. Foto/suministrada por Ricardo Rivero.

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