En ágape a la vida de papá en Cayey, Puerto Rico
Bany Sepúlveda Rivera
Para Prensa sin censura
Comparto esta reflexión contigo como prueba fehaciente de una de las lecciones gigantes que nuestros padres nos instalaron en la piel.
La realidad es que nuestra familia tuvo a bien aprender a extraer lecciones de todas las circunstancias en las que la falta de salud nos pegó contra la pared. Nos faltaba el aire, pero aprendimos a jugar a ganarle a la muerte.
Era el año 1976 y Willie iba despuntando de su crisis de salud que le había quitado tanto, tanto. Pero aún no caminaba, esa tarde, estábamos todos sentados en un mueble semicircular en la sala. Papá empezó a dar brinquitos hasta desplazarse de un extremo al otro del mueble. Todos los hijos empezamos a imitarle entre risas y carcajadas.
Willie estaba integrado a todas nuestras actividades, no recuerdo ni en una haberlo dejado de lado. De pronto, Willie empezó a brincar con algo de dificultad por todos sus impedimentos imitándonos, trataba de impulsarse y saltar, su manita y piernita derecha no respondían, pero él las obligaba.
Lo logró… Pudo brincar de un extremo a otro con mil dificultades y todos le celebramos ese triunfo que nos demostraba que estaba conectado con su entorno y camino a su arduo renacer.
Algún tiempo después, mamá y papá decidieron poner de pie a Willie y darle el coche de muñecas de Nelly para que el impulso del empuje le obligara a dar pasitos. Todos éramos los testigos de sus hazañas. Así fue, nuevamente, que lo logró. Volvíamos a estar frente a la maravilla de no dejarnos vencer y ayudar a Willie a sobreponerse a tan vil catástrofe en su salud.
Mamá y papá siguieron retándose en el proceso de lograr que Willie caminara a pesar de que lo condenaron a muerte o en la mejor suerte quedaría en estado vegetal. Cada paso, cada logro, era una gran fiesta íntima. Yo, particularmente, lloraba de alegría al ser testigo de tantas cosas que me oprimían mi alma diminuta aún.
Un buen día, papá y mamá decidieron darle una linterna con la luz encendida.
«Agárrate de la luz, Willie, agárrate de la luz»- le decía papi a Willie. Él se tambaleaba con máximo temor y con dificultad decía: » Ay Dios mío, Ay Dios mío». – y así daba sus primeros pasos.
Mientras esto ocurría, papá me miraba con ojos llorosos y luego en el oído me explicaba el gran logro que esto significaba. Me dijo: «Bany, Willie está caminando y no se da cuenta, camina porque cree en lo que le digo de agarrarse de la luz. Willie está caminando, Bany, tu hermano está caminando”.
De pronto, papá se me acercó y me dijo: «Le voy a apagar la linterna, Bany. Si le apago la linterna y tu hermano se cae por no poder agarrarse de la luz, entonces, tendremos grandes logros con él porque significa que cree en lo que le digo».
Entonces, papá le apagó la linterna y Willie cayó al piso. Y fue mágico para mí reconocer la grandeza de nuestros padres ante tanto oprobio. Lloré como nena solitaria bajo un aguacero.
Con ello, aprendimos la maravilla de ir contra diagnósticos. Aprendimos la maravilla de instalarle a la gente a nuestro paso, una expresión de esperanza aunque todas las circunstancias planteen lo opuesto. Aprendimos a caminar bajo la tormenta con certeza.
Aprendimos las grandes cosas que logra el amor. Aprendimos a validar a las personas con diversidad funcional. Aprendimos a encender linternas y agarrarnos de la luz aunque a todos parezca imposible.
Aquí tienes una linterna simbólica para que te agarres de la luz. Y si llegas a caerte en el intento, valió la alegría (nunca la pena) para nosotros, porque solo te sostuvo la capacidad de creer.
Muchas circunstancias muy dolorosas e inevitables nos hicieron mujeres fuertes y de ello estamos agradecidas Nelly y yo.
Y tú que me lees, ¿qué linterna enciendes o apagas en tu paso por la vida?
De ese modo, pedimos a Papá que nos sostenga con su Luz. Descansa en paz, papá. Te lo mereces.

