«Si el nombre de Eugenio María de Hostos ha de pasar a la historia o ha de quedar en la rebelde oscuridad que lo ha perseguido en el curso asiado de sus días, lo sabremos pronto. Pero, recompensado por la historia u olvidado por los hombres, su vida será un ejemplo y una lección severa que importa dar las generaciones que se forman en la América latina.»
Teresa María de Hostos
Para Prensa sin censura
Así comenzaba Hostos, en mayo de 1874, una de las páginas de lo que fue su Diario. De esta manera, en tercera persona, decidió dar a conocer los atribulados días que caminaba lejos de la que llamaría su «Madre Isla».
Pero resulta que hoy, once de enero, Eugenio María de Hostos, mi abuelo, una figura lejana y cercana a la vez, una figura que todavía siento a mi lado a pesar de nunca haberlo tenido físicamente junto a mí, cumple la friolera de ciento ochenta y cinco años de haber nacido.
Tantos años y yo continúo alargando mi mano para estrechar la suya, y dando pasos sin poder caminar junto a él a ver el mar ni sentir la brisa fresca en nuestros rostros. A veces me pregunto si será porque no me lo merezco.
Sin embargo, pienso a la vez en que esos mismos ciento ochenta y cinco años han transcurrido en este país donde tanto él como yo nacimos y no han nacido ni la libertad ni la independencia todavía. Esa independencia por la que luchó, esa libertad que lo sacó de aquí para llegar a otras tierras a encontrar el exilio que lo cobijó.
Ciento ochenta y cinco años y Hostos ha vuelto a ser un proscrito: su propuesta pedagógica sigue vedada en el que siempre han llamado “primer centro docente del país» y en el resto de las instituciones educativas, el Instituto de Estudios Hostosianos de ese mismo primer centro docente, fue cerrado con la pueril y gastada excusa de la falta de presupuesto para que siguiera operando, eliminaron su natalicio del calendario (indudablemente colonial) de feriados y la Sala Hostos, abierta hace más de cuarenta años está cerrada hoy no sólo por la falta de servicio eléctrico, sino por lo que es peor, la abundancia de desidia y de desdén que caracteriza las administraciones de gobierno.
A ciento ochenta y cinco años, mi deseo es que haya gente suficiente para levantar el recuerdo de Eugenio María de Hostos una vez más, por encima de toda indiferencia. Al levantar su recuerdo, levantaremos el recuerdo, y también el sacrificio, de tantos otros y tantas otras patriotas que aguardan ansiosamente nuestra suprema definición.
Comencé con una cita de Hostos y termino con otra, que pienso y siento que es más bien un recordatorio:
“Los pueblos, consagran sus grandes días a lo que deben los individuos consagrar sus natalicios: no tanto a regocijarse, cuanto a examinarse; no tanto a enorgullecerse, cuanto a estimularse; no tanto a hincharse de vanidad, cuanto a robustecerse de conciencia”.
Gracias.

