Rhina M. Jiménez MS
Para Prensa sin censura
Mucho se comenta acerca de la inteligencia artificial (IA) o AI por sus siglas en inglés.
Como toda tecnología nueva, ha causado diferentes tipos de reacciones en la sociedad. Luego de generar curiosidad y euforia, han surgido sentimientos de aversión, preocupación o miedo hacia este tipo de tecnología. Eso es totalmente normal cuando algo tiene el potencial de ser utilizado como instrumento para hacer el bien o el mal.
La dualidad del potencial de la tecnología no es nueva, por lo tanto, ha de esperarse reacciones mixtas “a favor” o “en contra” de su uso y manejo.
Sin embargo, tal y como ha pasado con tecnologías previas como las computadoras, la energía nuclear, la clonación, el internet, el “smartphone” o el CRISPR-Cas 9, en algún momento, entraremos en discusiones éticas y regulaciones respecto a su uso. Por lo tanto, los avances respecto a la inteligencia artificial no es algo que nos deba desvelar.
Lo que definitivamente debería ser motivo de preocupación es el retroceso de la inteligencia humana. Para que puedan seguir surgiendo avances tecnológicos significativos, necesitamos personas con el potencial de utilizar su inteligencia y habilidades. Individuos que identifiquen problemas y los resuelvan integrando su conocimiento de manera práctica para crear herramientas que ayuden al ser humano, eso en esencia es tecnología.
La tecnología por definición se puede utilizar para complementar la inteligencia humana, mas no puede sustituirla por completo. La inteligencia humana es compleja, tal y como lo describe el psicólogo y educador Gardner en su teoría de las inteligencias múltiples. Valga destacar que las inteligencias del tipo emocional, creativa y existencial son el verdadero reto de la tecnología de inteligencia artificial.
La inteligencia artificial se limita a la creación de aplicaciones que realizan tareas complejas en menos tiempo o con mayor eficiencia. Contrario a una simple automatización mecánica, la IA puede procesar datos utilizando patrones o algoritmos para mejorar su rendimiento.
Sin embargo, para crear dichas aplicaciones se necesita la inteligencia humana para diseñar los programas. Dichos programas funcionan con los datos que se les provee, los cuales pueden adquirirse de diferentes fuentes. La única preocupación genuina respecto a la IA, debería ser el tipo de datos que se manejan y quien tiene pertenencia sobre esos datos.
En vez de agobiarnos por “máquinas que piensen por sí solas”, debemos evaluar el acceso y el uso de nuestros datos personales. Eso sí sería un asunto ético que debería resolverse y regularse lo más pronto posible.
Al día de hoy, la toma de decisiones de la IA es aparente, porque no puede responder o adaptarse a todos los escenarios posibles. En general, todavía no es más rápido, exacto o eficiente que el cerebro de un humano promedio. La IA depende de sistemas de computadoras y redes de información, que a su vez dependen de energía eléctrica. Por lo tanto, en casos de emergencia, no nos sirve de ayuda o herramienta para la supervivencia de nuestra especie.
Es necesario que se integre el aprendizaje de tareas manuales a la par con el uso de la tecnología más moderna. Sobre todo en nuestro país que está a merced de desastres naturales, mala infraestructura, crisis energética y pésimos servicios de comunicación. Tenemos que ser realistas y recordar lo irrelevante e inútil que resultó tener un “smartphone” justo luego del huracán María.
Recuerdo que, en ese tiempo yo estaba de profesora en una escuela especializada en ciencias y tecnología. Antes del huracán integraba el uso de la tecnología en mi clase de biología de décimo grado, proyectando presentaciones interactivas y videos que facilitaban explicar ciertos conceptos abstractos.
Tras el paso del huracán, tuve que recurrir a enseñar de la misma forma en que yo aprendí: con tiza y pizarra. Para mi sorpresa, una vez acabada la emergencia y reestablecido el sistema original, los estudiantes rechazaban las presentaciones y los videos. Pedían que les explicara utilizando solo la pizarra y el marcador, eso les resultaba innovador y les permitía desarrollar su inteligencia creativa.
El rendimiento académico de los estudiantes en ese año en mi clase, fue mucho mejor que el de otros grupos en años anteriores. Si yo no hubiese estudiado en la época en que no había computadoras ni internet, no hubiese tenido mucho que ofrecerles para poder transmitirles mi conocimiento.
El retroceso de la inteligencia humana recae en la alta dependencia de la tecnología moderna para hacer tareas simples. Los individuos que dependen de la tecnología de esa forma, son los que más miedo le tienen a la IA. Porque han dejado de pensar por sí mismos, se han devaluado como personas y menosprecian su capacidad de resolver problemas de forma creativa. Son los mismos que dicen que no vale la pena estudiar artes, humanidades o filosofía porque serán materias obsoletas. Los que creen fervientemente que solo las carreras STEM han de mantenerse, ya que son los que continuarán programando algoritmos y alimentando con datos a la inteligencia artificial. A ellos les digo que, de la misma forma que no tenemos un ejército de clones como en Star Wars, a pesar de que la clonación existe hace más de 25 años, tampoco la IA va a dominar el mundo como en The Matrix. Para muestra, con un huracán, un terremoto o una guerra basta.
La máxima expresión de la inteligencia humana nace de la necesidad de sobrevivir y adaptarse a su ambiente.

