JAIME TORRES TORRES
Periodista y Editor
PRENSA SIN CENSURA
Es la historia de un ejemplar relevo generacional y cultural: don Juan Fuentes Molina, conocido como el Artesano de Loíza, pasa el batón a su hijo Juan Andrés Fuentes Hernández, joven profesional que sigue sus pasos en el arte de la confección de los barriles de bomba y los panderos de plena.
Es una estirpe de indiscutible relevancia cultural porque sigue las huellas de Rafael Cepeda y Marcial Reyes, maestros -entre otros- que no solo se inmortalizaron por tocar la bomba y la plena, sino por confeccionar sus barriles y panderos con cuero de chivo.
El legado que Rafael Cepeda dejó como herencia a sus hijos Modesto y Jesús se repite entre Juan y su hijo Juan Andrés desde el humilde y colorido rancho del Taller La Plena en Loíza.
El encuentro de Prensa sin censura con padre e hijo primero tuvo lugar en Puente Herrera, donde un gigantesco barril, conocido como El Tambor Mayor, comisionado por el Taller N’ Zambi de la folclorista Sheila Osorio, captura la atención de los visitantes y turistas, siendo escenario de fotos y videos.
“Hace un año Sheila nos presentó la idea. Pensando en una cisterna de 400 galones, medimos la circunferencia y las tablas. La dueña del tambor también suplió parte de los materiales. Empezamos a buscar tambores en otros países y vimos lo que se ha hecho en Japón y en Haití, con uno que se usa para el vudú. Y decidimos hacer un tambor de bomba a la usanza del siglo XVIII de taquete o cuña con colores naturales, dejándome llevar por la idea de cómo don Rafael Cepeda Atiles montaba sus tambores”, explica Juan Fuentes Molina, cuyo hijo Juan Andrés ayudó, junto a Frank Latorre, en el lijado, cepillado, pintura y amarre del barril de cuero sintético que permanece a la intemperie a pocos pasos de la desembocadura del Río Herrera en el Atlántico.
Luego nos trasladamos al Taller La Plena que Juan Fuentes Molina mantiene en el sector La 23 de Mediana Baja, lugar donde ha creado sus tambores y máscaras de vejigantes, pero que por condiciones de salud ya no puede confeccionar con el vigor de antaño, por lo que se siente feliz de que su vástago Juan Andrés siga sus pasos.
“Para mí es un honor no solo continuar con mis faenas como artesano, sino también seguir los pasos de mi padre, que es lo más importante”, dijo Juan Andrés a este medio independiente.
Mientras, su progenitor, que en el tiempo libre de su trabajo como profesional se distinguió por su pasión por la artesanía de instrumentos de la cultura afroboricua, agradece a Dios la gracia de tener a su hijo a su lado y la dicha de compartirle sus conocimientos y destrezas.
“Esperamos en Dios, por la gracia que nos dio de convertirnos en padre y ver el fruto ahora de todo lo bueno que nos ofrece, sigamos dando gracias para que vivan Loíza y sus tradiciones”, señaló el maestro artesano.
“Gracias le doy a Dios porque cumplimos en favor de la cultura y cuando pasamos el batón nos damos cuenta de que hay bomba y plena para rato. Esto es un ejemplo de que las cosas buenas las seguiremos apoyando. Sé que en el futuro seguirá trabajando por esto”, añadió don Juan Fuentes Molina.
Padre e hijo comparten la idea de que sin plena la navidad no es Navidad. Y durante la visita adelantaban el diseño de la diversidad de panderos que tendrán al alcance del pueblo en una carpa contigua al Concilio de Salud de Loíza en la intercesión de las carreteras estatales PR-188 y PR-187.
“Al final de toda esta conexión de información y conocimientos, cuando llegue la hora de pasar el batón, que es ya mismo, él pueda darle continuidad”, comenta.
“Ya él puede hacer un tambor solo. Lo que sí es dedicarle tiempo en su quehacer a los elementos más importantes del instrumento. Estas cosas no se olvidan, pero cada fin de semana él va haciendo su poquito, hasta el día que lo pueda hacer sin consultar porque, poco a poco, le dará sus detalles al tambor de cuña y de torniquete”, añadió.
El Taller La Plena fue fundado hace alrededor de 50 años, en 1974. Ya transcurre medio siglo de cultivo de las tradiciones de Loíza.
Fue el gestor cultural Walter Murray Chiesa, durante un encuentro casual en el Batey de Los Ayala en Medianía Alta, que le recomendó que se dedicara a la artesanía de barriles y panderos.
“Había unos panderos recién hechos y me preguntó si yo los hice. Le respondí que sí y me dijo: ‘pues sigue trabajando porque se ven bien’. Me dijo que el lunes siguiente lo visitara al Banco de Fomento y me dieron un dinero para comprar herramientas. Desde entonces, hacemos panderos para todo el mundo”.
Si bien es muy respetado por su virtuosismo artesanal, también don Juan es reconocido por su vocación de buen maestro y excelente persona. Eso lo atestiguan tanto su hijo Juan Andrés, discípulos como Frank Latorre, los loiceños que participaron de un taller de panderos en la Cueva María de la Cruz y los jóvenes que crearon sus propios barriles en La Perla en el Viejo San Juan.
“En esta etapa de la vida pasamos por experiencias divinas. La bomba cruzó fronteras y estratas sociales. Ahora todo el mundo sabe su poquito. Para lograr una mayor interacción social y que la gente vea en esto más que un compartir, pueden descubrir la importancia de contar historias viejas a través del ritmo del tambor”, explica el Artesano de Loíza.
Lo demás don Juan Fuentes Molina y su hijo Juan Andrés lo expresan con su arte. Son de pocas palabras, tranquilos y pausados, pero muy expresivos e intensos con el lenguaje de la creación de sus obras, muy cotizadas a nivel local e internacional, además de atesoradas por los grandes exponentes del folclor.
“Más que el amor por mi papá, es un honor grande. Él no solo es un baluarte de Loíza, sino de todo Puerto Rico. En todo el País hay instrumentos de mi padre. Esa es mi meta también. No solo veo esto como algo cultural, sino como una experiencia en la que uno se encuentra a sí mismo. Si uno lo ve con ese sentido de pertenencia, lo hace con el respeto que se merece. Es un gran honor y espero con el pasar del tiempo seguir aprendiendo mucho más con el respeto y la seriedad con la que me lo ha transmitido”, sostuvo Juan Andrés.

50 años después, en que el joven asume un rol coprotagónico en el arte de la creación de la percusión de la bomba y la plena, lo sorprenden memorias e imágenes de su niñez observando las manos de su padre plasmar sus conocimientos en los cueros, afinarlos, tocarlos y entregarlos a los músicos que se los ordenaron.
Otro gigantesco barril, nombrado Primo Tambó, de alrededor de casi ocho pies de alto, con la pintura de un vejigante, cáncamos y cuero de vaca, es una de las más recientes creaciones de padre e hijo.
“Tenemos en la playa el buleador mayor, que marca el ritmo, y le hacía falta el primo, lo único que es más alto. Usamos cerca de 45 tablas y para hacerlo más moderno su afinación es con llave”, detalla Juan al aclarar que aun no tiene dueño, pero los interesados lo pueden llamar al 787-556-3884 o escribir a juanpleneropl@gmail.com
“Si alguna persona le interesa tenerlo en su negocio como un atractivo cultural me pueden llamar. Tiene que estar bajo techo porque es cuero de vaca, contrario al de la playa que es de cuero sintético”.
Allí a media sombra, con la ambientación de la luz solar, aparte de máscaras de vejigantes, panderos y barriles, brilla la Monoestrellada y la memoria de Albizu Campos, presente en un cuadro con su esposa Laura Meneses que atesora desde la década del 70.
Así como Castor Ayala lo hizo con Marcos (qepd) y Raúl, Juan proyecta su obra al futuro junto a su hijo Juan Andrés.
La tradición en el Taller La Plena continuará porque un Padre se la entrega como herencia a su Hijo, iluminada por el amor a la cultura afroboricua, fuente de fortaleza de la idiosincrasia y la identidad isleñas.
“Cuando estoy aquí me siento como en el lugar donde me encuentro a mí mismo. Me siento a agradecido por tener unas manos con las que puedo construir algo positivo para las futuras generaciones. Aparte de que es terapéutico porque soy una persona retirada, me ayuda a ese entendimiento: lo que Dios hace y lo que son nuestras tradiciones; que son nuestras y no podemos permitir que se nos vayan de las manos. Por eso he instruido a mi hijo para que, aparte de un profesional, sea un artesano de pueblo”.
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