Crónica
JAIME TORRES TORRES
Periodista y Editor
PRENSA SIN CENSURA
Llegué a la oficina de mi médico de cabecera a buscar una orden para los laboratorios de inicio de año.
De repente, una mujer, con una persistente tos, que casi la ahogaba, entró y se acercó al mostrador para anotarse con la urgencia de una consulta con el doctor.
⁃ Hace dos días estuve en una sala de emergencias y me recetaron varios medicamentos que no me surten efecto. Mis pulmones no están congestionados y mi oxigenación está en 97, pero esta tos me debilita y necesito otro medicamento, dijo la señora.
Le preguntaron por el diagnóstico. Cuando mencionó que dio positivo a Influenza A, la secretaria y la enfermera le dijeron que no podía sentarse en la sala de espera; que debía esperar en su auto.
La señora salió y se encerró en su vehículo. La secretaria y la enfermera desesperadamente comenzaron a ‘desinfectar’ el área.
Media hora después la mujer entró para que le permitieran usar el servicio sanitario.
⁃ Me estoy hidratando y necesito orinar. Por favor, ¿me permite entrar al baño?
La respuesta fue un rotundo NO.
Sentí vergüenza e indignación. Me le acerqué a la secretaria para decirle que le estaban violando sus derechos como paciente, como adulta mayor y como mujer. Le pedí que le informara al doctor, a quien consideraba mi amigo, que el trato de su oficina a la señora deshonraba su juramento de Hipócrates.
Un cuarto de hora después la mujer entró para pedirle a la secretaria que le devolviera la tarjeta de su plan médico privado porque no soportaba más los deseos de orinar y se marcharía a su casa.
La enfermera accedió que usara el baño.
Esperó 40 minutos más hasta que por fin el galeno la pudo atender, pero no en la oficina. La atendió en el balcón, a distancia y sin empatía.
⁃ Siento que me han tratado como si fuera una leprosa o una tuberculosa. Jamás regresaré a esta oficina, dijo irritada después de pagar el deducible.
Frente al doctor, cuyo nombre por lo pronto Prensa sin censura se reservará, le comenté: “Wao, ¡mano a lo que se ha llegado!”
Y, como una catarsis, comenzó a exteriorizar que se siente hastiado; que después de las vacunas COVID ha sido testigos de enfermedades y condiciones nunca vistas y que la situación lo intimida sobremanera.
Como muchos, el que desde ayer dejó de ser mi médico de cabecera tiene miedo y se siente extenuado. No puede ni aguanta más el empuje. Diariamente ve entre 40 y 50 pacientes de todas las edades.
Hace lo que puede hacer sin complicarse la existencia. Cuando son enfermedades respiratorias receta tamiflú, panadol y robitusín. Parece distanciado años luces de sus pacientes, que conoce de décadas.
Es hipócrita con el juramento de Hipócrates y simplemente sobrevive porque a sus 73 años no puede cerrar su consultorio.
Con la orden de laboratorios en mis manos, lo miré fijo a los ojos y le dije que a mí también me perdió como paciente.
No regresaré a su oficina en Fajardo.
La experiencia es suficiente para entender que la mejor medicina o tratamiento siempre será la prevención… ¡Coño!

