Segundo de una serie.
Nota del Editor: Ensayo histórico y crítico sobre la tradición de los Santos Reyes y la nacionalización del Rey negro Melchor que aparece en el libro “El Movimiento de los Reyes Magos hacia la Estrella Sola” del fenecido historiador, antropólogo, investigador y artesano Ramón López, que lo compartió con este periodista seis años antes de su fallecimiento en 2020.
Por Ramón López
Los puertorriqueños prefirieron abrumadoramente unos Reyes Magos montados a caballo, caballos de tres razas, los Tres Reyes mirando de frente al expectador, un rey negro Melchor en el medio sobre caballo blanco, dos Reyes de piel clara uno a cada lado, los Tres Reyes con coronas y los tres portando regalos en cofres, vasijas y frascos variados mientras deian sueltas las bridas de sus caballos.
Todas las variaciones que hemos encontrado diferentes a esta representación general, dan cuenta de la creatividad y variedad de la gestión artesanal pero siempre son minoritarias respecto a la formulación anterior. Este dato no se postula con suficiente claridad en las investigaciones eruditas anteriores sobre el tema.
La insistencia en distinguir imágenes excepcionalmente originales o hermosas nos ha privado de captar la predilección generalizada que aquí se detalla.
Tenemos entonces que una gente creyente en un catolicismo popular contestatario logró a una imagen de los Reyes Magos que les parecía digna de imitarse y repetirse, aunque admitían y fomentaban sus variaciones y originalidades. Esta imagen privilegia el movimiento, desplazamiento, viaje, peregrinación: los Reyes Magos son ante todo jinetes.
Los puertorriqueños no los identificaron tanto como visitantes ya llegados sino como viajeros en movimiento. La narrativa legendaria compartida les informaba que viajaban siguiendo una estrella aunque no representaran mucho el astro en sus tallas. Estos Reyes Magos no manifiestan un encuentro sino una búsqueda. Su deseo de hallar un Mesías de salvación estaba aún por cumplirse.
Esta imagen de los Reves Magos surgió de una época en que la mayoría de la población puertorriqueña era de piel oscura. Los testigos educados de aquel tiempo escribieron testimonios sobre un racismo prepotente y generalizado: no había en la colonia nada peor que ser negro. Los mestizos o «pardos» sufrían un discrimen similar. Los europeos que llegaban quedaban asombrados ante la variedad de colores de la gente de la colonia pero pronto la reducían a blancos, negros y pardos. El pueblo, sin embargo, se esmeraba en distinguir todos los matices de sus coloraciones.
Lo despreciable de la negritud permeaba todos los aspectos del orden público: un negro ni siquiera tenía derecho a defenderse en caso de agresión por un blanco. Este racismo impuesto se sustentaba sobre una superioridad basada en la «pureza de sangre» perfectamente aceptada por la Iglesia Católica, de manera que los oprimidos por el color de su piel – esclavos, libres, cimarrones- no tenían consuelo ni defensa en el seno de la Iglesia. El clero era tan racista como el régimen de gobierno y justicia.
Esa gente de piel oscura, tan abundante y desmerecida, venía obligada a someterse a una organización oficial de la espiritualidad basada en la virtud y el pecado: la virtud se expresaba con luz y blancura y el pecado con oscuridad y negritud. Los negros y pardos no tenían espacio en el clero católico.
A la distancia racista se añadía la distancia de la evangelización misma: los logros en el adoctrinamiento de la población de la colonia siempre fueron escasos y superficiales. «El no vivir congregados en los pueblos» junto a la falta de sacerdotes y la política racista, dejaron a la población mayoritaria sin acceso personal y directo a la vida sacramental de la Iglesia.
Su catolicismo popular fue una respuesta al abandono institucional. En esa espiritualidad popular, la identificación con lo sagrado era esencial y necesaria. La gente puertorriqueña colocó en sus devociones imágenes de su realidad cotidiana, aumentadas y sacralizadas según los poderes que reconocían a santos y deidades de su trasfondo cultural. No tiene pues nada de extraño que un rey negro asumiera un rol protagónico en las esperanzas, devociones y ritos de una gente oscura con poca evangelización católica.
La Virgen de Monserrate cumplió una función similar pero los Reyes Magos incorporaron una identificación más completa, plural y perdurable.
Todo lo que le dicho puede expresarse de otra manera. La cotidianidad de la vida de la colonia, considerada por los colonizadores como una extranjeridad, fue la matriz de la espiritualidad popular. Los puertorriqueños se identificaron con tres personajes sagrados de tierras lejanas, de cultura diferente a la dominante, de presencia étnica más variada y familiar y, sobre todo, de constante movimiento pues, «el no vivir congregados en los pueblos» hacía que nuestra gente estuviera en continuos desplazamientos: los del tráfico esclavista, los de sus lugares de trabajo, los de las tierras que podían ocupar temporeramente, los del contrabando que les permitía insertarse en el movimiento mercantil, los del peregrinaje espiritual y devoto, los de la cimarronería constante.
Así, la hospitalidad hacia visitantes, viajeros y peregrinos se hizo parte de la vida cotidiana y por eso tuvo que buscar expresión en los ámbitos trascendentes de la espiritualidad: los Tres Santos Reyes Magos que se movían siguiendo la salvación de una estrella se convirtieron en representantes de una gente envuelta en el movimiento de la domesticación de una isla en fuga.
Quizás por ese movimiento constante, la expresión festiva y pública de la colectividad reunida en convocatoria de celebración asumió las formas favoritas de procesiones en la zona urbana y trullas en la zona rural. La gente no se congregaba sólo en el espacio del templo o el hogar sino en el tránsito mismo del desplazamiento socializado.
¿Qué llevaba a esta gente a identificarse más con el rey negro? ¿Por qué Melchor facilitaba la comunicación de lo humano y lo divino? Vale la pena reiterar que todos los acondicionamientos socioculturales que hemos reconocido aquí se insertan en la importancia generalizada de la Fiesta de Reyes, avalada por el sistema colonial mismo.
Melchor era la presencia visible de una posibilidad de libertad – sólo de un día- y de un trastoque del orden institucional a favor de los desposeídos. La cimarronería -tan presente en la vida de las Islas-evidenciaba la posibilidad de extender ese efímero ámbito de la libertad a un escape real y un alejamiento de la dominación colonial.
La cimarronería, claro, era ante todo la puesta en escena del movimiento como modo de vida.

